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AnálisisEduardo ZalovichTel Aviv (israel)

Todas las claves sobre Pegasus, la guerra silenciosa y el caso español

Si hubiera una comprobada necesidad de que algo se supiera acerca de las acciones de Pedro Sánchez, sería poco antes de las elecciones generales. Y, sin ninguna duda, sería una información demoledora. Si existiera, claro

Sistema de espionaje Pegasus, de NSO GroupPaula Andrade

El caso Pegasus sigue trayendo cola. El Debate ha hablado con un militar israelí con años de experiencia en ciberseguridad, retirado en el presente 2026, para abordar las principales claves. Su nombre debe permanecer, obviamente, en el anonimato y los datos aportados han estado sujetos a aprobación superior. De todos modos, surgieron hechos muy interesantes e inéditos.

Sobre Pegasus, explicó que es un sistema de intrusión digital desarrollado por la empresa israelí NSO Group. Técnicamente, no es un simple virus ni un programa de espionaje convencional. Es una herramienta de Inteligencia ofensiva diseñada para entrar en teléfonos móviles sin que el usuario lo note. Una vez dentro, el dispositivo deja de pertenecer realmente a su dueño. La cámara, el micrófono, los mensajes, las fotos, las conversaciones cifradas, los contactos, la ubicación, todo puede quedar expuesto.

Las aplicaciones seguras son especialmente vulnerables. Pegasus fue creado justamente para atravesar sistemas cifrados como Signal, WhatsApp o Telegram. El gran problema para gobiernos y servicios de Inteligencia era que los criminales y organizaciones hostiles empezaban a esconderse detrás del cifrado total. Pegasus apareció como respuesta a ese desafío. En sus primeras versiones hacía falta que el sujeto pulsara un enlace. Después evolucionó. Llegó el llamado «zero click», donde ya no hace falta tocar nada. Bastaba una llamada perdida o un archivo invisible enviado por una aplicación. El usuario seguía creyendo que su teléfono era seguro cuando el sistema ya estaba dentro.

España pasó de observar el problema desde fuera a convertirse en protagonista. Cuando aparecieron las informaciones sobre los teléfonos del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y otros ministros, el tema dejó de ser solamente técnico. Se transformó en un asunto geopolítico. Si bien las sospechas apuntaron a Marruecos, no surgieron pruebas concluyentes. Esa diferencia es fundamental en Inteligencia. Mucha prensa europea, especialmente medios españoles y franceses, publicaron hipótesis sobre una posible conexión marroquí. También aparecieron filtraciones y análisis vinculados al contexto diplomático entre Madrid y Rabat, sobre todo durante la crisis migratoria de Ceuta y las tensiones por el Sáhara Occidental. Pero oficialmente nunca apareció una prueba definitiva presentada públicamente.

En Inteligencia, las dudas son casi tan poderosas como las certezas. Si un jefe de Gobierno es infiltrado digitalmente durante meses, inmediatamente surge la pregunta: ¿qué información salió? ¿Conversaciones privadas? ¿Negociaciones diplomáticas? ¿Discusiones internas? ¿Material comprometedor? En ausencia de respuestas oficiales claras, el vacío se llena de especulaciones. En el caso español, se dio además un extraño giro en relación con su política tradicional sobre el Sáhara. En relación a chantajear a personalidades, es muy posible.

Históricamente, el espionaje siempre buscó tres cosas: información, influencia y capacidad de presión. Si un servicio obtiene datos personales, financieros, diplomáticos o íntimos de una figura política, puede intentar utilizar ese conocimiento para influir indirectamente. Pero afirmar públicamente que un dirigente específico fue chantajeado requiere pruebas sólidas. En el caso español han existido rumores y teorías, pero no evidencias concluyentes publicadas.

La información que puede obtenerse con Pegasus o sistemas aún más avanzados es brutal. Agendas completas, contactos diplomáticos, fotografías privadas, rutas de viaje, conversaciones con otros líderes, documentos internos, grabaciones ambientales. Incluso puede reconstruirse el estado emocional de una persona a través de hábitos digitales. En dictaduras islámicas, donde la homosexualidad es tabú –por ejemplo– y se castiga con la muerte, descubrir una relación de esta índole en cualquier jerarca lo hace vulnerable. Es más poderoso que el espionaje clásico. Antes necesitabas micrófonos ocultos, agentes físicos, seguimientos, infiltrados. Ahora el objetivo lleva voluntariamente el aparato de vigilancia en el bolsillo.

Durante años, los gobiernos subestimaron los riesgos. Muchísimos dirigentes creían que usar un iPhone moderno equivalía a estar protegidos. Pegasus destruyó esa ilusión. Descubrieron que ningún sistema es completamente invulnerable.

Por su parte, Israel considera este tipo de tecnología como material estratégico. Las exportaciones requieren autorizaciones estatales. El argumento israelí siempre fue que estas capacidades ayudan a combatir terrorismo, narcotráfico y crimen organizado. El problema aparece cuando distintos gobiernos utilizan esas herramientas con fines políticos o contra periodistas y opositores. La imagen del Estado hebreo se vio dañada porque Pegasus terminó convirtiéndose en símbolo global del espionaje digital moderno. Para mucha gente, NSO pasó a representar una especie de «mercado internacional de vigilancia». Israel quedó asociado automáticamente a esa industria tecnológica, aunque oficialmente siempre las empresas privadas operan bajo regulación y el Estado no controla objetivos específicos.

Una posible información demoledora para Sánchez

Sobre las especulaciones acerca del cambio de posición de Sánchez en relación al Sáhara Occidental. Eso pertenece al terreno de las especulaciones políticas. El giro diplomático español respecto al plan marroquí para su antigua provincia alimentó teorías de todo tipo. Algunos analistas hablaron de pragmatismo estratégico, otros de presión migratoria, otros de intereses económicos y energéticos. Y naturalmente aparecieron quienes relacionaron el tema con datos que Sánchez quería ocultar. Pero nuevamente: una hipótesis repetida muchas veces no se convierte automáticamente en prueba. La guerra moderna ya no depende solo de tanques y aviones. El teléfono móvil de un dirigente puede ser más importante que un archivo militar entero. Hoy la Inteligencia se juega en servidores, satélites, vulnerabilidades digitales y datos personales.

Uno de los avances es que Pegasus ya ha sido superado. Ese es uno de los grandes cambios. Pegasus se hizo famoso porque fue descubierto y porque involucró a líderes mundiales, periodistas y activistas. Pero existen otros sistemas comparables desarrollados en distintos países. Estados Unidos, Rusia, China, Europa y varias potencias trabajan ya con capacidades similares. Además, el propio sistema Pegasus en Israel ha evolucionado aún más en los últimos tiempos. No fue el final de una era. Fue el comienzo visible de otra. Una era donde los Estados intentan penetrar por completo en la vida digital de sus adversarios, aliados e incluso socios estratégicos. En Inteligencia todos espían a todos. Es una de las reglas más antiguas del mundo.

Hoy la Inteligencia se juega en servidores, satélites, vulnerabilidades digitales y datos personales

Un tema importante es qué podría ocurrir si se confirma un chantaje a Sánchez. Habría consecuencias diplomáticas, crisis institucionales, presiones parlamentarias, investigaciones judiciales y un impacto mediático. Pero los Servicios Secretos suelen evitar las confirmaciones absolutas precisamente para impedir escaladas difíciles.

La privacidad absoluta prácticamente dejó de existir para dirigentes políticos, empresarios estratégicos y figuras de alto perfil. La pregunta ya no es solamente quién tiene información, sino quién puede utilizarla mejor. La tecnología se convirtió en parte de la diplomacia. Y también en parte de la guerra.

Sobre lo trascendido de que agentes israelíes quisieron filtrar información comprometedora sobre Pedro Sánchez, generalmente es una práctica prohibida, salvo casos de seguridad nacional, y debe ser autorizada al más alto nivel. El caso de Sánchez, a quien muchos definen como un odiador de Israel –un antisemita– y que intenta perjudicar hasta boicoteando festivales musicales porque Israel concurre, es muy particular. Si hubiera una comprobada necesidad de que algo se supiera acerca de sus acciones, sería poco antes de las elecciones generales. Y, sin ninguna duda, sería una información demoledora. Si existiera, claro.