Fundado en 1910

Cuba entre el temor y la impaciencia

No es casual que el secretario de Estado haya repetido en numerosas ocasiones que la estabilidad democrática del hemisferio pasa por desmontar los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua como un mismo problema estratégico

Cubanos reunidos en el Malecón durante un apagón en La Habana el 10 de septiembre de 2025AFP

Julio María Sanguinetti tituló uno de sus mejores libros sobre la transición uruguaya con una expresión que hoy describe con extraordinaria precisión el momento que vive América Latina: el temor y la impaciencia.

Temor, porque ningún régimen autoritario desaparece sin dejar estructuras de poder, redes de intereses y enormes incertidumbres. Impaciencia, porque los pueblos que han esperado durante décadas sienten que la libertad nunca llega con la velocidad que exige el sufrimiento acumulado.

Lo que ocurrió en Venezuela el 3 de enero de 2026 no fue únicamente un acontecimiento venezolano. La captura de Nicolás Maduro alteró el equilibrio político de todo el Caribe y abrió una etapa completamente nueva para las dictaduras hispanoamericanas, y ninguna observa ese proceso con mayor preocupación que Cuba.

Durante más de dos décadas, el régimen cubano convirtió a Venezuela en su principal fuente de oxígeno

Durante más de dos décadas, el régimen cubano convirtió a Venezuela en su principal fuente de oxígeno. No fue solo petróleo. Fue financiamiento, inteligencia, asesoría política, presencia militar, intercambio de cuadros y una estrategia común para extender el llamado socialismo del siglo XXI por toda la región.

Durante años, muchos creyeron que Caracas sostenía a La Habana por afinidad ideológica. Hoy sabemos que la relación era mucho más profunda porque eran dos piezas de un mismo sistema de poder.

Por eso la caída de Maduro no significó únicamente el debilitamiento de una dictadura. Significó el comienzo del desmantelamiento del principal soporte internacional del castrismo. Washington lo entendió desde el primer día.

Existe una diferencia evidente entre las administraciones anteriores y la estrategia que hoy desarrolla el presidente Donald Trump. Mientras durante años predominó una política de contención, la actual Administración ha optado por una política de transformación del equilibrio regional.

En esa estrategia, Marco Rubio ha desempeñado un papel decisivo.

No es casual que el secretario de Estado haya repetido en numerosas ocasiones que la estabilidad democrática del hemisferio pasa por desmontar los regímenes de Cuba, Venezuela y Nicaragua como un mismo problema estratégico. Tampoco es casual que las decisiones económicas recientes hacia Cuba –restricciones financieras, endurecimiento sobre empresas vinculadas al aparato militar y mayor presión sobre las fuentes de divisas del régimen– respondan a una lógica común: reducir la capacidad de supervivencia de un sistema que durante décadas aprendió a vivir de subsidios externos.

Venezuela fue el primer laboratorio de esa política. Cuba puede convertirse en el segundo.

Pero aquí conviene introducir una reflexión importante.

Las dictaduras no caen únicamente porque se les cierren las fuentes de financiamiento. Tampoco porque aumente la presión internacional. Mucho menos porque desaparezca un líder.

Las dictaduras empiezan a caer cuando el miedo cambia de bando.

Eso ocurrió en Venezuela el 28 de julio de 2024, cuando millones de ciudadanos defendieron pacíficamente su voto. Volvió a ocurrir el 3 de enero de este año, cuando el régimen perdió la figura alrededor de la cual había construido buena parte de su cohesión y hoy comienza a insinuarse también en Cuba.

No porque el régimen haya perdido todavía el control, sino porque ha perdido algo más importante: la sensación de inevitabilidad.

Durante décadas, el castrismo convenció al mundo de que era eterno. Hoy la pregunta ya no es si puede cambiar, sino cuándo, y ahí aparece precisamente la tensión que describía Sanguinetti.

La impaciencia es comprensible. Millones de cubanos y venezolanos sienten que ya han esperado demasiado. Pero la historia enseña que las transiciones tienen ritmos propios. Querer acelerarlas artificialmente puede ser tan peligroso como resignarse a administrarlas indefinidamente.

Evitar dos errores

El gran desafío consiste en evitar dos errores.

El primero es permitir que los restos del viejo régimen administren el cambio para reciclarse bajo nuevos nombres.

El segundo es creer que basta con haber derrotado al dictador para que la democracia funcione por sí sola.

La democracia necesita instituciones. Necesita Estado de derecho. Necesita elecciones libres. Necesita reconstruir confianza y necesita algo todavía más difícil: sanar una sociedad que ha vivido durante generaciones bajo el miedo.

Quizá esa sea la principal enseñanza que Venezuela puede ofrecer hoy a Cuba.

No la ilusión de una transición rápida.

Sino la convicción de que ninguna dictadura es invencible cuando un pueblo pierde el miedo sin perder la serenidad.

Entre el temor y la impaciencia existe un camino estrecho.

Es exactamente por ahí por donde empiezan a caminar las democracias cuando vuelven a nacer. Todo indica que América Latina acaba de entrar en ese tiempo.