Donald Trump no era la solución, pero... ¿ahora qué?
Los europeos haríamos mal en interpretar lo ocurrido con un exceso de optimismo, como si los ciudadanos de Texas, California o Nueva York quisieran recuperar las relaciones trasatlánticas de hace cuatro años
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el Despacho Oval con una gorra que pone «Veto»
El mismo pueblo que lo eligió hace dos años –unos con esperanza y otros, como suele ocurrir en estos casos, con resignación y como mal menor– acaba de desautorizar al presidente Donald Trump de la única manera que verdaderamente cuenta: no con acampadas en Sol ni con algaradas de protesta, sino con el voto de cada uno.
El presidente, siempre empeñado en anteponer el relato a la realidad, niega la mayor. Insiste en los medios en que no era su nombre el que estaba en las papeletas. Es probable que alguno de los trumpérrimos españoles, después de haber celebrado la derrota de Pedro Sánchez en las últimas elecciones andaluzas, finja aceptar la explicación de Trump… que esos raros milagros hace la ideología. Sin embargo, en los EE.UU., ni siquiera su vicepresidente se ha creído la explicación del magnate.
J.D. Vance, seguramente el primero en la línea de sucesión del Partido Republicano, ha tratado de asegurar su futuro culpando del desastre a la guerra de Irán, la gran apuesta personal de un Donald Trump hambriento de gloria… y engañado por el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu. Si Vance tiene razón –y, personalmente, no tengo la menor duda–, el error de juicio de su presidente no solo ha venido a arruinar su segundo mandato, sino que comprometerá seriamente las posibilidades de que el Partido Republicano recupere la mayoría en el Senado durante los próximos seis años.
Parece, pues, que la política exterior, rara vez decisiva en los procesos electorales estadounidenses, ha sido la que ha condicionado los resultados de estas elecciones, algo más abultados de lo adelantado por las encuestas. Podrá argumentarse que, en realidad, no ha sido la guerra, sino la inflación acumulada por el fracaso del presidente a la hora de ponerle fin, la que ha provocado el divorcio de Trump con el electorado más moderado. Podrá decirse, en consecuencia, que el verdadero problema no ha sido la contienda en sí –nadie en los EE.UU. apoya al criminal régimen iraní– sino la forma de conducirla. Pero, frente a estos matices, desde luego válidos, lo que seguramente quedará en la historia es que ni siquiera un presidente recién elegido por un amplio margen de votos, con mayorías suficientes en ambas cámaras del Congreso y el viento a favor de la brillante operación militar contra la Venezuela de Nicolás Maduro, puede volver a llevar a los EE.UU. a guerras de elección en el otro extremo del mundo.
La alegría va por barrios
¿Cambiará ahora el papel de Washington en el gran teatro global? Seguramente no. O, al menos, no para mejor. A Donald Trump le gusta tener razón y, de acuerdo con la Constitución de los EE.UU., es el presidente, y no el Congreso, quien controla la política exterior. Aunque la Cámara de Representantes tenga la llave de la caja fuerte, es mucho lo que el magnate puede hacer sin requerir fondos adicionales. Publicar amenazas en Truth Social, por poner un ejemplo, es gratuito. Cabe esperar, pues, más de lo mismo; pero, aunque no tenga demasiados efectos prácticos en el corto plazo, la voz del pueblo estadounidense da y quita razones. Por eso, en el resto del mundo, la pena y la alegría van por barrios.
Fuerte contra los débiles y complaciente con los poderosos, el presidente de los EE.UU. no ha dejado indiferente a nadie. Así, la derrota electoral de Donald Trump es una excelente noticia para Ucrania. No hay razón para echar las campanas al vuelo –como publicó este viernes el Kiev International, la ola azul que inunda los EE.UU. no es azul y amarilla todavía– pero es indudable que Volodimir Zelenski sale fortalecido del envite. Sabe que ya solo tiene que aguantar dos años más para recuperar, si no el apoyo de los tiempos de Joe Biden –que no volverá– al menos la imprescindible sintonía con Washington.
El varapalo a Donald Trump es, en cambio, una pésima noticia para Vladimir Putin, que de verdad confiaba en lo que en Rusia se llamó «espíritu de Anchorage», la alianza nunca declarada con el presidente norteamericano para forzar la rendición de Zelenski. Una buena noticia para el criminal régimen de Teherán pero, por desgracia, mala para millones de iraníes. Y, pensando en la carrera que de verdad importa, la del largo plazo, ¿qué dirá Xi Jinping de todo esto? Imagino que a él, que siempre va a lo suyo, no le importan demasiado los resultados de las recientes elecciones. Invirtiendo el sentido de la conocida reflexión de Deng Xiaping, gato negro o gato blanco, ¿qué más le da a él si ningún presidente norteamericano consigue cazar ratones?
Le perspectiva europea
¿Y para Europa? ¿Es una buena o una mala noticia? En todas las capitales europeas –y en Madrid quizá más que en ninguna otra– habrá quienes hayan descorchado una botella de champán para celebrar el traspié electoral del prepotente norteamericano. Yo, lo reconozco, también lo celebro. Quiero pensar que, más que el Partido Republicano, que ha sido la primera víctima del magnate, lo que ha sido derrotado es el trumpismo, y ya hay suficientes lobos ahí fuera para sumar a la manada de depredadores a nuestro principal aliado. Que Trump pierda algún colmillo antes de la hipotética cumbre de Shenzhen, propuesta por Putin para que Xi Jinping, el presidente norteamericano y él mismo se repartan el mundo –nuestro mundo– en zonas de influencia, es bueno para quienes no tenemos derecho a sentarnos en la mesa… y, por lo tanto, estamos en el menú.
Con todo, los europeos haríamos mal en interpretar lo ocurrido con un exceso de optimismo, como si los ciudadanos de Texas, California o Nueva York quisieran recuperar las relaciones trasatlánticas de hace cuatro años. Trump, recuérdelo el lector, no ha sido castigado por sus promesas aislacionistas, sino por incumplirlas. Los estadounidenses vuelven a rechazar con sus votos su antiguo papel de primo de Zumosol, sin importarles mucho que quien se lo proponga sea el demócrata Joe Biden o el MAGA –un movimiento que es al Partido Republicano lo mismo que el sanchismo a un PSOE que tenía entre sus siglas las de obrero y español– de Donald Trump.
No es el momento, pues, de que Europa se mire el ombligo con autocomplacencia, sino de que se ponga las pilas. Debilitado Donald Trump, necesitada de reconstrucción la imprescindible Alianza Atlántica sobre los cimientos de igualdad que exigen los tiempos, nos toca a nosotros decidir qué hacemos con el programa nuclear de Irán –que dispone de misiles que no alcanzan el territorio de los EE.UU., pero sí el de UE– y con la guerra híbrida que, desde el este y desde el sur, nos hacen Rusia o Marruecos en nuestras fronteras más vulnerables.
La condena verbal, el inútil recurso del débil del que tanto presume nuestro presidente del Gobierno, ya no es suficiente. En realidad, nunca lo fue. No bastaron las declaraciones para derrotar a Hitler, contener a Stalin o, ya que nosotros no participamos en esas tareas históricas, frenar la expansión del Imperio Otomano o expulsar de España a Napoleón. Europa, toda ella junta –no hay otra manera ahora, como no la hubo frente a Hitler o Napoleón– debe responder a los desafíos de seguridad con algo más que con palabras… porque, si no lo hacemos ahora, es probable que no haya otra oportunidad.