Trump no se modera: se compra un trabuco
Stephen Miller es lealtad y el radicalismo en estado puro. Con 41 años, es el fontanero que no duerme. Leal hasta la médula, ha convertido la lealtad en método de trabajo
El presidente estadounidense Donald Trump
El martes, los republicanos tuvieron un auténtico Armagedón. El viernes, Donald Trump respondió comprándose un trabuco. Nombró a Stephen Miller jefe de Gabinete en sustitución de Susie Wiles. No es un simple ajuste de personal. Es un mensaje en tres actos: no habrá moderación, habrá más poder concentrado en la Casa Blanca y una actitud abiertamente belicosa frente al Congreso demócrata que llega en enero.
Miller, que acompaña a Trump desde 2015, es el arquitecto y ejecutor de la política migratoria más dura de su segundo mandato. El mismo que fijó metas de detenciones diarias que desbordaron al ICE y convirtió la aplicación de la ley en una campaña visible, urbana y, para muchos votantes, excesiva. Los resultados del martes lo muestran con claridad: en Texas, Kansas o Carolina del Sur el giro del electorado hispano fue total.
Wiles había sido la operadora más eficaz del entorno trumpista desde la campaña de 2024. La primera mujer en el cargo. Era la adulta en la habitación. Su salida, apenas tres días después de la derrota, y su traslado a la «operación política» de Trump, confirman lo que se venia filtrando desde la Casa Blanca: el presidente la culpa del desastre.
Miller, por el contrario, es lealtad y el radicalismo en estado puro. Con 41 años, es el fontanero que no duerme. Leal hasta la médula, ha convertido la lealtad en método de trabajo. Ha ampliado su influencia más allá de la inmigración hacia la seguridad nacional y el uso agresivo del poder ejecutivo. Con un Congreso demócrata a partir de enero, su elevación señala que la estrategia será gobernar por decreto, resistir las investigaciones del nuevo Congreso, no ceder terreno e intentar mantener intacta la agenda del presidente. Será el escudo y la espada. También quien decida qué tuberías se cortan y cuáles se dejan abiertas.
Hay una lógica interna. Trump no es un político que busque el centro. Gobierna para su base y asume que, cuando pierde el legislativo, el ejecutivo se convierte en su principal instrumento. Le va la tensión. Aquí lo llaman la presidencia imperial. En España el equivalente sería gobernar por decreto. Trump cree que, siguiendo esa línea, podrá defenderse de los ataques demócratas y dejar un legado.
El problema es el coste. La derrota del martes no fue solo por la inmigración o por la guerra de Irán. También refleja la percepción de que el poder federal se había vuelto arbitrario y desproporcionado. Las mayorías amplias se construyen con coaliciones, no con pureza ideológica. Cuando se confunde la defensa de las fronteras y el Estado de derecho con la exhibición constante de fuerza y opulencia, se pierde a quienes valoran el orden, pero rechazan el espectáculo. Los demócratas acaban de conquistar escaños que llevaban décadas en manos republicanas. Repetir la misma fórmula es ceguera electoral.
El futuro de Rubio y de Vance
Aquí entra Marco Rubio. Es secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional. Ha trabajado de cerca con Miller en Venezuela –la captura de Nicolás Maduro en enero y la transición posterior– y mantiene una línea dura hacia Cuba. Sus padres son cubanos. Para él, acabar con el régimen de La Habana no es un asunto de política exterior más. Es personal. En octubre instó públicamente a los cubanos a contactar de forma discreta con la CIA. Ha cortado el suministro petrolero venezolano y ha advertido que el régimen aprenderá «por las malas» si no cambia. No querrá irse de la Administración mientras queden pendientes Venezuela y, sobre todo, Cuba.
Acaba de decir al New York Times que permanecer hasta el final del mandato «siempre ha sido mi plan» y que no hablará más de 2028. El día del nombramiento de Miller felicitó a Wiles y dijo que espera seguir trabajando con el nuevo jefe de Gabinete.
Eso es coherente a corto plazo. También puede ser insuficiente a medio. Si Rubio aspira a ser el candidato republicano en 2028, tendrá que separarse, en algún momento, del ala más radical de MAGA. No porque deba convertirse en un moderado, sino porque las primarias y las generales tienen electorados distintos. El núcleo duro que premia la pureza en las primarias no basta para ganar un país. ¡Que se lo digan a Hillary!
Los votantes que abandonaron a los republicanos el martes –hispanos, suburbanos e independientes– no van a regresar porque el nuevo candidato proclame que es «más trumpista que Trump». Necesitan señales de que el gobierno limitado, la previsibilidad jurídica y una coalición amplia siguen siendo posibles. Pero esas mismas cualidades pueden condenarlo en las primarias, que siempre premian posiciones más radicales.
Rubio tiene ventajas reales. Conoce el aparato, ha demostrado disciplina y tiene un relato de origen que conecta con el electorado hispano o, en general, inmigrante. Pero esas ventajas se erosionan si queda asociado, durante demasiado tiempo, a una Casa Blanca que responde a una derrota electoral redoblando la apuesta en las políticas que contribuyeron a ella.
La pelea real de Rubio no es con Miller. Es con J.D. Vance. El vicepresidente es MAGA de raza pura: aislacionista, proteccionista y con la convicción de que el mundo exterior es, sobre todo, un coste. Se ha comido los sapos de Irán y de Ucrania. Rubio, en cambio, se ha mantenido lo bastante lejos de ambos como para no oler a ellos. Esa distancia es su ventaja y su condena.
La lealtad es una virtud. En su versión ciega, es un riesgo. Los presidentes en fase de «pato cojo» suelen arrastrar a quienes les rodean. Los que quieren sucederlos suelen empezar a marcar distancia cuando todavía tienen margen. Vance es un producto de Trump. No puede separarse sin arriesgarse a quedar desdibujado, salvo que redoble la apuesta aislacionista. Rubio, en cambio, si puede hacerlo. Pero la cuerda floja sobre la que tendrá que transitar los próximos dos años no se la deseo ni a Conde-Pumpido.
Vance es un producto de Trump. No puede separarse sin arriesgarse a quedar desdibujado
El dilema de Rubio es práctico. Venezuela sigue inestable. Cuba sigue siendo el último bastión del comunismo en el hemisferio y un punto de presión geopolítica real. Abandonar esos expedientes a mitad de camino sería un fracaso personal y político. Al mismo tiempo, permanecer como el fiel ejecutor de una línea que el electorado acaba de rechazar complica cualquier narrativa de liderazgo nacional en 2028. La solución no puede ser una ruptura dramática. Tiene que ser una salida gradual. Priorizar resultados verificables en el exterior –estabilización real en Venezuela, presión efectiva y no solo retórica sobre Cuba– mientras se reduce la identificación pública con las medidas internas más polémicas. Eso requiere distanciarse de Miller sin hostilidades abiertas.
La lectura de las 'midterms' y la meta de 2028
Contrariamente a lo que se dice en la prensa, personalmente creo que la derrota de Trump no se explica por la guerra de Irán ni por el cierre de la frontera. La guerra, con un coste de 50.000 millones en diez meses (menos del valor del material que se dejó Joe Biden en Afganistán en su vergonzosa retirada) y menos de quince muertos, no mueve un voto. El precio de la gasolina sí. La asequibilidad ha sido el eje sobre el que ha pivotado el electorado.
Pero la asequibilidad es un término subjetivo. Nadie se acuerda de que Biden es el responsable de la mayoría de los precios que ven en el súper. La gasolina, de hecho, está más barata que cuando llegó el monstruo naranja. Pero si yo no llego a fin de mes, todo eso me da igual. Y si encima tengo a un presidente que se pasa el día hablando de las columnas jónicas del nuevo salón de baile, y a su familia forrándose gracias a su posición, puede incluso que me enfade y no le vote.
El ejercicio de un poder ejecutivo sin límites claros, aunque lo ejerza un presidente con cuyos objetivos se coincide, termina erosionando las mayorías. Aliena. Los demócratas acaban de demostrar que saben explotar esa alienación. Si la respuesta republicana es concentrar aún más poder en las figuras más ideológicas y redoblar la apuesta con las políticas más controvertidas, la próxima elección no será más fácil para los republicanos.
Es una decisión sorprendente. Sobre todo, considerando que la mayoría de las políticas aplicadas a nivel social y cultural (combatir el DEI, desmontar el wokismo, poner el foco en las universidades ideológicamente capturadas, etc.) se están ganando por goleada. Es posible ganar esas batallas y, al mismo tiempo, perder la colación que permite gobernar.
Pero Trump ha elegido. Miller será jefe de Gabinete el lunes. Rubio ha elegido, de momento, quedarse. El tiempo dirá si esa permanencia es el precio necesario para cerrar Cuba y Venezuela o el ancla que le impide convertirse en algo más que el secretario de Estado de un presidente mercurial. Las coaliciones se ensanchan o se estrechan. El martes se estrecharon. El viernes Trump decidió que no le importa. Quien aspire a la candidatura de 2028 tendrá que decidir si está de acuerdo y hasta dónde –y cuándo–. Vance no tiene margen. Rubio, de momento, sí.