28 de mayo de 2022

Cosas que pasanAlfonso Ussía

Wilson y la bella dama

Era un notable dipsómano. Le encantaban los martini, y durante el vuelo de Londres a Caracas se metió en el coleto seis martinis secos

Me van a permitir los lectores de El Debate una buena acción. Me siento harto de escribir de la política en España y de los muchos mamarrachos que nos gobiernan. Y me he propuesto redactar los domingos, día de descanso, un artículo que resulte divertido, narrando hechos verídicos que pueden antojarse irreales para los que no conciben que en la alta política también se mete el remo hasta la empuñadura. Y hoy abrimos esta sección de situaciones inverosímiles con el primer ministro de Su Majestad Británica, Sir Harold Wilson, y la bella dama de Caracas.
Harold Wilson fue primer ministro en dos períodos. Laborista de muy buena familia, como en España Nicolás Sartorius. James Harold Wilson, barón de Wilson de Rievaulx, primer ministro desde 1964 a 1970, y de 1974 a 1976. El sucedido acaeció en 1975. Viajó a Caracas para formalizar un contrato de suministro de petróleo con el Presidente de la República de Venezuela, que en aquel año era Carlos Andrés Pérez. Lo hizo en un avión de la British Airways, en el reservado de primera clase de un Boeing 747, el famoso «Jumbo».
Wilson era un notable dipsómano. Le encantaban los martini, y durante el vuelo de Londres a Caracas se metió en el coleto seis martinis secos. Cuando su avión aterrizó en el aeropuerto de Maiquetía, junto a La Guaira, Wilson estaba más que alegre. Estaba como una cuba, con un pedal de órdago a la grande. El embajador del Reino Unido en Caracas le recibió a pie del avión: 
–Señor Wilson, vamos con el tiempo justo. A las ocho de la tarde estamos citados en el Palacio de Miraflores, donde el Presidente de Venezuela ha organizado una cena-baile en su honor. 
En la embajada, Wilson, después de un agradable baño, se tomó el séptimo martini de la jornada. Se vistió con el smoking protocolario, y partió junto al embajador camino del palacio presidencial.
Conviene recordar que James Harold Wilson era un gran mujeriego. Los varones con excesivos ímpetus primaverales pertenecen a dos especies diferentes. Los que se activan aún más con el alcohol y los que se deprimen cuando han bebido más de la cuenta. Wilson pertenecía a la primera especie. Siete martinis le habían convertido en un jaguar de la selva del Orinoco. Y llegaron a Miraflores, con unos minutos de retraso.
En el jardín se desarrollaba la fiesta. Se dirigía hacia el lugar donde le aguardaba Carlos Andrés Pérez cuando la orquesta interpretó una pieza trepidante. Y Wilson quedó encandilado con el trasero de una mujer vestida de rojo carmesí. Chapurreaba el español, y dejando en segundo lugar su obligación de saludar al Presidente de Venezuela, inició los trámites de seducción a la mujer de rojo con deseable culo. Con siete martinis, toda empresa amorosa tiene esperanzas de culminación. Ella de espaldas y Wilson acercándose por retaguardia. Y el diálogo fue como sigue:
–Bella dama de rojo, ¿me concede este vals?
La bella dama de rojo se mantuvo firme, serena y un tanto enfadada. No se dignó a mirar al seductor inesperado. Y con la voz segura, contenida y educada que toda bella dama de rojo con buen culo debe emitir sin escándalo ante propuestas de los seductores impertinentes, respondió:
–No le concedo este vals por tres motivos. Primero, porque me conozco y no me considero una bella dama. En segundo lugar, porque lo que interpreta la orquesta no es un vals, sino el Himno Nacional de Venezuela. Y tercero, porque soy el Arzobispo de Caracas.
Y volvió a Londres con el contrato firmado.
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