Los dueños sin rostro de los presos políticos en Venezuela: la maquinaria de la perversión
La perversión ha sido siempre la vía favorita de los dictadores y malhechores venezolanos que aplican la fuerza tanto física como psicológica para controlar el país
Delcy Rodríguez, habla durante una rueda de prensa
No nos hemos detenido en el desentrañamiento y análisis de una de las características primordiales del régimen de Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Diosdado Cabello: la fabricación de realidades y escenarios de extrema perversión.
La perversión de la que hablo no es accidental, tampoco un subproducto, un fruto indeseable de la corrupción: es la lógica esencial del poder que se instaló en Venezuela en 1999, y que no ha cesado de crecer y multiplicarse desde entonces. Es el método intrínseco y de origen que consiste en crear mecanismos que impidan cualquier solución y que conviertan cada necesidad en una problemática opaca e irresoluble.
Me refiero a casos como, por ejemplo: cuando un ciudadano debe ir a denunciar la desaparición forzada de un familiar, justo ante el funcionario que ha ordenado su desaparición, está frente a la maquinaria de la perversión. O cuando en la sala de emergencias de un hospital público, una anciana que a duras penas ha logrado desplazarse desde el barrio en el que vive, y que sufre dolores extremos, se le exige entre susurros el pago de «un regalito» de cien dólares para acceder a un calmante, estamos ante el rostro más perverso de la atroz maquinaria de la perversión del régimen. O, como ha ocurrido en días recientes, cuando una madre que literalmente lo ha perdido todo –a casi toda su familia, su vivienda y la totalidad de sus bienes– le exigen que presente su partida de nacimiento y la de su única hija sobreviviente como requisitos para inscribirla en el censo de las víctimas, estamos una vez más ante un caso, despiadado e imbécil, no solo de unos específicos funcionarios civiles y militares, sino de la estructura gubernamental en su conjunto.
Hay que entender que la perversión es pieza central del objetivo de someter a la sociedad. Es esa combinación de autoritarismo, trampas, corruptelas, engañifas, incompetencia, amenazas, cinismo, extorsión, burla, impunidad y absoluta impiedad que se ha instalado en la relación unilateral y grotesca del poder con cada familia venezolana.
Podrían listarse miles y miles de situaciones provenientes de la experiencia de los ciudadanos donde está presente el engranaje de la perversión. Pero, aunque consideremos que cada caso es condenable por sí mismo, ninguno es tan infame y deleznable como la gigantesca urdimbre de perversiones y perversos que agobia y se ceba sobre las vidas al límite de los presos políticos.
A los presos políticos no solo se les somete a condiciones inhumanas y degradantes de encierro, también se les rodea y acosa con la maquinaria de la perversión, que opera como un engañoso engranaje, con el propósito exclusivo de mantener a cada preso en un estatuto permanente y sin final de indefensión, opacidad e incesante incertidumbre.
Cuando se leen los casos narrados por periodistas especializados en la violación de los Derechos Humanos o se escuchan los testimonios de periodistas se produce una inevitable y engañosa situación: que hay un desorden crítico, un caos inacabable que añade más y recurrentes pesadillas a los presos y a sus familiares. Pero, en su trasfondo, es mucho más que eso.
Cuando ocurre que los ejecutores del secuestro y la desaparición forzosa, no saben por qué lo han detenido ni quien dio la orden; cuando, tomados por la desesperación, los familiares recorren las cárceles y en todas les repiten la misma frase desgraciada, «aquí no está»; cuando se dirigen a distintas autoridades y cada una, con tono cortante y despectivo les cierra la puerta con un desdeñoso «no tenemos información»; cuando en los tribunales algún funcionario de la categoría corre-ve-y-dile se acerca, baja la voz y dice, «le voy a dar un consejo, mejor váyase para su casa y no hable con los periodistas»; cuando el juez o la jueza suspenden una y otra vez las audiencias, sin siquiera preguntarse cuántos esfuerzos y sacrificios le ha costado a los familiares trasladarse hasta el tribunal; cuando los abogados defensores son rechazados, injuriados y hasta detenidos, impidiéndoles hacer su trabajo; cuando los jueces, ante las siempre indiscutibles evidencias de que los detenidos son inocentes, emiten penas desproporcionadas contra personas a las que han despojado de sus derechos, y no tienen otro argumento que el de «la orden vino de arriba»; cuando, incluso, como resultado de las campañas nacionales o internacionales por la liberación de un determinado preso, un juez o jueza emite una orden de excarcelación y, a pesar de ello, los cancerberos se niegan a cumplirla, alegando que «hay una orden de arriba» que les impide hacer efectiva la liberación; cuando, a fin de cuentas, cada preso, cada abogado y cada familia se ve sometido a un infierno circular y repetitivo de cancelaciones, rechazos y negaciones siempre bajo la rúbrica de que se trata de «una orden de arriba», uno se pregunta cómo es posible que ocurra esta sucesión de hechos impunes e ilimitados contra la dignidad y la esperanza de las personas.
Y es entonces cuando familiares y abogados –y hasta los propios presos en sus mazmorras– se topan con la oscuridad, el enigma, la opacidad que origina «la orden que viene de arriba», que no solo son determinadas personas –cada preso tiene un dueño– sino que es un enrevesado y perverso sistema que tiene un patrón, que difumina la responsabilidad de los violadores de los Derechos Humanos y que, sobre todo, le permite mantener un almacén humano, un depósito de secuestrados, que les sirve como escudo, mercancía de negociación, rehenes para chantajear a las autoridades de otros países, argumento para exhibir ante la sociedad harta, que le dice a cada ciudadano: ten cuidado, que el próximo puedes ser tú.