28 de octubre de 2021

Ramón Pérez-Maura
HorizonteRamón Pérez-Maura

Esta España de transexuales y rastas

Montero ha escogido acudir con la bandera de una minoría por la que no se sienten representados ni siquiera muchos de los que tienen esa condición sexual. Mientras que todos los transexuales españoles están necesariamente representados por la bandera constitucional española

La degradación de España se pone especialmente de manifiesto con la actuación de algunos miembros del socio minoritario de la coalición que nos gobierna. Estamos en manos de gente así. El pasado martes, la ministra de «Igual da», Irene Montero, acudía al desfile del día de la Fiesta Nacional con una mascarilla en la que portaba una bandera que ha resultado ser la de los transexuales –de cuya existencia no tenía yo noticia–. Deduzco que va a hacer falta una nueva enciclopedia de banderas. Yo atesoro un libro inglés del siglo XIX con las banderas del mundo entero. Son muchísimas las que han desaparecido, especialmente todas las imperiales menos la del Imperio del Japón –que ya no es tampoco la misma de entonces–. Pero los que hacían esas enciclopedias nunca encontraban colectividades que no formasen un país o territorio autónomo y que ameritasen tener banderas propias.
Yo confieso que sí pertenezco a tres colectividades con bandera propia: el Real Club Marítimo de Santander, el Real Golf de Pedreña y la Real Sociedad de Tenis de La Magdalena. Pero me parece a mí que Irene Montero no va a ser partidaria de ninguna de esas colectividades. Y a mí no me hubiera parecido bien que una ministra del Reino de España –por más que le desagrade serlo– fuese a la Presidencia del desfile de la Fiesta Nacional con la mascarilla de la bandera del Marítimo de Santander, que, entre otros, fundó mi abuelo, o del Golf de Pedreña que preside un primo mío. Me indignaría.
La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante la recepción ofrecida por los Reyes en el Palacio Real con motivo de la Fiesta Nacional del 12 de Octubre

La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante la recepción ofrecida por los Reyes en el Palacio Real con motivo de la Fiesta Nacional del 12 de OctubreEFE/ Mariscal

Montero ha escogido acudir con la bandera de una minoría por la que no se sienten representados ni siquiera muchos de los que tienen esa condición sexual. Mientras que todos los transexuales españoles están necesariamente representados por la bandera constitucional española. La ministra escogió libremente insultarnos a todos portando una bandera que no nos representa. Es increíble cómo claman contra el uso de la bandera del Águila de San Juan –que efectivamente no es la bandera oficial de España– pero aceptan sin chistar, incluso encantados, que las tropas de los tres ejércitos desfilen ante una banderita que dice ser la del colectivo transexual, portada por un miembro del Gobierno.
Y el otro miembro de Podemos que se está luciendo en las últimas horas es el condenado Alberto Rodríguez, el del pelo rasta que agredió a un policía y ha sido condenado por ello en sentencia firme por el Supremo. Pero peor aún está siendo la actuación de la presidenta de las Cortes, Meritxell Batet, que cae en todas las trampas que le tiende con habilidad estratégica la secretaria general del grupo de Vox en el Congreso, Macarena Olona. Podemos tiene un diputado condenado por un delito de agresión a un agente de la autoridad. Y a las personas como él, en castellano, se las llama delincuentes. Punto. Pero en este movimiento arrollador de la corrección política, se quiere imponer una forma más de la misma de manera que a un diputado con sentencia firme no se le pueda describir como lo que es: un delincuente. Y de que ya debiera estar en su casa, suspendido en su condición de parlamentario, ni hablemos.
Eso sí, el grupo de la vicepresidenta comunista del Gobierno de España puede llamar fascistas a quien ellos consideran que es un fascista aunque no exista el más mínimo indicio de ello. Pero a un delincuente condenado en sentencia firme del Supremo no se le puede describir como lo que es. Así está la libertad de expresión no ya en las calles de España, sino en el Congreso de los Diputados, donde la libertad de expresión debería ser sagrada. Y el respeto, también. Obviamente Batet ha hecho que dejen de serlo.

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