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21 de febrero de 2024

Pecados capitalesMayte Alcaraz

El Arco de la Victoria

No sabemos si el exatleta se dispone a demoler él mismo, con la fuerza de Sansón, el Arco de la Victoria ahora que la izquierda ya ha demostrado su pericia en los desenterramientos

Actualizada 01:30

Roberto Sotomayor es un brillante atleta que conquistó cinco medallas como campeón de España, tres oros europeos y dos récords del mundo. Hoy, con 46 años y su palmarés ya en la historia del deporte español, este madrileño ha decidido dilapidar su reputación encabezando la lista de Podemos e Izquierda Unida (o sea, representar a Pablo Iglesias y a Alberto Garzón, qué puede salir mal) en las elecciones del 28 de mayo para intentar volver a meter la cabeza en el Ayuntamiento de Madrid, donde estos partidos quedaron extraparlamentarios hace cuatro años, cuando les comió la tostada la gente de Carmena y Errejón.
Que su puesta de largo fuera en el Hotel Ritz con el patrocinio de compañías dedicadas a la sanidad privada, mientras arreciaban las críticas de las chicas de la tarta, Ione e Irene, contra los «despiadados capitalistas» y le hacían huelgas a Ayuso en favor de la sanidad pública, demuestra que un faro de occidente el bueno de Roberto no parece ser. A las puertas de la campaña, cuando el laboratorio de ocurrencias de la izquierda ha cogido ya velocidad de crucero, Sotomayor ha prometido a sus electores que si se hace con el bastón de mando –que tiemble Almeida– lo primero que hará será demoler el Arco de la Victoria y lo sustituirá por un memorial a las víctimas del franquismo, en cumplimiento de la Ley de Memoria Democrática, que Sánchez redactó a medias con Otegui. Delante del monumento que sirve de pórtico a Madrid desde la carretera de La Coruña, alzó la voz para decir que es una «vergüenza democrática» su mantenimiento, aprovechando que la izquierda ese día lo daba todo asistiendo a la exhumación de José Antonio Primo de Rivera. El candidato pablista, definitivamente mucho más eficaz en cultivar el músculo que el intelecto, también está dispuesto a construir un Museo de la Memoria en el distrito de Salamanca, epicentro del facherío, según el manual del buen podemita. La desfachatez de este destroyer es de libro. Si por lo menos prometiera que va a acondicionarlo para viviendas le haría un favor a su Sanchidad en campaña.
Carmena ya montó un comisionado para todas estas gestas que ahora resucita Sotomayor que, como todo el mundo sabe, son proyectos todos urgentemente reclamados por los madrileños para mejorar su vida y la de sus familias. Si hubiera consultado a la reina de las magdalenas quizá le hubiera contado –o no, porque las dos familias comunistas no se hablan– que para tocar ese monumento que es un Bien de Interés Cultural y por tanto tiene la más alta protección, hace falta el permiso del Consorcio de Transportes (encargado de su mantenimiento), la Ciudad Universitaria (en cuyo terreno se alza) y de Patrimonio Histórico, que dependen de la Comunidad de Madrid –con Ayuso hemos topado–. Está claro que todo eso se lo pasa Sotomayor por el Arco del Triunfo para que le nominen con otra medallita, esta de capirote.
No sabemos si el exatleta se dispone a demoler él mismo, con la fuerza de Sansón, el Arco de la Victoria ahora que la izquierda ya ha demostrado su pericia en los desenterramientos. Dedicarse a las demoliciones puede ser una buena salida para los chicos de Iglesias. Solo una última recomendación: alguna lectura le llevaría a comprender que el arco, por más que fuera construido en el franquismo en 1942 por el ministro de Educación, Ibáñez Martín, ni siquiera está documentado que se erigiera para conmemorar la victoria sobre la República o simplemente fue levantado como un recuerdo a la batalla de la Ciudad Universitaria, una de las más cruenta de la Guerra Civil. Pero no pidamos esfuerzos documentales a Sotomayor.
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