La soberanía de Venezuela, ¿dónde está?
La soberanía no volverá por decreto ni por propaganda. Volverá cuando los venezolanos la ejerzamos con el voto libre
Protestas tras las elecciones presidenciales de Venezuela en julio de 2024
El discurso oficialista repite hasta el cansancio la palabra «soberanía», como si bastara convertirla en consigna para ocultar la realidad. La pronuncian como un escudo frente a cualquier crítica, como un talismán para justificar atropellos y como un recurso propagandístico destinado a encubrir la destrucción de Venezuela.
Pero frente a la evidencia de estos años surge una pregunta inevitable, incómoda e imposible de silenciar: ¿dónde está realmente la soberanía nacional? ¿En qué momento se perdió la dignidad de la República? La soberanía no es un grito desde una tarima ni un lema estampado en una pancarta. La soberanía reside, como lo consagra nuestra Constitución, de manera intransferible en el pueblo. Se expresa cuando una nación protege su territorio, resguarda sus instituciones, administra con honestidad sus riquezas y garantiza condiciones de vida dignas para sus ciudadanos. Nada de eso ha ocurrido en Venezuela durante el último cuarto de siglo.
Lo que hemos presenciado no ha sido un ejercicio de independencia, sino la mayor capitulación política, económica y territorial de toda nuestra historia republicana. Jamás se había entregado tanto patrimonio nacional mientras se hablaba con tanto cinismo de patriotismo. Basta observar el mapa de nuestra geografía y de nuestra economía para comprobar que el país fue puesto en liquidación.
La reclamación histórica sobre el Esequibo fue abandonada siguiendo las directrices políticas emanadas desde La Habana. Durante más de dos décadas se regalaron millones de barriles de petróleo, gasolina y gasoil al régimen cubano mientras los venezolanos hacían interminables colas para surtir combustible. Se dilapidó Citgo, se perdió el control de activos estratégicos en el exterior y fueron destruidas 22 refinerías y terminales petroleras que durante décadas consolidaron la presencia energética de Venezuela en el Caribe, Europa y los Estados Unidos. Buena parte del petróleo que aún logra producirse quedó comprometida bajo condiciones leoninas con China, hipotecando el futuro de varias generaciones.
¿Dónde estaba entonces la soberanía?
No existe soberanía cuando los sistemas de identificación nacional, los registros y las notarías quedan bajo la influencia de los servicios de inteligencia cubanos. No existe soberanía cuando instalaciones fundamentales de PDVSA, como el Complejo Refinador de Paraguaná o la refinería El Palito, terminan dependiendo de intereses iraníes. Tampoco cuando las riquezas del Arco Minero son entregadas a corporaciones extranjeras que devastan el ambiente mientras grupos armados imponen su ley sobre vastas regiones del territorio nacional. Eso no es soberanía. Es dependencia. Es ocupación silenciosa. Es renuncia deliberada al ejercicio de la autoridad del Estado venezolano. Las consecuencias de semejante entrega son devastadoras.
PDVSA, que alguna vez fue una de las empresas energéticas más prestigiosas del mundo, fue reducida a escombros. El complejo industrial de Guayana —SIDOR, Alcasa, Venalum y Bauxilum— pasó de ser símbolo del desarrollo nacional a convertirse en un inmenso cementerio industrial. Empresas emblemáticas como Agroisleña, La Vergareña, Lácteos Los Andes o el Hato El Frío fueron expropiadas para luego ser destruidas. Cementeras, centrales azucareros, sistemas de transporte, el Metro de Caracas, el Ferrocarril Nacional y el Segundo Puente sobre el Orinoco terminaron convertidos en monumentos al despilfarro y la corrupción.
Mientras tanto, más de 700 mil millones de dólares fueron saqueados del patrimonio nacional. Recursos suficientes para haber transformado definitivamente la educación, la salud, la infraestructura y la calidad de vida de todos los venezolanos. En cambio, el país recibió hiperinflación, pobreza y el colapso de servicios esenciales. Hasta proyectos estratégicos como el satélite Simón Bolívar y las ensambladoras estatales terminaron siendo ejemplos del fracaso de un modelo construido sobre la corrupción.
El costo económico es inmenso. El costo humano resulta sencillamente imperdonable. Destruyeron el salario hasta convertir al trabajador venezolano en uno de los peor remunerados del planeta. Confiscaron prestaciones sociales, pulverizaron las cajas de ahorro y acabaron con beneficios laborales conquistados durante décadas. Mientras la élite gobernante se atiende en clínicas privadas del exterior, los hospitales públicos sobreviven sin insumos, sin equipos y muchas veces sin esperanza.
Venezuela pasó a ocupar posiciones vergonzosas entre los países con mayores índices de pobreza, desnutrición y exclusión social. Más de nueve millones de venezolanos se vieron obligados a abandonar su tierra para escapar del hambre, de la persecución y de la desesperanza, protagonizando uno de los mayores éxodos de la historia contemporánea, superior incluso al registrado por países inmersos en conflictos bélicos.
¿Y todavía pretenden hablarnos de soberanía? No. La verdadera soberanía no pertenece a quienes ocupan circunstancialmente el poder. La soberanía pertenece al pueblo venezolano. Pertenece a los ciudadanos que trabajan, producen, educan a sus hijos, defienden sus comunidades y no renuncian al derecho de vivir en libertad. Por eso, la tarea de nuestra generación no consiste únicamente en denunciar este inmenso despojo. Nos corresponde organizarnos cívicamente, fortalecer la unidad democrática y prepararnos para conquistar, mediante elecciones presidenciales auténticamente libres, el derecho de decidir nuestro destino. Solo un gobierno legítimo podrá emprender el gran Plan de Reconstrucción Nacional que demanda Venezuela: rescatar las instituciones, recuperar PDVSA y el aparato productivo, restablecer el Estado de Derecho, atraer inversiones, garantizar justicia para las víctimas y devolverles oportunidades a millones de compatriotas dispersos por el mundo.
La soberanía no volverá por decreto ni por propaganda. Volverá cuando los venezolanos la ejerzamos con el voto libre, con la organización ciudadana, con la defensa de nuestras instituciones y con el compromiso indeclinable de reconstruir la República. Porque la verdadera independencia no consiste en repetir consignas. Consiste en recuperar la libertad. Y esa tarea nos pertenece a todos.