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Ceuta, milicia y reglas de enfrentamiento (II)

Si nuestro presidente defiende que tanto Marruecos como el Gobierno de España son inocentes, ¿quién tiene la culpa de lo ocurrido? La respuesta podríamos haberla adivinado cualquiera sin necesidad de una bola de cristal: Israel, Rusia y la ultraderecha

Inmigrantes frente a la explanada de embotellamiento de Loma Colmenar, CeutaEFE

Todavía no he empezado a teclear la primera palabra de este artículo y ya mi instinto me dice que me estoy equivocando. Siento como, poco a poco, los españoles vamos cayendo en la trampa tendida arteramente por nuestro Gobierno y sus medios afines: convertir un acto de guerra híbrida de manual en una crisis migratoria… olvidándonos de la relación causa efecto que existe entre el primero y la segunda.

No es un asunto baladí lo que nuestro presidente parece estar intentando, por desgracia no sin cierto éxito. Con el único objeto de esquivar sus propias responsabilidades, exculpa a Marruecos de un asalto que no puede reconocer porque él debería haberlo evitado. Un asalto que responde a multitud de razones, ninguna de ellas buena: prueba de fuerza, presión al Gobierno para que ceda todavía más terreno en el Sáhara o en las relaciones con Argelia y, lo que podría ser aún más grave a largo plazo, tanteo de la voluntad de España de defender nuestras ciudades norteafricanas.

Quizás sea esto último lo único que, a la vista de la reacción popular, le haya salido solo regular al Rey de Marruecos. Las encuestas publicadas por algunos medios –no va a ser el CIS el que pregunte por esto– muestran que apenas un 10 % de los españoles cree o finge creer la versión contemporizadora del presidente Sánchez. Por buscar un elemento de comparación, es probable que, en un país donde nos gusta tanto llevar la contraria, podamos encontrar bastantes más compatriotas que crean o finjan creer a Putin cuando dice que la invasión de Ucrania es una «operación especial».

Si nuestro presidente defiende que tanto Marruecos como el Gobierno de España son inocentes, ¿quién tiene la culpa de lo ocurrido? La respuesta podríamos haberla adivinado cualquiera sin necesidad de una bola de cristal: Israel, Rusia y la ultraderecha. Agrupando a sus tres némesis en un mismo bulo, seguramente el presidente cree ofrecer una carta al gusto de todos los comensales. Lástima que, con las prisas, se le haya olvidado el menú infantil: la bruja Piruja y el lobo feroz.

Ataques repetidos

Hecha la denuncia para que los lectores no olviden lo que hay detrás de lo que ocurre –lo urgente, que es recuperar Ceuta para los ceutíes, no debería distraernos de lo importante, que es defenderla– caeré voluntariamente en la trampa del Gobierno para profundizar en algunos de los asuntos planteados cuando se produjo el primer ataque a un vehículo militar patrullando por las calles de la ciudad autónoma.

Como era de esperar en un ambiente revuelto tras semanas de estéril espera –con el Gobierno, hay que repetirlo, de vacaciones– se han vuelto a producir ataques similares. En el momento en que escribo esto, la cuenta ha llegado ya a tres. No los magnifiquemos, que eso siempre termina haciendo el juego al enemigo: no se parecen en nada a Annual ni al Barranco del Lobo. Sin embargo, tampoco debemos minimizarlos. Ya sabe el lector lo que suele decirse en el mundo de la Inteligencia militar: la primera vez es una casualidad, la segunda una coincidencia… la tercera es un plan.

En la guerra híbrida que nos enfrenta con Marruecos, la mayoría de los protagonistas de esta batalla concreta son balas disparadas desde Rabat

¿Un plan para qué? Una parte considerable de los invasores de Ceuta –aunque no haya sido un ataque armado, el asalto a las fronteras encaja como mínimo en la segunda acepción de la palabra que da la RAE– piensa que el desorden favorece a su causa. Una causa que, en la mayoría de los casos, no es quedarse en la ciudad autónoma para «liberarla del colonialismo español» –un diagnóstico correcto es esencial para curar la enfermedad– sino conseguir llegar a la Península y, una vez allí, saltar a Europa o esperar pacientemente a la siguiente regularización. Recuerde el lector que, en la guerra híbrida que nos enfrenta con Marruecos, la mayoría de los protagonistas de esta batalla concreta no son soldados, sino balas disparadas desde Rabat.

¿Agentes de la autoridad?

A pesar de la repetición de los ataques, las fotografías que se publican en muchos medios siguen mostrando a nuestros soldados mientras patrullan, desarmados en su mayoría, las calles de Ceuta. No es que las Reglas de Enfrentamiento no les permitan defenderse, es que ni siquiera tienen con qué hacerlo.

Desde las asociaciones de militares se reclama para las tropas implicadas en las patrullas la condición de agentes de la autoridad, algo en absoluto inusitado –ya la tienen la UME y las policías militares– y que solo depende de la voluntad del Gobierno. Las leyes vigentes lo permiten «… en los supuestos de otras necesidades públicas en intervenciones en apoyo de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en operaciones de vigilancia y protección o como consecuencia de atentados terroristas u otros actos ilícitos y violentos».

¿Para qué serviría la condición de agente? Por una parte, permitiría a los militares detener a quienes les atacan, en lugar de tener que llamar a la Policía como haríamos usted y yo… pero recuerde que ni usted ni yo tenemos que patrullar por la noche las calles de Ceuta. Tiene además un cierto potencial disuasorio. Puestos en el peor de los casos, facilitaría la imposición de penas mayores a los culpables de la agresión.

Vaya por delante que aplaudo la preocupación de las asociaciones de militares. No dispongo de cifras actualizadas pero, cuando yo era jefe de personal de la Armada, representaban alrededor del 7 % de las plantillas, casi 10.000 profesionales que, por las razones que fueran, no se sentían suficientemente defendidos por la cadena de mando. Ese sentimiento, aunque minoritario, sigue existiendo y merece cuando menos la atención de los responsables.

Sin embargo, tanto el Real Decreto que regula la seguridad en las Fuerzas Armadas como el sentido común imponen una condición para la actuación de los militares como agentes de la autoridad: «Tendrán la formación y preparación adecuadas». Esto incluye tanto el equipo necesario como el adiestramiento en una tarea que, como la Guardia Civil y la Policía Nacional saben perfectamente, en absoluto es sencilla. ¿Es eso para lo que queremos preparar a nuestros soldados? ¿A cambio de qué? ¿Quién se adiestrará para poner en práctica los planes para la defensa militar de Ceuta –sin entrar en detalles, le aseguro al lector que los hay– si un día el mundo se vuelve loco y los que llegan no son civiles desarmados sino militares en carros de combate?

Si el Gobierno quiere mantener a los militares en las calles de la ciudad autónoma –algo que me parece imprescindible– hay otras formas de hacerlo que ya se han utilizado con éxito en el pasado. Desde la organización de patrullas conjuntas con miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado hasta la vigilancia de instalaciones concretas al amparo de las atribuciones que el mismo Real Decreto da a los centinelas: «Cuando resulte amenazada la seguridad de su puesto, su persona o el cumplimiento de la consigna, previa las conminaciones dirigidas al potencial agresor para que abandone su actitud y de la advertencia de que se halla ante un centinela, podrá hacer uso gradual y proporcionado de su arma, procurando causar el menor daño posible».

Posibilidades, desde luego, las hay. ¿Qué es lo que falta entonces? Cultura militar, conciencia de defensa… llámele el lector como quiera. En Francia, los soldados patrullan las calles de París con sus fusiles bien a la vista. En España, no. Y no lo harán hasta que un Gobierno, fuertemente presionado por la sociedad –no se atreverán si no se lo exigimos– se vea obligado a asumir el riesgo. Ya estamos tardando.