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Irán: termina la guerra , pero ¿comienza la paz?

La postura negociadora de los EE.UU. puede que sea menos ingenua que la de hace una década, pero se ve debilitada por factores externos, entre los que destaca la polarización de la comunidad internacional

Iraníes prorrégimen portan retratos del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei

Iraníes prorrégimen portan retratos del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí JameneiAFP

Tres meses y medio después, la guerra de Irán parece próxima a su final. El memorándum de entendimiento que, si no hay sorpresas, se firmará el próximo viernes no es un tratado de paz, sino una mera declaración de intenciones compartidas. Eso no lo hace más frágil, sin embargo, porque en realidad no es producto del acuerdo entre las partes, sino del convencimiento de unos y de otros de que, con las cartas que están dispuestos a poner sobre la mesa –Trump no ha desplegado su infantería, la mejor de sus bazas, e Irán tampoco ha recurrido al terrorismo en Occidente, la más desesperada de las suyas–, la vía militar está agotada.

En esencia, el memorándum capitaliza lo único en lo que Trump y los ayatolás están de acuerdo, aunque no sea por los mismos motivos: la extensión del alto el fuego. Luego, si al final se confirma lo que se ha filtrado, la idea es dividir el problema en dos partes. La primera es sencilla y debería ser inmediata: la apertura del estrecho de Ormuz a cambio del fin del bloqueo norteamericano. Todos salen ganando y Teherán ya habría aceptado esta parte del acuerdo hace varias semanas.

Las negociaciones pendientes

La segunda parte del problema –el programa nuclear iraní– es, por desgracia, mucho más difícil de resolver. Por esa razón, las partes se dan 60 días para tratar de llegar a un acuerdo definitivo. Las perspectivas, sin embargo, no son buenas. Los EE.UU. y la República Islámica llevan dos décadas de negociaciones infructuosas –no quisiera parecer neutral en este asunto, es Irán quien marea la perdiz y quien incumplió los acuerdos a los que llegó con Obama– en las que lo que está sobre la mesa es la suspensión del enriquecimiento de uranio hasta el grado necesario para la bomba atómica a cambio del fin de las sanciones económicas.

¿Tiene mejores posibilidades Trump que Obama? Él dice que sí, pero también asegura a quien quiere oírle que está negociando con una banda de tramposos. Bueno, es que lo sepa, pero eso no garantiza que tenga éxito.

La postura negociadora de los EE.UU. puede que sea menos ingenua que la de hace una década, pero se ve debilitada por factores externos, entre los que destaca la polarización de la comunidad internacional. A cuenta de su apoyo a Putin en Ucrania, Irán ha dejado de ser un Estado paria y hoy tiene aliados poderosos con los que no contaba cuando negociaba con Obama. La propia guerra parece haber fortalecido al régimen teocrático –que, de puertas adentro, ya se atreve a celebrar su victoria– y validado su mejor baza estratégica, el control del estrecho de Ormuz.

Por si todas estas dificultades no fueran suficientes, el proceso negociador tendrá que sortear algunas minas que pueden hacerlo saltar por los aires. La guerra en el Líbano es la más peligrosa, aunque personalmente no tengo dudas de que, si Teherán controla a Hezbolá, Trump no tendrá ningún problema en hacer lo propio con Netanyahu. A Irán y a los EE.UU. les conviene mucho la desescalada –aunque no necesariamente la paz– en el Líbano porque, si se rompe la tregua, ¿qué cabría esperar? ¿La vuelta a las andadas?

El mejor final posible

A pesar de todo, y si se exceptúa a Israel, el mundo ha recibido el acuerdo con alegría. Y hace bien porque, como he tratado de justificar en artículos anteriores, el que ahora empieza a vislumbrarse es, a pesar de sus muchos flecos, el mejor final posible para una guerra de naturaleza limitada y de objetivos estratégicos mal definidos, como ha sido la librada por Israel y EE.UU. contra Irán. Un final acordado o no –que eso está por ver– en el que, de cara a sus respectivas aficiones –más fácilmente en Irán, donde no existe la libertad de expresión–, los dos bandos pueden cantar victoria.

El presidente Trump presumirá ahora de haber abierto el estrecho de Ormuz. Muchos le dirán que aquello ya estaba abierto antes de empezar la guerra, pero, para ser justos, esa es una perspectiva incompleta: el estrecho se reabre después de que EE.UU. e Israel hayan matado a los líderes de Irán, destruido buena parte de sus fuerzas armadas y dañado su industria de defensa. Convendrá el lector en que no es lo mismo.

La paz está muy lejos

Menos matices necesita la alegría de los líderes iraníes que han sobrevivido a la guerra, que son los que ahora tienen el poder en Teherán. De las cuatro patas que sostuvieron la contienda en el terreno geoestratégico, una –el programa nuclear– queda pendiente de negociar. Las otras tres, el terror que ejerce el criminal régimen teocrático contra su propio pueblo, el programa de misiles balísticos y el apoyo a sus proxies en su guerra permanente contra Israel, parecen haber desaparecido de la mesa de negociaciones. No tiene nada de extraño que, en Tel Aviv, el acuerdo haya sido recibido con tristeza, decepción y, en algunos casos, abierta hostilidad.

¿Qué consecuencias tiene un final así para el futuro de Oriente Medio? El programa de desarrollo de armas nucleares, que Irán siempre negó a pesar de las muchas pruebas en su contra, era solo una herramienta de presión que nunca tuvo uso real en las contiendas de la zona. Son las otras herramientas del régimen –las matanzas en sus calles, los misiles balísticos lanzados contra Israel y entregados a los hutíes para usarlos contra nuestros mercantes y las acciones terroristas de Hamás y Hezbolá– las que están manchadas de sangre inocente. Era con ellas con las que la teocracia iraní defendía el sueño de la revolución y mantenía Oriente Medio en llamas. Mucho me temo, pues, que, incluso si ahora se confirma el final de la guerra, todavía habrá que esperar mucho para que llegue la paz.

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