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Venezuela: Bolichicos al rescate

La cesión de los 65.000 millones de barriles impresionan. Pero la verdadera genialidad —y también el gran defecto— del acuerdo petrolero venezolano está en otro sitio: Washington se ha convertido en socio del vehículo que los explotará y lo está haciendo con alguien eternamente ligado al chavismo

Delcy Rodríguez y Donald Trump

Delcy Rodríguez y Donald TrumpAFP

Esta semana nos hemos quedado boquiabiertos con lo que Donald Trump ha bautizado, con su habitual modestia, como «el mayor acuerdo petrolero de la historia»: derechos sobre 17 campos venezolanos con unos 65.000 millones de barriles de reservas probadas durante 100 años.

65.000 millones de barriles bajo tierra no equivalen a 65.000 millones dentro de un petrolero camino de Houston. Y mucho menos a multiplicarlos por el precio del Brent.

A 65 dólares, esas reservas tendrían un valor bruto teórico superior a cuatro billones. Impresionante y económicamente bastante inútil. Es como valorar una mina multiplicando todo el mineral enterrado por el precio del oro y olvidarse de que primero hay que sacarlo.

El crudo de la Faja del Orinoco es pesado o extrapesado. Para transportarlo necesita frecuentemente diluyentes —nafta o condensados— y después refinerías complejas. Por eso suele cotizar con descuento frente a crudos más ligeros.

A ello se añaden décadas de abandono. Pozos, oleoductos, terminales, electricidad y refinerías requieren inversiones gigantescas. NABEP (North American Blue Energy Partners) habla de atraer unos 100.000 millones de dólares; otras estimaciones elevan bastante la factura.

Por tanto, no existe un precio mágico a partir del cual todo el petróleo venezolano sea rentable. Depende del campo, del diluyente, del transporte, de la fiscalidad y de la inversión necesaria para devolver cada campo a producción.

Chevron ofrece una referencia interesante: afirma que sus operaciones venezolanas pueden funcionar con costes de extracción inferiores a 20 dólares por barril y ha comprometido más de 7.000 millones para elevar su producción hasta unos 600.000 barriles diarios.

Eso no debilita el argumento. Lo mejora. Venezuela tiene una cantidad obscena de petróleo. Lo que no tiene es una cantidad obscena de petróleo barato, inmediatamente disponible y fácilmente monetizable. A los costes de extracción, hay que añadirle primero los diluyentes que pueden llegar a suponer el40% del OPEX. Y luego incluir en la ecuación que el petroleo pesado venezolano cotiza con un descuento de entre 12 y 25 dólares comparado con el Brent. A partir de ahí estamos hablando de un punto de rentabilidad alrededor de los 60 dólares por barril para las nuevas inversiones.

Y eso explica los polémicos 100 años. A 1,5 millones de barriles diarios, extraer 65.000 millones exigiría unos 119 años. El siglo de concesión deja así de parecer solo una extravagancia colonial y adquiere cierta lógica industrial. Otra cuestión es su lógica constitucional.

Chevron nos cuenta más que Trump

Chevron lleva más de un siglo en Venezuela y sabe cuánto cuesta producir allí. Para invertir de nuevo busca mejores condiciones fiscales, autonomía operativa, acceso a sus ingresos y mecanismos de resolución de conflictos fuera de la maravillosa independencia judicial bolivariana.

Exxon, Conoco o Chevron no necesitan que Delcy Rodríguez les prometa amor eterno; necesitan contratos ejecutables

Eso es lo importante. Exxon, Conoco o Chevron no necesitan que Delcy Rodríguez les prometa amor eterno; necesitan contratos ejecutables y un foro creíble donde reclamar si mañana alguien vuelve a nacionalizarles. La inversión no huye del riesgo. Huye de la arbitrariedad.

El problema Betancourt

Y aquí aparece, para mí, el gran error de la Administración Trump.

Si Washington quiere convencer al mundo de que Venezuela deja atrás el capitalismo de amiguetes chavista, cuesta imaginar un símbolo más discutible para pilotar su mayor privatización que Alejandro Betancourt.

Su nombre está asociado a Derwick Associates, una de las compañías emblemáticas de los llamados bolichicos, jóvenes empresarios que durante el chavismo obtuvieron enormes contratos públicos. Betancourt ha sido escrutado en distintas jurisdicciones y su trayectoria ha generado numerosas acusaciones públicas. Hay que añadir inmediatamente que no ha sido condenado por esos hechos, no está actualmente acusado por la justicia estadounidense y niega haber cometido irregularidades.

Ese matiz jurídico es imprescindible. Pero no resuelve el problema político que supone el mensaje que su elección manda.

NABEP tiene una trayectoria brevísima y, de la noche a la mañana, se ha convertido sobre el papel en una de las mayores petroleras privadas del mundo por reservas. Con 17 proyectos asignados, tendrá que asociarse con grandes operadores para desarrollar semejante monstruo.

Ahí está la contradicción: si quieres cerrar cuarenta años de capitalismo clientelar, no deberías inaugurar el nuevo modelo con una figura inevitablemente vinculada, en la percepción pública, al sistema anterior.

Puede ser completamente inocente y hasta un magnífico empresario. No cambia el problema: la reconstrucción institucional necesita limpieza, pero también apariencia de limpieza.

Concentrar semejante posición en una sola compañía sin licitación internacional transparente entrega además a cualquier futuro gobierno democrático un argumento perfecto para revisar el acuerdo.

Delcy y Trump: matrimonio de conveniencia

Tampoco creo que Donald y Delcy hayan contraído matrimonio político. Trump necesita temporalmente a Delcy porque controla el aparato estatal. Delcy necesita a Trump porque controla el oxígeno financiero.

El peligro es que la operación parezca una liquidación de activos nacionales hecha por los supervivientes del chavismo antes de abandonar el edificio. No afirmo que ocurra, pero sería políticamente suicida permitir esa interpretación.

El día que Venezuela celebre elecciones libres, el nuevo gobierno tendrá que decidir qué hacer con contratos firmados por una presidenta interina e ilegal que comprometen recursos nacionales durante un siglo. Entonces descubriremos si los 100 años eran realmente 100 años.

El Pentágono se convierte en accionista

Y aquí llegamos a la parte verdaderamente fascinante. El Gobierno estadounidense no se ha limitado a bendecir el acuerdo. Se ha metido dentro del capital. El Pentágono tendrá económicamente un 35 % de la matriz de NABEP mediante penny warrants, con mecanismos para evitar su dilución. Tendrá derechos económicos, acceso preferente a producción (20% al coste y una opción prioritaria para el otro 80%) y capacidad de veto sobre el gobierno corporativo.

Para un libertario, ver al Pentágono convertido en accionista de una petrolera produce urticaria. Geopolíticamente, sin embargo, modifica radicalmente la ecuación de riesgo. Hasta ahora, cuando Venezuela expropiaba a Exxon o Conoco, tenía un pleito con Exxon o Conoco. Si mañana un gobierno venezolano intenta apropiarse de un activo dentro de esta estructura, estará lesionando directamente un interés económico del Gobierno de Estados Unidos.

No es lo mismo. No convierte un contrato inconstitucional en constitucional ni garantiza cada dólar invertido. Pero crea algo muy parecido a un paraguas político soberano.

Si Exxon, Conoco, Halliburton u otros operadores participan mediante contratos con NABEP, ya no estarán solos frente al riesgo venezolano. Detrás estará, como accionista y con intereses propios, el Gobierno estadounidense.

No es un seguro jurídico. Es un disuasivo. Y probablemente vale más.

El verdadero negocio de Trump

Esa es, a mi juicio, la verdadera dimensión del acuerdo. Trump no ha comprado 65.000 millones de barriles. Ha comprado una opción sobre un siglo de producción venezolana y le ha grapado encima la bandera americana.

Al mismo tiempo consigue tres objetivos estratégicos: desplaza intereses rusos y chinos, coloca una gigantesca fuente de crudo pesado cerca de las refinerías del Golfo de México y reduce la capacidad de China para utilizar Venezuela como proveedor energético y cabeza de puente en América.

Por qué una arquitectura geopolítica tan sofisticada se ha construido sobre cimientos institucionales tan discutibles.

Eso explica la operación mucho mejor que el gran titular petrolero. El interrogante es por qué una arquitectura geopolítica tan sofisticada se ha construido sobre cimientos institucionales tan discutibles. Washington podía haber creado un vehículo transparente, licitar los campos y establecer reglas capaces de sobrevivir a Delcy y al próximo presidente democrático.

Pero Trump y Rubio han elegido el atajo Betancourt. La ironía es difícil de ignorar: Trump pretende utilizar capital estadounidense para sacar a Venezuela del capitalismo de compinches chavista mientras entrega una posición central a un empresario cuyo nombre quedó asociado precisamente a aquella época.

La estrategia americana parece mucho más inteligente de lo que dicen sus críticos. La arquitectura venezolana, bastante menos.

Tener petróleo debajo de los pies no sirve de nada si no tienes instituciones encima

Si dentro de diez años las grandes petroleras producen millones de barriles bajo reglas estables y un gobierno venezolano elegido democráticamente respeta esos contratos, la operación habrá sido extraordinaria. Si estamos discutiendo en tribunales internacionales si Delcy podía comprometer derechos durante un siglo, habremos aprendido una vez más la vieja lección venezolana: tener petróleo debajo de los pies no sirve de nada si no tienes instituciones encima.

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