Fundado en 1910

Y ahora los hutíes

La actual dinámica internacional lleva irremediablemente a la proliferación nuclear y a la pérdida progresiva del valor estratégico de un estrecho que, si Irán insiste en explotar su vulnerabilidad, no tardará demasiado en verse arrinconado por otros oleoductos

Simpatizantes hutíes portan armas durante una manifestación en la capital de Yemen, Saná

Simpatizantes hutíes portan armas durante una manifestación en la capital de Yemen, SanáAFP

Mucho antes de que se inventaran los memes, las tiras cómicas en la prensa ya hacían humor con las noticias de cada día. Recuerdo una en concreto que, en los años 70, nos mostraba al tío Sam poniendo un pie en Laos para sacar el que tenía empantanado en Vietnam, luego poniendo una mano en Camboya y, finalmente, la otra en Tailandia. En la última viñeta, el más genuino de los símbolos de los EE.UU. terminaba a cuatro patas, preso del fango e incapaz de liberarse del atolladero en el que se había metido de buen grado.

Medio siglo después, el tío Sam podría tener un problema parecido en Oriente Medio. También allí se le complica el escenario de un conflicto que nació más pequeño. Además de provocar una guerra secundaria en el Líbano, ya descontada por los analistas, el conflicto de Irán ha cambiado otras muchas cosas en la región. Pot citar solo algunas de ellas, la guerra ha enfriado bastante las relaciones entre Washington y Tel Aviv, ha recrudecido el enfrentamiento civil entre suníes y chiíes en Irak y —esto sí que ha sido una sorpresa— está detrás de unas concesiones de la Administración Trump a Arabia Saudí en el terreno de la tecnología nuclear tan mal explicadas que el propio presidente ha tenido que modificar el acuerdo apenas un día después de su anuncio.

Por si todo eso fuera poco, la guerra ha terminado reactivando los ataques de los hutíes del Yemen en el estrecho de Bab el–Mandeb. Por el momento, el bloqueo anunciado por los rebeldes solo afecta a los buques con intereses saudíes, pero viene a sumar sus efectos a los del cierre de Ormuz. Buena parte del petróleo árabe se dirige a clientes asiáticos. Si sus petroleros no pueden atravesar Bab el-Mandeb, tendrán que dirigirse a Suez, atravesar Gibraltar y rodear África. Desde el puerto de Yanbu, donde termina el oleoducto que atraviesa la península arábiga de este a oeste y contribuye a desahogar el cuello de botella de Ormuz, se tardan 19 días en llegar a Taiwan por Bab el-Mandeb y 48 por el cabo de Buena Esperanza. No es una diferencia menor, desde luego.

¿Sabe Donald Trump lo que hace?

¿Llegará a verse Donald Trump en la misma tesitura que Richard Nixon? Es difícil decirlo. Son épocas diferentes, lugares diferentes y, también, personas diferentes. Nixon era mucho más predecible que el actual presidente de los EE.UU. Un meme, este sí producto del ingenio de nuestro siglo, nos mostraba a Sun Tzu dedicando al voluble inquilino de la Casa Blanca un elogio envenenado: «Si tú no sabes lo que haces, tu enemigo no sabe lo que haces».

Más que ridiculizar a Trump —que eso ya lo hace él solo y seguramente a propósito, como parte de su modelo de liderazgo— entiendo que el autor de la caricatura se mofa de quienes, por afinidad política con el magnate, tratan de interpretar todo lo que hace como si estuviera tocado por la divinidad. Hay quien ve poder, en vez de debilidad, en las amenazas del republicano. ¿Qué ahora dice que destruirá una central eléctrica por cada barco que la Guardia Revolucionaria ataque en Ormuz? Pues se le aplaude, faltaría más. ¿O es que podemos tolerar que los ayatolás se ceben impunemente con el tráfico marítimo que necesitamos para nuestra economía?

Preguntas así son típicas del liderazgo de Donald Trump. Y es verdad que atacar buques civiles está muy mal, aunque los marinos estadounidenses también lo hagan en apoyo de su propio bloqueo, en acciones en las que por desgracia ya han muerto al menos tres tripulantes de nacionalidad india. Sin embargo, el bloqueo es un arma legal de la guerra marítima. Lo que no es legal de ninguna de las maneras es atacar centrales eléctricas para vengar cualquiera que sea la afrenta, como no lo era fusilar unas decenas de rehenes para castigar ataques de la insurgencia en la Segunda Guerra Mundial. Y esto no es una opinión: los EE.UU. son parte firmante de los Convenios de Ginebra que especifican con absoluta claridad que «los bienes de carácter civil no serán objeto de ataques ni de represalias.»

En cualquier caso, no somos el lector o yo mismo quienes tenemos que creernos las amenazas del presidente Trump, sino el liderazgo iraní… y es obvio que ellos no lo hacen. Son los ayatolás quienes han provocado la actual escalada y, por lo que se ha filtrado estos días, son también ellos los que no han aceptado la última propuesta de alto el fuego de la diplomacia estadounidense.

Un elefante en una cacharrería

Todo lo que ocurre en Irán es resultado de que el presidente Trump entrase en el mundo de la geoestrategia como un elefante en una cacharrería. También lo hicieron Alejandro Magno y Napoleón, es verdad, pero con mayores fundamentos. El magnate siempre ve fácil lo difícil y, merced a su coraje innato —fruto quizá de la ignorancia— ha alcanzado innegables éxitos en la arena internacional. Su diplomacia se ha lucido en Gaza y sus Fuerzas Armadas lo hicieron en Venezuela. Sin embargo, junto a esos momentos de gloria, hay que contabilizar sus graves fracasos en otros teatros, quizá más importantes. En Groenlandia, el presidente Trump ha hecho el ridículo, pero mucho más grave es lo que ha ocurrido en Ucrania, donde el magnate se ha posicionado a menudo como embajador de Putin en lugar de hacerle frente.

Centrándonos en el golfo Pérsico, su ataque a las instalaciones nucleares iraníes el año pasado no fue definitivo —a pesar de su insistencia en negar lo obvio— pero fue útil. Tenía un objetivo claro y una estrategia de salida bien definida. Volviendo la vista atrás, Irán parecía derrotado hace seis meses, no completamente —que eso no puede hacerse sin tropas sobre el terreno y, probablemente, ni siquiera con ellas— pero sí de forma suficientemente severa para obligarle a centrarse en sus asuntos internos… a sangre y fuego.

La matanza de civiles en las calles iraníes a principios de año fue, desde luego, un crimen muy grave. Entiendo el deseo de intervenir del presidente Trump. Siempre imprudente, el magnate había prometido que la ayuda estaba en camino sin siquiera consultar al Pentágono. Es obvio ahora para todos que debió haber prestado atención a la llamada «doctrina Powell» que, a partir de las lecciones aprendí das en Vietnam y otros conflictos del siglo pasado, proponía una lista de condiciones a considerar antes de que los EE.UU. emprendieran una guerra en el exterior. Entre ellas, se encontraban las siguientes:

• Intereses vitales de los EE.UU. en juego

• Objetivos políticos y militares bien definidos y alcanzables

• Costes bien estudiados

• Estrategia de salida clara

• Apoyo de la opinión pública norteamericana

• Apoyo de la comunidad internacional

Si el lector se toma la molestia de considerarlas con imparcialidad, verá que no es que falten una o dos de estas condiciones, sino que no se da ninguna de ellas en la guerra de Irán.

Con todo, ese error ya ha sido cometido y no tiene vuelta atrás. Lo importante ahora es que el tío Sam encuentre la manera de salir del apuro sin terminar a cuatro patas en el barro del golfo. Y sí, hay una solución, que viene recomendada por el mismísimo Maquiavelo y que al presidente Trump —y en eso sí que se parece mucho a Nixon— se le da bastante bien: mentir. Así, entre mentiras de vietnamización, terminó la intervención estadounidense en Indochina… y así sonaban las palabras del magnate en la cena celebrada anteayer con los corresponsables de la Casa Blanca: «Bajo mi administración, un régimen poderoso y antes temido que atacó a América sin descanso, ha sido derribado. Sus líderes han sido retirados y ahora les dirige un dictador gay que se enfrenta a divisiones internas.»

Yo no sé si Mojtabá Jamenei es homosexual y, la verdad, no me parece un dato demasiado importante. Sí puedo decir que, a pesar de los esfuerzos que hace la administración Trump para vendernos como un éxito las divisiones internas en Irán, es en los EE.UU. donde las encuestas muestran que la guerra ha dividido no solo a los partidos políticos —que ya lo estaban— sino al propio movimiento MAGA, antes monolítico.

Lo que sí me parece evidente cada vez que le escucho es la capacidad que tiene Trump de, si llega el caso, cantar victoria sea cual sea el resultado de la guerra en el futuro del programa nuclear de Irán o en el control del estrecho de Ormuz. Dos asuntos que además —nunca es bueno dramatizar— se resolverán por sí mismos a su debido tiempo. Nos guste o no, la actual dinámica internacional lleva irremediablemente a la proliferación nuclear y a la pérdida progresiva del valor estratégico de un estrecho que, si Irán insiste en explotar su vulnerabilidad, no tardará demasiado en verse arrinconado por oleoductos alternativos

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas