28 de noviembre de 2022

Desde la almenaAna Samboal

Víctimas del rayo de Zeus

Lo que es de aurora boreal es el enredo que han organizado en el mercado energético. El tiempo dirá la partida de ajedrez que están jugando los gobiernos europeos, pero no pinta bien para nuestros intereses

Hace unos días, presumía el ministro de Economía francés ante sus conciudadanos de que la factura de la luz en su país, habiéndose encarecido de forma extraordinaria, sólo lo había hecho en un 4 por ciento, mientras que, en Reino Unido o España, los sufridos consumidores estaban pagando entre un 60 y un 80 por ciento más. Y, sin embargo, no hay más que observar los precios en los mercados mayoristas de electricidad de toda Europa para confirmar que la excepción ibérica ha resultado efectiva a la hora de contener la escalada de los costes. Mientras que en Francia, el kilovatio ha alcanzado los 1.000 euros, aquí ronda los 400. De modo que, dando por hecho que Le Maire dice la verdad, sólo caben dos posibles conclusiones: o nos ha caído una maldición bíblica o hay algo que estamos haciendo rematadamente mal.
Otro tanto puede decirse del empleo. En el mejor de los escenarios, justo antes de que estallara la burbuja inmobiliaria, en el segundo trimestre de 2007, con la economía desbocada, la tasa de paro se quedó en el 7’93 por ciento. Sin embargo, en otros países de nuestro entorno, el denominado paro friccional, el que se explica por el deseo de las personas de cambiar de empleo en un mercado laboral pujante, está por debajo del 4 por ciento. ¿Por qué esa cifra es para nosotros casi una utopía? ¿Es que estamos gafados los españoles? ¿Es que sólo nos queda lamentarnos?
No hay razones objetivas que expliquen ese diferencial con el resto de economías avanzadas. Nuestra mala fortuna es otra: que los que nos gobiernan anteponen intereses particulares a los de la mayoría. Prefieren pagar un dineral en prestaciones a los desempleados, creando de paso redes de voto cautivo, y hacer la vista gorda ante la economía sumergida, antes que contrariar a unos representantes sindicales que pueden hacer mucho ruido en la televisión asustando al que tiene una nómina con el lobo de la indemnización por despido.
Pero lo que es de aurora boreal es el enredo que han organizado en el mercado energético. El tiempo dirá la partida de ajedrez que están jugando los gobiernos europeos, pero no pinta bien para nuestros intereses. Roma y París cortejan a Argel sin disimulo, mientras España, que tenía el suministro asegurado desde allí a través de dos gasoductos, se ha cerrado uno y medio por no saber mantener el debido equilibrio entre los intereses de Argelia y Marruecos en la cuestión del Sáhara, como han hecho, desde la Marcha Verde, todos los gobiernos. Aspirábamos a convertirnos en el distribuidor de energía de Europa y ahora tenemos que encomendarnos al canciller alemán para que nos saque las castañas del fuego, mientras subvencionamos la energía a los franceses hasta que se recuperen de la parada de sus nucleares.
Entretanto, el resignado consumidor español desembolsará por la luz, gracias al tope del gas, «sólo» el doble o el triple que hace un año. Con dos recargos adicionales. Uno, para compensar a las empresas que lo importan, aunque no sabemos al precio que lo hacen, a pesar de que lo negocia el gobierno. El otro, para financiar el bono social con el que Teresa Ribera asiste a los que no les llega ni para pagar la factura. Siempre podrá culpar de la torpeza supina con la que ha gestionado esta crisis al manido cambio climático, al que también han endilgado la responsabilidad de los incendios. Un día de estos, como los antiguos griegos, nos contarán llorosos que hemos sido víctimas del rayo de Zeus. Y lo peor es que algunos estarán dispuestos a creérselo.
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