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Ormuz, el Caribe y el dilema de Trump

Entre una paz imperfecta y una guerra demasiado larga, Trump debe decidir si acepta un acuerdo ambiguo con Irán o si vuelve a enseñar los dientes

Donald Trump, presidente de los Estados UnidosWin Mcnamee / AFP

Llevamos cinco días viendo la pelota de ping-pong pasar entre Teherán, Islamabad, Qatar y Washington. Me reúno hoy, hago una declaración mañana, te mando un emisario el viernes, filtro una concesión el sábado y lo desmiento el domingo. Diplomacia de bazar.

En mi opinión, el dilema es mucho más simple de lo que parece.

Para Trump, aceptar una paz que no conlleve la apertura efectiva del estrecho de Ormuz y un cronograma verificable —pongamos 60 días— para negociar la salida, destrucción o neutralización del uranio enriquecido iraní sería un fracaso político. No militar.

Hasta donde se puede juzgar desde fuera, la operación militar ha cumplido buena parte de sus objetivos tácticos: degradar instalaciones militares, destruir la marina, eliminar la fuerza aérea, elevar el coste de la provocación iraní y recordar a los ayatolás que Washington todavía puede pasar a los hechos. Pero en política exterior hay que convertir ese golpe en resultados prácticos.

Las dos líneas rojas

Tras semanas de idas y vueltas, esta semana, cuando parecía que había una posibilidad de texto digerible para ambas partes, Trump ha dado señales claras de que no va a firmar hasta que Teherán ceda en ciertas líneas rojas que Trump no puede permitirse cruzar.

La primera es Ormuz. Si Irán consigue imponer peajes, inspecciones, rutas obligatorias o una autoridad propia de navegación en aguas internacionales, el mensaje al mundo sería devastador. Y sería una vergüenza para los Estados Unidos, pero también sería inasumible por los vecinos del Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (GCC).

La segunda es el uranio enriquecido. El debate técnico puede aburrir, pero la cuestión es clara. Si Irán conserva una reserva de uranio —al 60 % o incluso al 3,6 % para usos civiles—, aunque prometa portarse bien durante unas semanas, el problema no desaparece. Solo se aplaza. Y aplazar problemas en Oriente Medio es una forma de fabricar guerras futuras. Además, este era el objetivo declarado tanto de EE.UU. como de Israel.

Contrario a la opinión generalizada en Europa, Trump no es un pirómano que disfrute contando ataúdes americanos. Su instinto, demostrado muchas veces, es buscar deals, evitar guerras largas y reducir el número de soldados estadounidenses muertos en aventuras imperiales. Puede ser bronco, narcisista y verbalmente incontinente. Pero no es George W. Bush con peluca naranja.

Además, incluso desde antes de entrar en política, una de sus posiciones más consistentes ha sido que Irán no puede tener armamento nuclear. Precisamente por ello, no creo que pueda firmar una transacción que no incluya dos elementos mínimos: apertura real de Ormuz y un mecanismo serio sobre el uranio y el programa nuclear.

Todo lo demás —Hezbolá, Hamás, milicias iraquíes, hutíes y demás tentáculos de la hidra persa— puede dejárselo, en gran medida, a Israel y a los aliados regionales. Pero Ormuz y el uranio son asunto suyo.

El reloj de Trump

El problema para Trump es el calendario. Sesenta días parecen poco en una guerra. Pero son una eternidad en política electoral.

Si el Memorandum of Understanding (MOU) que se está negociando se firma ahora y Teherán lo convierte en otro chicle, llegamos a agosto. Y si en agosto Trump tiene que reanudar acciones cinéticas, una operación mínimamente seria nos coloca en septiembre u octubre. Es decir, en la antesala de unas midterms que pueden decidir si los últimos dos años de su presidencia son una cosecha o un infierno parlamentario.

El votante americano tolera acciones militares rápidas, claras y exitosas. Lo que ya no tolera es la sensación de estar entrando otra vez en un pantano mientras la gasolina y la cesta de la compra siguen pesando en la cartera. Trump lo sabe, pero sus congresistas lo saben aún mejor. A ellos les toca poner la cara en distritos donde el patriotismo dura menos que un caramelo en la puerta del cole.

Por eso el dilema de Trump es político. Más aún, psicológico. Tiene que decidir si acepta un acuerdo imperfecto que pueda vender como victoria o si asume de frente el coste de demostrar que sus líneas rojas eran algo más que decoración.

El reloj de Irán

Para el régimen iraní, el problema es inverso. Si el bloqueo o la restricción de Ormuz se prolonga demasiado, su economía —ya castigada por años de sanciones, corrupción, mala gestión y aislamiento— puede entrar en una fase mucho más peligrosa.

El cierre de pozos, la caída de ingresos, la parálisis logística y la presión inflacionaria pueden producir una mezcla explosiva. Irán puede resistir mucho sufrimiento, pero no puede mantener indefinidamente el martirio económico. La épica revolucionaria alimenta pancartas, pero tampoco llena neveras.

Los ayatolás quieren estirar la cuerda. Apostarán a ganar 60 días. A dividir a los republicanos. A alimentar el cansancio americano. A convencer a los europeos y a los miembros del GCC de que la única salida sensata es otra ronda infinita de conversaciones, inspectores, anexos técnicos y ambigüedades creativas. Ya lo hicieron con Obama.

El régimen iraní domina como pocos el arte de convertir cada negociación en una alfombra persa: interminable y llena de nudos gordianos. La apuesta de Teherán es sencilla: que en agosto el monstruo naranja no tenga músculo político para relanzar la guerra. Pero para que esta estrategia funcione, tienen que lograr que Washington abra inmediatamente el grifo del dinero bloqueado y levante el embargo. Me temo que, de no ser así, no llegarán al otoño como un país viable.

El MOU probable

¿Dónde nos deja todo esto? Hacer predicciones con Trump y los mulás de por medio es un deporte de alto riesgo. Normalmente acaba uno con excrementos de paloma en la cabeza.

Aun así, mi impresión es binaria y lo sabremos en la próxima semana: o empieza la guerra de nuevo en breve, o se firmará un MOU endeble. Un Memorandum of Understanding con suficientes verbos en condicional para que ambas partes puedan cantar victoria sin haber cedido del todo.

Irán prometería facilitar la reapertura gradual de Ormuz. Estados Unidos aceptaría levantar parte de la presión naval o sancionadora de forma escalonada. Se abrirían conversaciones técnicas sobre el uranio. Habría menciones a supervisión internacional. Quizá incluso aparezca un tercer país —Kazajistán se ha mencionado como posibilidad— para almacenar o custodiar parte del material.

Trump diría que ha obligado a Irán a abrir Ormuz y negociar el fin de su programa nuclear. Teherán diría que ha resistido al Gran Satán sin rendirse. Qatar, Pakistán y otros intermediarios se pondrían medallas diplomáticas. Bruselas, como siempre, pediría contención. Y los mercados respirarían unas horas, como hacen siempre cuando alguien pronuncia la palabra desescalada.

Sobre el papel, suena razonable. Pero en la práctica, sería un breve armisticio. En este escenario, el problema no estaría resuelto. Solo estaría aplazado.

Cuando el papel se moja

Mi sospecha es que, si se llega al MOU, Irán lo violará varias veces durante esos 60 días. No de forma frontal al principio. Lo hará como hace siempre: una inspección administrativa aquí, una demora técnica allá, una mina que no es de nadie, una milicia que actúa por su cuenta, una declaración contradictoria o alguna exigencia adicional.

La estrategia será probar los límites de Trump. Pero Trump tiene una tolerancia muy limitada a que le toquen las partes íntimas en público. Si llega a la conclusión de que Teherán le está tomando el pelo, no descarto una segunda operación centrada en los activos iraníes del estrecho y del Golfo.

Esta vez, además, no sería sorprendente una colaboración más activa —aunque discreta— de Emiratos, Kuwait y Arabia Saudí. Nadie en el Golfo quiere vivir bajo una franquicia marítima de los Guardianes de la Revolución.

En ese escenario, al igual que si la guerra se reinicia esta semana, Estados Unidos probablemente concentraría su fuerza en baterías costeras, radares, drones, lanchas rápidas, minas, bases navales y centros de mando vinculados al control del estrecho. Israel, por su parte, seguiría centrado en Hezbolá, la arquitectura militar occidental de Irán y los nodos de la Guardia Revolucionaria.

Aquí vuelve el problema del calendario. Una acción militar en Ormuz no se resuelve en una noche de fuegos artificiales. Limpiar, asegurar, escoltar, neutralizar y garantizar tráfico comercial exige tiempo. Y el tiempo, para Trump, se mide ahora en votos.

Venezuela, Cuba y la necesidad de una victoria

Por eso creo que, si el acuerdo se rompe —ya son muchos condicionantes— y la operación se alarga, Trump necesitará una victoria paralela más cercana a casa. No por capricho, sino por pura mecánica política.

Ahí entran Cuba y Venezuela. La administración Trump ya ha dado a entender que el Caribe no es un teatro secundario. Es el patio trasero de Estados Unidos, el punto donde confluyen crimen organizado, petróleo, migración, inteligencia cubana e influencia china. Hasta ahora, los plazos fijados han sido de 18-24 meses. Esto se puede acelerar.

Una victoria en Venezuela —una transición acelerada, una fractura del régimen o extradiciones importantes de criminales del régimen (tipo Cabello)— permitiría a Trump decir que su política exterior está limpiando el vecindario. Con Cuba, el margen es más estrecho, pero el objetivo es similar: cortar oxígeno financiero, aislar a la nomenclatura y forzar un cambio de régimen, si no en nombre, en sustancia.

No digo que esto vaya a ocurrir. Digo que, si Ormuz se convierte en un problema de más largo plazo, Trump tendrá incentivos para acelerar otros tableros donde pueda enseñar resultados antes de noviembre.

El dilema final

Al final, Ormuz es una prueba de credibilidad. Para Irán, demostrar que puede estrangular el comercio energético mundial sin pagar un precio insoportable sería una victoria estratégica. Para Trump, demostrar que puede forzar una reapertura real y eliminar la amenaza nuclear sin hundirse en otra guerra larga sería una victoria política.

Y para Europa, aunque finja mirar desde la superioridad moral de siempre, la lección debería ser obvia: el mundo no se ordena con comunicados, ni con cumbres, ni con esa deliciosa costumbre de convocar a 200 ministros para tomar café.

A veces la paz se firma porque ambas partes han sopesado el coste de seguir peleando. Otras veces se firma porque una de ellas necesita comprar tiempo. Y otras porque ambas necesitan comprar ese tiempo.

La pregunta es cuál de las tres estamos viendo ahora. Yo creo que la tercera.

Mi apuesta, con todas las cautelas posibles, es que veremos una paz de papel. Suficiente para bajar el precio del petróleo unos días. Insuficiente para resolver el problema iraní. Y lo bastante ambigua como para que volvamos a descubrir que en Oriente Medio los malos acuerdos no terminan las guerras. Solo las dejan descansar.