Ayuso y la tentación lendakari
No tiene sentido que Madrid declare tres días de luto por Isabel II, hay asuntos que deben ser estatales, no regionales
Isabel Natividad Díaz Ayuso, madrileña de Chamberí de 43 años y licenciada en Periodismo, posee notables virtudes políticas. Tal vez la más destacable sea que se trata de la dirigente de su partido que con más arrojo y claridad da la batalla ideológica contra el autodenominado «progresismo», que aspira a convertirse en la única ideología aceptable. Aunque ella misma parece ya contagiada por aquello que combate, dado su decepcionante apoyo a la reforma de Irene Montero para que las niñas de 16 años aborten sin permiso paterno.
Con su credo liberal, que escasea en España, y su carisma personal, que alcanza niveles de estrella del reguetón cuando se pasea por cualquier calle, Ayuso devolvió la esperanza a un PP entonces alicaído mediante su gran victoria autonómica. También se distinguió durante la pandemia por el buen criterio con el que marcó pautas que el propio Gobierno acabó aceptando, a pesar de que entabló una dura guerrita sectaria contra ella.
Por último, Ayuso acabó prestando de rebote un servicio inesperado a España. Y es que su sonada tangana con Casado propició un relevo en la cúpula del PP, que ha hecho más factible cumplir con uno de los mayores apremios de la nación: derrotar a Sánchez en las urnas para librar al país de su Frente Popular con Podemos, ERC y Bildu.
Pero los seres humanos somos siempre falibles, y Ayuso no va a ser la excepción. Tal vez espoleada por su indudable éxito, por su excepcional gancho entre el público, cunde la sensación de que la presidenta de Madrid está forzando demasiado la máquina del marketing. A muchos políticos les ocurre aquello que advertía la vieja tonada: quieren ser «la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el entierro». Es decir: chupar foco por todo. Y algo de eso está pasando con ella. Es anecdótico, pero sintomático, que nada más conocerse la muerte de la magnífica Reina de Inglaterra, la Comunidad de Madrid se aprestase a declarar tres días de luto oficial. Una reacción así debe corresponder al Gobierno de la nación, no a las taifas autonómicas. De hecho nuestras vecinas Portugal y Francia, y también Alemania, declararon el luto. No así nuestro Sánchez, por supuesto, pues sabido es que el único rey que merece respeto es aquel que mora en la Moncloa. En su día, Mi Persona se resistió también a un luto nacional por las víctimas de la pandemia, no fuese a apolillar su imagen.
Vista la declaración de Ayuso, a su colega Bonilla le ha faltado tiempo para hacer lo propio en Andalucía. Recuerda todo esto un poco los forzados discursos navideños de los presidentes regionales, que con un puntillo ridículo hablan como si cada uno de ellos estuviese dirigiéndose a la nación desde su particular Buckingham local.
Ayuso no debería sucumbir a la atracción magnética de la hiperfama y cultivarla a la que salta. Su mejor aval para las elecciones de 2023 será que Madrid continúe con su impresionante tirón, mejorar los servicios públicos de la comunidad e idear nuevas propuestas. Para notas ombliguistas, los españoles ya vamos servidos con los lendakaris y los presidents y su insufrible victimismo.
Me gusta Ayuso. Pero me gusta más intentar contar la verdad.