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Antonio Ledezma
AnálisisAntonio Ledezma

La Cumbre Iberoamericana

La región necesita una comunidad de naciones que actúe con coherencia. La democracia, los derechos humanos, el desarrollo y la seguridad constituyen compromisos inseparables

Foto de familia de de la XXX Cumbre Iberoamericana

Foto de familia de de la XXX Cumbre IberoamericanaEFE

La Cumbre Iberoamericana celebrada en Madrid representa una ocasión propicia para que los gobiernos de nuestra región se miren en el espejo de sus responsabilidades. Iberoamérica comparte una historia, una lengua y una cultura; comparte también heridas abiertas que reclaman respuestas: el avance del autoritarismo, la persecución política, el deterioro económico, la inseguridad y el drama de millones de familias empujadas al exilio.

En vísperas de la Cumbre tuvo lugar el encuentro «Cuba en el umbral», convocado por la activista Rosa María Payá. Allí confluyeron voces de Europa, Hispanoamérica y Estados Unidos comprometidas con la libertad de Cuba, Nicaragua y Venezuela y con la causa democrática de toda la región. En ese encuentro pude escuchar las reflexiones del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Albert Ramdin, citas que permitieron recordar los cuatro pilares que sostienen la arquitectura hemisférica: democracia, derechos humanos, desarrollo integral y seguridad.

Esos pilares se parecen a las columnas de una casa común. Cuando una de ellas se resquebraja, el techo entero amenaza con venirse abajo. Cuando se derrumba la democracia, la justicia pierde independencia, la economía se vuelve rehén de los privilegiados y la seguridad termina al servicio de quienes usurpan el poder. Cuando se vulneran los derechos humanos, el miedo ocupa el lugar de la ley. Cuando la pobreza se multiplica, el populismo encuentra terreno fértil. Cuando el crimen internacional controla territorios, recursos y fronteras, la soberanía se debilita.

El primer pilar es la democracia. Ella exige elecciones auténticas, separación de poderes, libertad de prensa, alternancia y respeto a la voluntad popular. Iberoamérica ha conocido los estragos del caudillismo y del hiperpresidencialismo. Por eso resulta indispensable defender instituciones capaces de limitar el poder y de garantizar que ningún gobernante convierta al Estado en propiedad personal.

Así lo hicieron saber, en su mensaje a los participantes en la Cumbre Iberoamericana, María Corina Machado y Edmundo González Urrutia: «Como legítimos representantes de la voluntad soberana de todos los venezolanos, condenamos los regímenes que oprimen a Venezuela, Cuba y Nicaragua, y abogamos por hacer de la Cumbre Iberoamericana un espacio de inequívoca defensa y promoción de la libertad, la democracia y los derechos humanos en los veintidós países que integran nuestra Comunidad regional».

Nuestros líderes legítimos trajeron a colación la conclusión de la Secretaría de Estado de Estados Unidos, resaltando lo recientemente indicado: «Inmediatamente después de designarse las nuevas autoridades del Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral –anunciada para fines de 2026– se deberá decretar la falta absoluta del presidente y convocar la realización de elecciones presidenciales en los seis meses siguientes». «Este lapso se acerca a la fecha del 24 de julio, natalicio de nuestro Libertador, propuesta por diversos aliados internacionales y el movimiento ciudadano en Venezuela».

La democracia también debe protegerse de las formas contemporáneas del autoritarismo. Juan José Linz explicó cómo ciertos regímenes conservan una apariencia electoral mientras vacían de contenido a las instituciones. Se tolera un pluralismo limitado, se hostiga a la prensa, se persigue al disidente, se manipulan los tribunales y se utilizan recursos públicos para prolongar artificialmente el poder. Es el autoritarismo competitivo: una democracia de fachada que esconde las garras de la tiranía.

El segundo pilar son los derechos humanos. Este asunto coloca ante la conciencia de Iberoamérica los sufrimientos padecidos por pueblos enteros. Cuba acumula décadas de prisión política, represión y control absoluto sobre la sociedad. Nicaragua ha perseguido a dirigentes políticos, religiosos, periodistas y organizaciones civiles. Venezuela ha vivido el encarcelamiento de civiles y militares, la tortura, la desaparición forzada, la persecución judicial y el destierro de millones de compatriotas.

La soberanía jamás puede utilizarse como escudo para ocultar el atropello. Cada preso político, cada familia dividida por el exilio, cada periodista silenciado y cada ciudadano torturado representa una herida para toda la comunidad democrática de las Américas. Defender los derechos humanos exige denunciar, acompañar a las víctimas, activar los mecanismos internacionales de protección y exigir responsabilidades a quienes cometen esos crímenes.

El tercer pilar es el desarrollo integral. La libertad necesita ciudadanos con oportunidades para educarse, trabajar, emprender y construir una vida digna. Venezuela ofrece una dolorosa lección: un país poseedor de inmensas riquezas naturales puede caer en la pobreza cuando la corrupción, el despilfarro y la destrucción institucional sustituyen la producción y el trabajo.

La recuperación social demanda escuelas abiertas y dignas, maestros reconocidos, hospitales abastecidos, agua potable, electricidad confiable, salarios suficientes y políticas que acompañen a la familia. El desarrollo debe medirse en la calidad de vida de la gente: en el niño que aprende a leer, en el paciente que recibe atención oportuna, en el joven que consigue empleo, en el adulto mayor que vive con dignidad.

El cuarto pilar es la seguridad. Ningún país puede prosperar mientras el narcotráfico, las bandas internacionales, el terrorismo, la minería ilegal y el lavado de dinero se adueñan de espacios que pertenecen a la nación. La seguridad ciudadana requiere cooperación entre los Estados, inteligencia compartida, jueces independientes, policías profesionales y una determinación firme para perseguir a quienes destruyen la paz de nuestras comunidades.

Venezuela debe recuperar el control de sus fronteras, de sus puertos, de sus ríos y de sus recursos naturales. El Arco Minero constituye una prueba dramática de esa urgencia: el oro, el agua y la biodiversidad han sido sometidos a la voracidad de redes ilegales que amenazan a comunidades indígenas, contaminan ríos y corrompen instituciones. Esa herida ambiental también forma parte de la tragedia nacional. La Cumbre de Madrid fue una oportunidad para que Iberoamérica recupere su voz moral.

Una voz que acompañe a los pueblos sometidos por dictaduras; que respalde elecciones libres; que defienda la libertad de expresión; que promueva la prosperidad y que enfrente con determinación a las organizaciones criminales. Iberoamérica necesita una comunidad de naciones que actúe con coherencia. La democracia, los derechos humanos, el desarrollo y la seguridad constituyen compromisos inseparables. Allí reside el verdadero sentido de una cumbre: sentar las bases de una región donde ningún pueblo tenga que escoger entre el miedo y el exilio.

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