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La opositora Dinorah Figuera y el dirigente chavista Jorge Rodríguez tras la primera sesión de negociaciones en CaracasFederico Parra / AFP

Hay una realidad que acompaña a todas las transiciones democráticas y que rara vez aparece en los libros y es que una transición comienza no cuando cae un dictador; sino cuando una sociedad decide cómo quiere volver a convivir.

En estos días, Venezuela ha iniciado formalmente un proceso de negociación entre el régimen interino de Delcy Rodríguez y la Asamblea Nacional elegida en 2015, la última institución legítimamente electa que aún reconoce Estados Unidos. Para algunos, este paso es audaz para otros es conservador. Ambas reacciones son comprensibles porque las transiciones siempre producen dos sentimientos contradictorios: esperanza y desconfianza.

La historia enseña que pasar de una dictadura a una democracia nunca ha sido un camino recto sino en zigzag. España, Chile, Polonia, Sudáfrica o los países de Europa del Este tuvieron que recorrer un sendero estrecho entre dos peligros: la impunidad y la revancha. Ni una ni otra construyen democracias. La impunidad destruye la justicia y la revancha destruye la reconciliación.

España lo comprendió durante su Transición. Adolfo Suárez entendió que había que desmontar un régimen sin destruir el país. Polonia descubrió que la fuerza moral de Solidaridad debía transformarse en instituciones. Sudáfrica encontró en la Comisión de la Verdad un intento de reconciliar sin olvidar. Ninguno de esos procesos fue perfecto. Todos fueron profundamente humanos y llenos de contradicciones, de concesiones difíciles y de principios irrenunciables. Venezuela entra ahora en esa misma tensión.

Estados Unidos y la transición

Nos guste o no, el actor que hoy tiene el mayor control político, económico y militar sobre el proceso venezolano es Estados Unidos. Desde la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, la administración del presidente Donald Trump y, particularmente, el secretario de Estado Marco Rubio, han diseñado una hoja de ruta cuyo objetivo declarado es conducir al país hacia una estabilización, una transición y posteriormente unas elecciones democráticas.

Eso significa que la mesa que hoy se instala tiene, en realidad, tres actores. La oposición democrática, el régimen interino encabezado por Delcy Rodríguez y una tercera silla, mucho más grande que las demás, ocupada por Estados Unidos. Incluso podría decirse que es una mesa con dos cabeceras y que, en ambas, está sentado Washington.

Esa realidad puede incomodar a muchos venezolanos. Pero ignorarla sería aún peor. Ahora bien, reconocer esa realidad nos debe llevar a intensificar más el objetivo nacional. La transición tiene que proponerse reconstruir un país devastado. Eso significa, en primer lugar, recuperar una democracia gobernante y no una democracia gobernada. Un sistema donde el voto vuelva a decidir realmente quién gobierna, con un nuevo árbitro electoral, un Tribunal Supremo independiente y el restablecimiento pleno de las libertades civiles y políticas.

Significa también devolver la libertad de expresión a un país donde los medios fueron confiscados, Internet sigue sometido a controles y el miedo se convirtió durante años en política pública.

Significa reconstruir una economía basada en la iniciativa privada, la seguridad jurídica y la confianza, dejando atrás un estatismo que destruyó riqueza, productividad y oportunidades. Pero también significa comprender que el crecimiento económico solo será sostenible si va acompañado de solidaridad y justicia social para millones de venezolanos que quedaron atrapados en la pobreza.

Significa reconciliar al país sin construir una nueva impunidad. La reconciliación auténtica no consiste en olvidar; consiste en hacer posible que la justicia conviva con el futuro y los hechos se vivan e interpreten de otra manera.

Eso significa también reconstruir unas Fuerzas Armadas profesionales, subordinadas exclusivamente a la Constitución y no infectada con partidos, ideologías o proyectos personales.

Finalmente, supone recuperar el petróleo como motor de desarrollo y no como instrumento de dominación política. Durante demasiado tiempo, el petróleo dejó de ser una riqueza nacional para convertirse en el mecanismo mediante el cual el poder sometía a la sociedad.

Todo esto ocurre, además, sobre un país profundamente herido. El terremoto reciente recordó la fragilidad de nuestras instituciones y la urgencia de reconstruir no solo carreteras, hospitales o viviendas, sino también confianza.

Sabemos que no será fácil

Sabemos que existen enormes conflictos dentro de Venezuela. María Corina Machado ha decidido no participar directamente en este proceso. Ojalá esta negociación logre generar la confianza suficiente para incorporar a todos los sectores democráticos. Una transición solo será fuerte si nace de la mayor unidad posible.

Las nuevas generaciones venezolanas tendrán que hacer lo que otras generaciones hicieron antes en España, en Chile, en Polonia o en Europa del Este: cambiar de piel sin perder el alma.

Este paso es apenas el primer kilómetro de una carrera larga cuyo destino debe ser uno solo: una Venezuela donde la democracia vuelva a pertenecer a los ciudadanos, donde la ley vuelva a estar por encima del poder y donde millones de venezolanos puedan regresar para reconstruir, por fin, el país que nunca dejaron de llevar consigo.