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15 de junio de 2024

Vidas ejemplaresLuis Ventoso

La última lección de Isabel II

Sentido del deber, discreción, respeto a las instituciones y evitar toda ocasión de equivocarse. Parece fácil, pero es muy difícil

Actualizada 14:00

Se ha ido la magnífica Isabel II, allá en su latifundio escocés de Balmoral, de 20.000 hectáreas, propiedad de su familia desde los días de la Reina Victoria. Su larguísima labor de 70 años en el trono deja sus lecciones. Algunas incluso le sentarían muy bien a nuestros políticos, que tantas veces corren como pollos descabezados tras la taquicardia de las encuestas y la última fruslería en las redes sociales, dirigentes que manosean las instituciones y fabulan con que la historia empezó cuando ellos aparecieron en escena.

El laborismo inglés más esquinado solía achacarle a la Reina el tópico de «no hace nada». En realidad, el reproche puede ser un elogio, sobre todo hablando de una monarquía parlamentaria, donde el titular del trono está atado por el deber de neutralidad política. Isabel II logró una auténtica proeza política: llenar de contenido una institución con cada vez menos atribuciones. Lo hizo a través de su buen ejemplo, respetando la historia y no exponiéndose gratuitamente. Fue una maestra en el muy difícil arte de no meter la zueca y no dejarse tentar por el narcisismo de la palabrería ante las cámaras. Entendió que la monarquía es historia, ejemplo, protocolo y respeto a lo heredado, que no consiste en un concurso estético.

No era una intelectual (su lectura favorita era un periódico hípico con el que desayunaba, muy especialmente cuando recogía triunfos de su cuadra de caballos). Pero sí era lo que nuestros abuelos llamarían «una persona seria», expresión que hubo un tiempo que lo decía todo por sí misma. La anclaba además la certidumbre de una honda fe cristiana, que sin duda le otorgó una brújula y le proporcionó consuelo en sus disgustos (paradójicamente, los más graves de ellos provocados por sus seres más queridos, sus propios familiares, empezando por sus hijos y sus parejas).

Isabel II despide la época de la Inglaterra del «labio superior rígido». La del estoicismo callado y la contención emocional, que quedó liquidada con el desparrame sentimental ante la muerte de la sobrevaloradísima Diana. Su hijo Carlos será el rey académicamente más preparado de la historia de la monarquía británica. Pero es ya de otra pasta y en el pasado ha patinado por inmiscuirse con sus criterios particulares en la labor del Ejecutivo.

Isabel II quiso morir con las botas puestas, cumplir con su deber hasta el último soplo de vida. Lo logró. Solo dos días antes de fallecer le encargó formar gobierno a su nueva primera ministra, Liz Truss. ¿Qué pensaría la Reina agonizante, que comenzó su reinado recibiendo a Churchill, despachando con una sonrisa de cortesía con la última mandataria de su vida? Nunca lo sabremos. Como tantas cosas de la magnífica Isabel II, siempre en su sitio, que era el trabajo y el deber.

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