Norman Tebbit
El barón Tebbit (1933-2025)
Pilar de la era Thatcher
Prototipo del conservador de orígenes humildes, víctima del terrorismo del IRA, debilitó con una ley a los todopoderosos sindicatos y siempre gozó de la confianza de la Dama de Hierro.
Cuando mi padre se quedó sin trabajo «no se amotinó. Se subió a su bici y buscó trabajo, y siguió buscando hasta que lo encontró». Esta frase pronunciada por Norman Tebbit, a la sazón ministro de Empleo del Gobierno de Margaret Thatcher, poco antes de empezar a tramitar una ley que puso fin a muchos privilegios sindicales –y que fue aprobada en medio de una fuerte oposición– le define plenamente como el prototipo de conservador de origen humilde, desconfiado del tradicional paternalismo de la izquierda y de sus soluciones intervencionistas.
Norman Beresford Tebbit
Político conservador
Autodidacta, ingresó a los 15 años en el Partido Conservador, y al año siguiente fue chico de los recados en 'The Financial Times'. Después, hizo su servicio militar en la Real Fuerza Aérea, desde donde inició una carrera como piloto civil de línea en la Boac, antecesora de la British Airways. Entre 1970 y 1992 fue diputado, ocupando diversas carteras ministeriales entre 1981 y 1987.
Tebbit había sido nombrado para el cargo a principios de 1981, cuando el desempleo alcanzaba su nivel más alto y Thatcher su cota de popularidad más baja. Mas no era hombre de arredrarse. Por eso siguió adelante con una ley que, por ejemplo, redujo la protección legal de los fondos sindicales durante las huelgas; esta reforma desembocó, sin ir más lejos, en el embargo de los activos del Sindicato Nacional de Mineros durante la dura huelga que impulsaron en 1984 y 1985.
La habilidad del ministro consistió en detectar un punto de inflexión sociológica: los sindicatos, también mermados por el aumento del desempleo, no tenían otra alternativa que ofrecer. Una vez la norma entró en vigor, la Dama de Hierro nombró, en 1983, a su fiel aliado titular de la cartera de Comercio e Industria, desde la cual, fiel a sí mismo, prosiguió sin que le temblase la mano la campaña de privatizaciones de empresas públicas, empezando por British Telecom.
Su carrera política iba viento en popa hasta que la tragedia la truncó: el 12 de octubre una bomba colocada por terroristas del Ejército Republicano Irlandés en el Gran Hotel de Brighton, donde el Partido Conservador celebraba su conferencia anual, hirió gravemente a Tebbit –que se recuperó– y dejó paralítica a su mujer Margaret. El nivel de atenciones requerido por la nueva situación de esta última obligó al ministro –hasta el final de la vida de su mujer se despertaba dos veces cada noche para cambiarla de posición– a renunciar a puestos de responsabilidad, replegándose en la Cancillería del Ducado de Lancaster, una cartera menos exigente.
Sin embargo, la Dama de Hierro le encomendó la preparación de las generales de 1987, culminadas con otra importante mayoría absoluta. La estrategia de Tebbit fue la acertada. Con todo, se marchó para siempre del Gobierno y no volvió a presentarse a los comicios siguientes, los de 1992. Desde entonces, Tebbit se pasó a la empresa privada –en parte para financiar los gastos generados por el estado de su mujer–, ingresó en la Cámara de los Lores y ejerció de columnista en The Daily Telegraph, trasladando su garra desde el Parlamento al papel impreso, primero, y a la web después. Y sin cambiar de opinión en lo sustancial: euroescepticismo sin tapujos, recelo hacia la inmigración, fe en el mercado y cierta agresividad hacia España a cuenta del asunto de Gibraltar, llegando a sugerir una acción militar en el Estrecho.