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CrónicaJosé Manuel González Rubines

Si el Reino de Francia tuvo delfines, la dictadura cubana tiene cangrejos

La monarquía sin corona de los Castro entrega Cuba, a la que consideran su finca personal, a un escolta con maletín Ferragamo y Rolex. ¿Quién podría confiar una inversión a un entorno así, inseguro, informal e imprevisible?

Sucesión

Oscar Pérez Oliva, alías «La lechuza», Raúl Rodríguez castro alias «El cangrejo» y Alejandro Castro Espín alias «El tuerto»El Debate

Cuando dentro de presumiblemente poco tiempo algún compungido funcionario cubano diga ante las cámaras de la televisión nacional «Cubanos, Castro… ha muerto», llegará a su más sublime clímax una guerra por el poder en Cuba cuyos disparos ya se escuchan.

La familia se prepara para lo inevitable, y lo hace a la usanza de cualquier monarquía: buscando un heredero. Miguel Díaz-Canel, el hombre puesto para simular institucionalidad, ha quedado reducido a maestro de ceremonias de un funeral que aún no se celebra. La disputa real ocurre en otro plano y en otra familia.

El nombre que asoma –no es la primera vez que lo menciono en este espacio– es el de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, hijo del difunto general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, quien fuera hasta su muerte jefe del todopoderoso holding GAESA, que lo mismo administra un hotel de lujo, que se beneficia con la contratación de personal para procesar las solicitudes de ciudadanía de la Ley de Nietos de Pedro Sánchez.

El pasado 6 de julio, USA Today publicó un extenso perfil que fue pensado por El Cangrejo y sus adláteres como un ejercicio de diplomacia mediática. El personaje que hasta hace muy poco se había mantenido en total silencio, concedió dos días de entrevista a un equipo de periodistas norteamericanos, cuyo set preferente fue la antigua oficina del abuelo/general en el Palacio de Convenciones de La Habana, con la intención de instalarse en el imaginario de la Casa Blanca como el interlocutor cubano viable.

«Si me designan, puedo negociar con cualquiera seleccionado por el Gobierno de Estados Unidos; dada la oportunidad, claro que con Trump», dice, lleno de seguridad, quien no tiene otro cargo que el de Jefe de Seguridad de su nonagenario abuelo. Usa la condicional de quien aspira a ser invitado, no de quien está sentado a la mesa en la que quiere estar.

En abril pasado, este hombre que presume de tener contactos con el poder en Washington, intentó enviar a través de un empresario aliado una carta secreta a Donald Trump, evadiendo a Marco Rubio. La misiva fue incautada en un control fronterizo y el emisario, deportado de vuelta.

El retrato que ofrece el perfil del nietísimo funciona como desmentido del marco revolucionario que el entrevistado pretende sostener: el portafolio Salvatore Ferragamo en el que guarda informes clasificados, el Rolex de acero en la muñeca izquierda, las zapatillas Hermès, las camisetas Hugo Boss, la cadena de oro con las iniciales de Fidel y Raúl Castro colgada al cuello. Ninguno de esos elementos requiere comentario, porque su sola enumeración desactiva la retórica del sacrificio revolucionario y presenta al entrevistado no como el sobrio diplomático que él pretende, sino como un dandi superficial con una visión distorsionada de sí mismo, quien, cito, «al terminar la noche, interpretó a capela una canción de Nicky Jam».

Su proyección queda resumida en una de las mejores frases de cuantas ha dicho un personaje del régimen —mejor incluso que la de Marta Elena Feitó Cabrera, exministra de Trabajo y Seguridad Social destituida en julio de 2025 tras afirmar que en Cuba no había mendigos, sino personas «disfrazadas» de mendigos—: «Me duele mucho que las personas no puedan vivir como yo, pero me levanto todos los días para revertir esa situación». Es el desprecio de una élite condensado en falsa empatía, la torpeza del que confiesa el privilegio en el mismo gesto con el que pretende disimularlo.

Este pintoresco pariente no es el primer heredero que la familia coloca en posiciones negociadoras. Antes que él, Alejandro Castro Espín, hijo del propio Raúl, coronel del Ministerio del Interior y autor de dos libros sobre política internacional de tono antinorteamericano, fue el hombre que operó el deshielo con la Administración Obama entre 2013 y 2014 y condujo la parte cubana de las conversaciones secretas. La maniobra, no obstante, terminó invalidándolo para este nuevo round, puesto que la reversión de la apertura, que nunca había sido tal, sino escenografía para atraer inversión sin ceder control, lo convirtió en alguien poco confiable ante los norteamericanos.

Sostuve hace unos días en estas mismas páginas, al examinar el paquete de reformas del 18 de junio pasado, que el problema de Cuba no es económico, sino esencialmente político. La entrevista lo confirma con una nitidez que ni el propio Marco Rubio hubiera logrado por vía discursiva. Rodríguez Castro no ocupa cargo alguno en el gobierno, ni en el Partido Comunista; es el oficial del Ministerio del Interior a cargo de la seguridad personal de su abuelo. Sin embargo, se atribuye haber empujado el paquete de reformas, sostener conversaciones con enviados norteamericanos y respaldar acuerdos de suministro de combustible con empresas privadas de Coral Gables.

Ningún inversionista o empresario serio puede operar con seguridad en un país donde las decisiones estratégicas las toma una persona sin cargos oficiales ni preparación conocida, que revisa informes clasificados al amanecer y los comenta con su abuelo durante el almuerzo. Cuba no es un Estado deficiente, sino una mafia personalista.

El perfil del USA Today, que no puede verse solo como pieza periodística sino como elemento de diplomacia mediática, encuentra su imagen síntesis en la descripción de la oficina que emplea El Cangrejo en medio de un Palacio a oscuras por falta de energía. Nos muestra un edificio institucional convertido en el despacho privado de alguien sin más mérito que su apellido, y desnuda a un régimen que se ha vaciado hasta caber en la agenda diaria de un nieto sostenido por un anciano de 95 años.

La monarquía sin corona de los Castro entrega Cuba, a la que consideran su finca personal, a un escolta con maletín Ferragamo y Rolex. ¿Quién podría confiar una inversión a un entorno así, inseguro, informal e imprevisible? Si el Reino de Francia tuvo delfines, la dictadura cubana tiene cangrejos. Quién sabe si los Castro corran con la misma suerte que los Capeto.

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