19 de octubre de 2021

Alfonso Ussía
Cosas que pasanAlfonso Ussía

El bebé exigente

Pablo Iglesias es el político convertido en predicador de bobadas y luz de la castidad. De macho alfa de Podemos ha pasado a ser –son sus palabras–, un monje de clausura. Eso sí, un monje con larga experiencia clausural en las clausuras de Tania Sánchez, Dina, Irene Montero y Lilith Verstrynge

Churchill dijo de Chamberlain que como político no valía, y que su principal virtud era que sabía algunos hechos y detalles que los demás ignoraban. Para mí, que nuestro Chamberlain es Pablo Iglesias, el político convertido en predicador de bobadas y luz de la castidad. De macho alfa de Podemos ha pasado a ser –son sus palabras–, un monje de clausura. Eso sí, un monje con larga experiencia clausural en las clausuras de Tania Sánchez, Dina, Irene Montero y Lilith Verstrynge, por no seguir, todas ellas clausuras muy cálidas y presumiblemente agradables, si bien la última, bastante sosa.
Porque Iglesias nos ha revelado un secreto que ignoraban todos los españoles. Que el Rey Felipe VI eligió su nombre a los pocos días de nacer. 
–Papá, mamá, llamadme Felipe, para fastidiar a los catalanes. 
Un bebé demasiado exigente. Y por lógica, sus padres, los Reyes Juan Carlos y Sofía, para fastidiar a los catalanes le hicieron caso. 
–Felipe VI, con la cantidad de nombres que hay para elegir, opta por llamarse Felipe como Felipe V, para humillar a los catalanes –se lamentaba Iglesias en una de sus más recientes prédicas como monje de clausura y colaborador del conde de Godó, en cuyos brazos se encontrará con su amigo Iván Redondo, el antaño calvoroto–. Para Iglesias, el bebé impertinente ordenó a sus padres, teniendo como única testigo a la comadrona, ser bautizado como Felipe para chinchar a los separatistas de Cataluña. Felipe V, primer Rey de la dinastía borbónica, no luchó contra separatista alguno. Ni los venció. Sus adversarios en la Guerra de Sucesión eran unos españoles partidarios de coronar al Archiduque Carlos. En uno de los buques de guerra de Felipe V que asediaron Barcelona, fue mutilado por tercera vez Blas de Lezo. Terminada la contienda, el dirigente del bando del Archiduque, aquel gran español e ilustre abogado Rafael Casanova, fue respetado y se le permitió ejercer su profesión con plena libertad. Casanova se sentía más español que un cuplé de Concha Piquer y un retrato de Moreno de Torres. Además, es posible que Felipe VI, cuando exigió a sus padres un par de días después de su nacimiento ser bautizado como Felipe, podría haber pensado en otros antepasados. Felipe II, que engrandeció a España y los españoles. Rey de la mitad del mundo. O Felipe IV, políticamente constreñido por el inteligente cabronazo del Conde-Duque de Olivares, pero el más importante Rey de la Historia de España en los ámbitos artísticos y culturales. El Rey de los Siglos de Oro de la Pintura y la Literatura, el Rey cazador inmortalizado por Velázquez en los montes del Pardo con el azul Guadarrama en el horizonte. Y Lope, Cervantes, Quevedo, Góngora, Argensola, El Greco, Tirso de Molina… Por otra parte, Felipe V fue un Rey notable, y también apasionado de la Cultura. Quizá, es probable, que a Pablo Iglesias y sus amigos separatistas catalanes y terroristas de la ETA, no les convenza que fuera Felipe V, lógicamente afrancesado, el impulsor de la creación de la Real Academia Española, la que pule, abrillanta y da esplendor al idioma que hablan en el mundo más de 700.000.000 de seres humanos, algunos más que el catalán y el vascuence.
De cualquier manera, y fuera el Felipe que fuera el que le impulsó a Felipe VI ordenar a sus padres ser llamado como tal, mientras la comadrona y una enfermera le cambiaban los pañales de popó y pipí, su actitud imperativa para con sus hacedores es digna de amonestación. Un recién nacido, un bebé, no puede subirse a la parra con esa impertinente exigencia. Ahora se entienden sus palabras y el puñetazo en la mesa que destruyeron, en pocos minutos, todas las mentiras y chorradas de la «república» y el proceso independentista. Los niños al nacer, y más aún si el recién nacido está destinado a ser en el futuro Rey de España, tienen que mostrarse más proclives a la prudencia que a la exigencia. Ahí tienen a Pablo Iglesias, que no exigió a sus padres llamarse Pablo, cuando su ilusión de bebé –feísimo, por cierto–, era recibir el nombre de Hugo, no en homenaje a Hugo Carlos de Borbón Parma, sino a Hugo Chávez, su financiero particular.
En fin, que se entera uno de cada cosa que hasta a Simancas se le ponen los pelos en punta.

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