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¿Hasta dónde puede llegar la tensión entre Washington y Pekín por el petróleo iraní?

Asestar un golpe devastador a la economía iraní requeriría sancionar a importantes empresas y bancos chinos

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente chino Xi Jinping

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el presidente chino Xi JinpingAFP

Desde que en febrero se inició la guerra entre Israel y EE.UU. contra Irán, una pregunta se hace recurrente: ¿Dónde queda China en todo esto?

Ahora, la Administración Trump ha anunciado la «Operación Paria Económico» (Operation Economic Outcast), que consiste en fuertes sanciones diseñadas para asfixiar las finanzas iraníes y cortar de raíz sus ingresos comerciales. No obstante, el éxito de esta operación depende en gran medida de si logra frenar las compras del mayor cliente de crudo iraní: Pekín.

China es desde hace años el principal comprador de petróleo iraní y ahora las advertencias de la Casa Blanca sobre sanciones secundarias si negocia con su socio introducen un factor complejo a nivel económico y geopolítico.

Cuando el secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent, advierte a los países que mantienen vínculos comerciales con Teherán de que se arriesgan a quedar excluidos del sistema financiero basado en el dólar para «cortar cada salvavidas económico que sostiene al régimen iraní y así lograr aislarlo», se refiere sobre todo a China.

Bessent fue tajante al afirmar que «nadie está por encima del alcance de las sanciones estadounidenses» y que el Gobierno de Trump busca, a su vez, fijar expectativas con Pekín mediante una «diplomacia discreta».

Sin embargo, analistas y expertos destacan que la Administración estadounidense se muestra cautelosa a la hora de que todo esto salpique a China, debido al riesgo de represalias comerciales, particularmente en sectores críticos como la exportación de minerales estratégicos.

Además, están previstas para septiembre conversaciones de alto nivel entre el presidente Trump y el líder chino Xi Jinping, que incluirán una reunión en el Despacho Oval el día 24.

Si bien las petroleras estatales chinas dejaron de adquirir el crudo iraní de forma directa en 2019 para evitar represalias en los mercados financieros internacionales en dólares, el comercio continuó a través de un circuito alternativo con las denominadas «teapots», que son pequeñas plantas privadas e independientes ubicadas en China, sobre todo en la provincia de Shandong, donde compran petróleo barato y sancionado de países como Irán, Rusia y Venezuela.

Esos complejos han sido los principales clientes del petróleo iraní, atraídos por los atractivos descuentos frente a los precios de referencia internacionales. Allí, el crudo iraní se reetiqueta en origen marítimo como procedente de Malasia o Indonesia y se liquida directamente en yuanes (la moneda china). Luego se opera mediante complejas redes de intermediarios para eludir la detección financiera internacional.

Sin embargo, como advierten analistas y expertos, la Administración estadounidense debe mostrarse cautelosa ya que existe el riesgo de otras represalias comerciales por parte de Pekín, particularmente en sectores críticos como la exportación de minerales estratégicos. Esto es aún más importante teniendo en cuenta las conversaciones de alto nivel previstas entre el presidente Trump y el líder chino Xi Jinping. El líder chino hará una visita de tres días a EE.UU. a finales de septiembre, que incluye una reunión con el presidente Trump.

Por ejemplo, el think tank Atlantic Council, con sede en Washington, ahonda en la importancia de la «clave china» en su análisis de urgencia ante el anuncio de Bessent, advirtiendo de que estas nuevas sanciones no supondrían un golpe mortal para la economía iraní, ya que apuntan a empresas iraníes, chinas y de otros países, así como a petroleros de flotas fantasma y otros objetivos legítimos.

Asestar un golpe devastador a la economía iraní requeriría sancionar a importantes empresas y bancos chinos. Cuando la prensa preguntó a Bessent por qué su anuncio era más un aviso a navegantes, este respondió que no quería «destruir el sistema financiero global» porque implica costes y riesgos que el secretario del Tesoro norteamericano no está dispuesto a asumir.

Otro factor es que la tregua arancelaria entre EE.UU. y China, y las prohibiciones chinas sobre minerales críticos, está a punto de expirar este otoño, por lo que cualquier escalada económica por parte de EE.UU. podría provocar contramedidas chinas, especialmente en el sector de los minerales críticos.

Todos los grandes movimientos en el tablero internacional se libran, en última instancia, en esta lucha hegemónica entre EE.UU. y su rival, China, algo que nunca hemos de perder de vista.

Pekín se ha dedicado a desarrollar su propio arsenal de leyes y regulaciones contra las sanciones, que con toda seguridad se utilizarían para contraatacar si EE.UU. actuase con fuerza.

Hace poco, Nate Swanson, investigador principal de Atlantic Council, quien formó parte del equipo de negociación con Irán en la Administración Trump hasta 2025, reconocía en un ensayo para la revista Foreign Affairs que las sanciones destinadas a restringir la capacidad de Teherán para vender petróleo sí han tenido un profundo impacto en la economía iraní, sin embargo, no han logrado provocar los cambios políticos que pretendían impulsar.

Ahora hay más de 3000 sanciones estadounidenses que se dirigen prácticamente a todos los aspectos del Gobierno y la economía iraníes. Estas sanciones son intencionadamente complejas y presentan múltiples niveles con competencias que se solapan, lo que dificulta su levantamiento.

Por eso, lo que en palabras grandilocuentes propias de Trump supone la «operación económica más aplastante jamás llevada a cabo contra ningún país», y sin poner en duda que esto perjudicará a Irán y su economía, casi seguro que no logrará forzar la rendición de Teherán y sus redes.

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