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Eduardo Zalovich
CrónicaEduardo ZalovichTel Aviv

¿Cuál es el verdadero alcance del choque frontal entre Trump y Netanyahu?

La relación atraviesa su momento más complejo. No se trata de una ruptura personal ni estratégica: ambos siguen considerando a Irán como la principal amenaza. Chocan –con estilo delirante– sobre cuál es el mejor camino para neutralizar a la teocracia islámica

El primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu y el presidente Donald Trump en Florida

El primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu y el presidente Donald Trump en Florida cuando su amistad estaba a prueba de bombasJim Watson / AFP

El presidente Donald Trump arremetió –aparentemente– contra el premier Benjamín Netanyahu, diciéndole que está «jodidamente loco», durante una llamada para detener la ofensiva israelí contra el grupo terrorista Hezbolá, en Beirut, según Axios. El reproche fue durante una llamada el lunes y lo habrían confirmado funcionarios americanos bajo condición de anonimato. Bibi advirtió que realizará ataques a los objetivos terroristas en Beirut si la milicia chií no frena sus ataques contra Israel.

Netanyahu ordenó este lunes intensificar la ofensiva, una escalada que complicaría aún más las conversaciones de paz que Israel y el Líbano llevan a cabo en Washington, sin participación de Hezbolá.

En definitiva la relación entre ambos gobernantes atraviesa su momento más complejo. No se trata de una ruptura personal ni estratégica: ambos siguen considerando a Irán como la principal amenaza. Están chocando –con estilo delirante– sobre cuál es el mejor camino para neutralizar a la teocracia islámica y qué riesgos asumir. Claro que si el estilo de Trump –y el ego de Netanyahu– no fueran tan brutales, una discusión así seria inconcebible. Pero en Jerusalén saben que al americano hay que «juzgarlo por sus hechos, no por sus palabras».

Desde la óptica israelí la posición es clara. Durante más de 20 años han sostenido –con pruebas– que el régimen iraní combina tres elementos inaceptables para la seguridad de Israel: enriquecimiento nuclear, desarrollo de misiles balísticos y patrocinio de grupos terroristas.

Para el equipo de seguridad de Israel, el problema no es únicamente una posible bomba nuclear iraní, sino la existencia de una infraestructura capaz de producirla en el futuro. Trump comparte desde siempre este diagnóstico. De hecho, sus exigencias públicas a Irán han sido muy duras: destrucción del uranio enriquecido enterrado para evitar los duros bombardeos, restricciones al programa de misiles y reducción del apoyo iraní a organizaciones armadas. Diversas informaciones indican además que dentro de su Administración existe una fuerte presión para mantener una línea de máxima dureza frente a Teherán.

La diferencia aparece en la estrategia

La diferencia aparece en la estrategia. Netanyahu parece convencido de que la presión militar ha colocado a Irán en una posición de debilidad histórica y que sería un error detenerse antes de obtener resultados irreversibles. Trump, en cambio, parece creer que la combinación de presión militar, sanciones y negociación podría producir un acuerdo que consolide los logros obtenidos sin una guerra regional prolongada.

Las informaciones publicadas por Axios y The Wall Street Journal describen conversaciones tensas entre ambos líderes. Señalaron que las llamadas recientes fueron difíciles y que existen desacuerdos reales sobre cómo proceder con Irán y el conflicto generado por Hezbolá. Se informó de fuertes reproches de Trump por operaciones que, según Washington, podían poner en peligro las negociaciones con Teherán.

¿Está Trump «cuerdo»? Desde el punto de vista de los analistas estadounidenses serios, la cuestión no se plantea en términos psicológicos sino estratégicos. Sus críticos afirman que alterna impulsos negociadores y amenazas militares, creando incertidumbre. Sus partidarios responden que precisamente esa imprevisibilidad constituye una herramienta de negociación. En cualquier caso, no hay evidencia seria de incapacidad mental; lo que existe es un intenso debate sobre si su método produce resultados firmes.

¿Y Netanyahu? Tampoco el debate principal gira en torno a su salud mental, sino a sus cálculos estratégicos. Sus partidarios sostienen que fue uno de los pocos líderes occidentales que advirtió durante décadas sobre la amenaza iraní, y que los hechos recientes le han dado la razón. Sus críticos consideran que privilegia soluciones militares y subestima el coste diplomático.

Aun así, todos reconocen que la amenaza iraní para Israel es real y que Jerusalén tiene razones objetivas para desconfiar de cualquier acuerdo no verificable. Se le señala además su falta de sensibilidad y empatía con el pueblo y sus sacrificios, colocando todo subordinado a su ambición personal.

La pregunta central es cuál es el objetivo final de Trump respecto de Irán. A todas luces busca tres metas simultáneas: impedir que obtenga armas nucleares, reducir la amenaza contra Israel y los aliados árabes de Estados Unidos, y evitar una guerra abierta de larga duración que consuma recursos estadounidenses. Trump parece querer alcanzar un acuerdo que constituya una victoria estratégica.

El desacuerdo actual no implica una ruptura de la alianza. Estados Unidos sigue siendo el principal aliado estratégico de Israel, y Trump continúa siendo considerado como uno de los presidentes más favorables al Estado judío. Sin embargo, existe una divergencia táctica importante: Trump busca convertir la presión militar en un acuerdo; Netanyahu teme que un acuerdo insuficiente permita a Irán reconstruir capacidades y volver a amenazar en el futuro.

La discusión es sobre si es el momento de cerrar un acuerdo desde una posición de fuerza o si, por el contrario, es el momento de aumentar la presión hasta la eliminación de todo el poder iraní. Esta diferencia explica la tensión actual mucho más que cualquier discusión personal.

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