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Rusia, amordazada: cuando las barbas de tu vecino veas pelar…

El cierre del Nóvaya Gazeta no es más que una nueva vuelta de tuerca que viene a estrechar el cerco del dictador sobre su pueblo… cuando la campaña de Ucrania, a pesar de la creciente complicidad de un presidente Trump que también está en apuros, parece irremediablemente torcida

Sede de la oficina editorial del diario Nóvaya Gazeta en MoscúAFP

Oculta entre las noticias menos destacadas del pasado viernes en la prensa internacional, el lector curioso podía enterarse del cierre del Nóvaya Gazeta, el último gran superviviente de los medios rusos que se oponían a la dictadura de Putin. Pero… ¿todavía quedan periódicos independientes en Rusia? Por supuesto que no. El diario que ahora desaparece, como tantos otros, había sido prohibido tras la invasión de Ucrania, en 2022. Sin embargo, cuatro años después, seguía publicándose desde Letonia en ruso y en inglés.

Después de sobrevivir a ataques de todo tipo, incluyendo el asesinato de algunos de los periodistas de su plantilla por denunciar a las personas equivocadas —recuerde el lector que los Ábalos y los Puentes que hoy sufrimos en España florecen y se hacen todavía más osados y peligrosos en las cortes de los tiranos— el diario opositor ha tenido que cerrar, víctima de la única institución que parece funcionar en la Rusia de Putin: los servicios secretos. Son ellos quienes pueden jactarse de haber completado con éxito una tarea hercúlea, la de cortar, como si fueran las cabezas de la Hidra de Lerna, todas las vías que, desde la propia Rusia, hacían llegar a la redacción de la Nóvaya Gazeta las donaciones que le permitían pagar sus facturas.

El poder está en el caos

El cierre de los diarios rusos contrarios a Putin, inevitable hito en la transición de la democracia a la dictadura, rara vez es una noticia. Si este caso concreto llegó a interesar a los medios internaciones es solo porque su editor era Dmitri Murátov, premio Nobel de la Paz en 2021 por sus esfuerzos para salvaguardar la libertad de expresión.

Arrimando el ascua a la sardina de la geoestrategia, que después de todo es la mía, permita el lector que reproduzca unas recientes declaraciones que el premio Nobel hizo a la BBC: «Son muchos los dictadores en el planeta que buscan el caos. Emplean el caos para liderar a sus naciones y a sus pueblos y para reforzar sus poderes personales».

Las palabras de Murátov nos recuerdan el papel decisivo del poder personal, a la vez causa y efecto de las guerras del siglo XXI. Ávidos de ese poder, tiranos de todos los pelajes siguen los consejos de Maquiavelo para engañar a sus pueblos y lanzarlos a campañas bélicas, cuanto más sangrientas mejor. Más allá del pretexto elegido para la ocasión —patria o religión, geografía o historia, miedo o venganza— ninguna de estas guerras, que esconden detrás de novedosas tecnologías su rancio sabor renacentista, tiene otro propósito que el de poner cadenas adicionales a los ingenuos pueblos que caen en la trampa.

En pocas guerras se muestra más claramente lo denunciado por el premio Nobel ruso que en la de Ucrania. ¿Cuáles son los intereses nacionales de Rusia? ¿La seguridad, como dice Putin? ¿De verdad tenemos que creer que Kiev tiene los medios o la voluntad de amenazar a la mayor potencia nuclear del planeta?

¿El regreso del Imperio, entonces? Si alcanza la victoria, Putin conseguirá recuperar buena parte de las fronteras de los zares, es verdad. Conseguirá también esclavizar al pueblo ucraniano, arrebatarle sus derechos democráticos y reescribir su historia para obligarle a aplaudir a su nuevo amo. En todas partes, como ve el lector, cuecen habas… y por motivos muy parecidos. Sin embargo, al final del día, el pueblo vencido será esclavo del dictador, no del pueblo ruso, que tendrá que arrimar el hombro a la factura de la reconstrucción.

¿En qué va a mejorar la guerra de Ucrania el bienestar del ciudadano ruso de a pie, que es quien la paga con sus impuestos y, si se tercia, con su sangre? Siempre me ha parecido una curiosa paradoja que el pueblo ucraniano luche para liberarse de sus cadenas mientras el ruso lo haga para reforzar las suyas.

Poniendo las barbas en remojo

«Y todo eso, ¿qué más nos da?» —se preguntará el lector castizo que todavía ve a Rusia como si estuviera en otro planeta. Quién sabe, igual tiene razón. Sin embargo, rara vez está de más reflexionar sobre lo que ocurre en Moscú, si no por miedo a los misiles intercontinentales que Putin blande amenazadoramente sin la menor intención de usarlos, por respeto al viejo refrán que dice que «cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar».

Desde el punto de vista militar, que en los tiempos que corren rara vez es el más importante, los ataques de los servicios secretos rusos a la prensa opositora tienen toda la lógica del mundo cuando, como le ocurre a Putin, uno lucha por su supervivencia. Entre las líneas maestras de nuestros planes de operaciones, los militares de todo el mundo siempre reservamos espacio al campo de batalla de la información, en el que la moral de la población es, invariablemente, uno de los centros de gravedad. Desde esta perspectiva, el cierre del Nóvaya Gazeta no es más que una nueva vuelta de tuerca que viene a estrechar el cerco del dictador sobre su pueblo… cuando la campaña de Ucrania, a pesar de la creciente complicidad de un presidente Trump que también está en apuros, parece irremediablemente torcida.

Si el apoyo de los medios de comunicación es esencial en el mundo militar, en el de la política es todavía más relevante. El propio Trump, tan lejos y, paradójicamente, tan cerca del dictador ruso, también aprovecharía la guerra de Irán para cerrar los medios críticos… si se lo permitiera la Constitución de los EE.UU. Y esto no es una mera hipótesis, producto de la inquina personal. De hecho, el magnate no deja de intentarlo.

Aquí, en España, no tenemos sobre la mesa ningún conflicto bélico declarado —las guerras híbridas no cuentan a estos efectos— pero, por desgracia, entre la invasión de Ceuta, el desastre de los ferrocarriles y las algaradas callejeras, no nos falta nuestra dosis diaria de caos. ¿Corremos el riesgo de que se refleje en nuestra política doméstica la denuncia de Murátov? Juzgue el lector por sí mismo: «Emplean el caos para liderar a sus naciones y a sus pueblos y para reforzar sus poderes personales». Y, si fuera eso lo que está ocurriendo, ¿qué pasa con la prensa? Como botón de muestra, me parece suficiente recordar las presiones del Gobierno sobre la valiente periodista Ketty Garat, que tan bien explica ella en su último libro, y que demuestran que no le faltan al presidente Sánchez deseos de silenciar todas las Nóvaya Gazeta que se le opongan.

Ni España ni los EE.UU. son hoy regímenes dictatoriales. Pero también Rusia era, hace 20 años, una democracia, no mucho más corrupta que la nuestra o la estadounidense. Pongámonos, pues, las pilas ahora que podemos… porque, cuando están en juego nuestras libertades, nunca es demasiado pronto para poner nuestras barbas a remojar.