Fundado en 1910

Fotografía por el Comando Central del Ejército de Estados Unidos (Centcom) de buques de guerra de la Armada de EE.UU.EFE

Termina por fin un mes de julio en el que España se ha visto acorralada desde dentro por el fuego y la corrupción; y desde fuera –a perro flaco todo son pulgas– por una nueva avalancha de inmigrantes en Ceuta, último episodio de una guerra híbrida con Marruecos que nuestro Gobierno no sabe cómo lidiar y que el Tribunal Supremo, con razón o sin ella, ha contribuido a atizar.

Esperemos que agosto, tradicional mes de vacaciones en España, nos trate un poco mejor. Sin embargo, más allá de nuestras fronteras, las guerras continúan y, por desgracia, no es difícil encontrar en ellas –mal de muchos, consuelo de tontos– notas tan desatinadas como las que sufrimos cada día en nuestra política doméstica.

Mientras ejerce la más alta responsabilidad sobre las fuerzas estadounidenses que combaten en Oriente Medio, el presidente Trump publica en sus redes sociales imágenes generadas por inteligencia artificial que, como la que sigue a estas líneas, le muestran izando la bandera norteamericana en un petrolero iraní que se supone capturado por sus tropas. En el eslogan que le precede, el magnate disipa cualquier posible duda sobre lo que quiere representar: «Ahora es nuestro petrolero».

Imagen creada con IA en la que el presidente Trump reivindica para EE.UU. un petrolero iraníTwitter

Al mismo tiempo que el presidente de los EE.UU., el teórico líder del mundo libre, presume de pirata –no es la primera vez que lo hace– su secretario de Estado, Marco Rubio, uno de los grandes valedores de Marruecos en el Sáhara Occidental, defiende ante quien quiere oírle que es preciso apoyar a Washington –ya sea con fuerzas navales o con aportaciones financieras– para hacer valer en Ormuz los principios del derecho marítimo internacional. Unos principios establecidos en la Convención de las Naciones Unidas celebrada en Montego Bay en 1982 que, con todo lo que ha llovido desde entonces, nunca han alcanzado en el Senado de los EE.UU. la mayoría de dos tercios necesaria para su ratificación… a pesar del apoyo de la US Navy y de las presiones de administraciones anteriores a la de Trump, tanto republicanas como demócratas.

Parte de la culpa del caos que hoy asola el golfo Pérsico y, de rebote, pone en apuros a nuestras economías, se debe a este tipo de declaraciones contradictorias entre las que cabe incluir las que ya comenté hace unos días en El Debate, en las que el vicepresidente Vance y algunos jefes militares admitían públicamente –luego hacen un secreto de cualquier tontería– que no es posible abrir por la fuerza el estrecho de Ormuz. A estas alturas, parece obvio que de las contradicciones de Trump consigo mismo, con su equipo de gobierno y con sus mandos militares solo se beneficia el sanguinario régimen iraní.

La unidad frente al enemigo

Empieza el mes de agosto y, aunque sea difícil tal como está el patio, conviene que nos relajemos un poco. Hagámoslo con el cine. La mayoría de los lectores recordará la soberbia película «El padrino», una de las mejores de la historia. En una de sus escenas más celebradas, Don Corleone se reúne con Virgil Sollozzo –un gánster particularmente malvado– para rechazar una oferta que le haría cómplice de un negocio entonces novedoso, el tráfico de drogas. En un momento dado, el hijo mayor del Don, Santino, interrumpe a su padre para dar su propio punto de vista, abierto al acuerdo. Basta ver las caras de todos los reunidos –serias las de los Corleone, esperanzada la de Sollozzo– para comprender la magnitud de su error. Un error reconocido inmediatamente por el propio Don con graves palabras: «Tengo ciertas debilidades por mis hijos, como puede ver. Hablan cuando deben escuchar».

Me gustaría ver a Trump diciendo lo mismo de Vance alguna vez, pero el locuaz magnate está muy lejos de tener el firme carácter de Vito Corleone. Él prefiere el papel de gallo en un gallinero descontrolado. ¡Qué le vamos a hacer! Volviendo a la película, Coppola nos muestra cómo, una vez abierto el resquicio entre padre e hijo, Sollozzo se arriesga a intentar el fallido asesinato del Don y, de resultas, provoca la guerra en la que muere el propio Santino. La moraleja es clara y, aunque se trata de una historia de ficción, no estaríamos hablando de una obra maestra si no fuera creíble lo que narra Coppola.

Parece de cajón que, cuando se trata de negociar con tipos tan malvados como el ficticio Sollozzo y los, por desgracia, muy reales líderes de la revolución iraní, es necesario presentar un frente unido. Solo la ideología, afortunadamente ausente en la película de Coppola, podría hacernos dudar de un principio estratégico tan elemental.

Por desgracia, la política lo distorsiona todo. ¿Qué pensaríamos si en vez de una reunión de mafiosos se tratara de una negociación diplomática? ¿Qué diríamos si en lugar de Don Corleone y Santino hubieran sido Donald Trump y J.D. Vance los discrepantes? Ahí ya no lo tenemos tan claro. La opinión iría, en muchos más casos de los que sería razonable esperar, ligada al recuerdo del voto… y no solo en los EE.UU., donde ambos políticos se presentaron a las elecciones y, nos guste o no, las ganaron limpiamente. También en España, donde tenemos otros políticos de que preocuparnos y que, desde opciones políticas teóricamente opuestas a la del magnate, «trumpean» –dicho sea esto en el peor de los sentidos posibles– en las redes sociales como el que más.

La Trinidad de la Guerra

Estoy seguro de que Trump, Vance y Rubio han visto la película de «El Padrino» más de una vez y recuerdan perfectamente la escena en cuestión. ¿Por qué, entonces, dicen lo que dicen? Es probable que el presidente crea que la imagen de matón le favorece entre sus partidarios más extremos, los únicos que todavía apoyan sus decisiones sobre Irán. ¿Qué eso es malo para la guerra? Puede, pero seguramente el magnate espera que le favorezca a él. Es probable que Vance, responsable de la negociación del fallido MoU que fue justificadamente rechazado por buena parte del partido republicano, quiera vender la imagen de la impotencia militar para defender su gestión. ¿Qué eso es malo para la guerra? Puede, pero le favorece a él. Es probable que Rubio solo pretenda escapar de la quema para presentar una candidatura limpia a las elecciones del 2028, sin la mancha de la denostada campaña de Irán. ¿Qué eso es malo para la guerra? Puede, pero le favorece a él.

Los estadounidenses, como la mayoría de los españoles, saben lo que ocurre con sus políticos. Una reciente encuesta de la CNN muestra que dos de cada tres norteamericanos creen que Trump antepone sus propios intereses a los de su país. Buena parte del otro tercio seguramente piensa lo mismo, pero no lo confiesa porque son parte del movimiento MAGA que idolatra al magnate. Y a mí eso, la verdad, me trae sin cuidado. Lo que sí me preocupa es que también en nuestra España empiecen a popularizarse las mañas de Trump sin que los votantes pasen factura a quienes enredan en las redes sociales para hacer olvidar su mala gestión.

Es verdad que, a pesar de los ataques de naturaleza híbrida que sufrimos de cuando en cuando desde el este y desde el sur, nosotros no estamos en guerra. Sin embargo, nuestra relativa paz depende de nuestra capacidad disuasoria, y esta a su vez de nuestro poder militar. Un poder que, como el de los EE.UU., viene determinado por lo que Clausewitz llamó la Trinidad de la Guerra: Gobierno, pueblo y Fuerzas Armadas. Cuando en los próximos años vamos a gastarnos decenas de miles de millones para comprar armas como las que el presidente Trump malgasta en Irán… ¿de verdad creemos que para gobernarnos vale cualquiera?