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21 de febrero de 2024

Pecados capitalesMayte Alcaraz

Aborto y ETA, el legado de Bambi

A Zapatero le debemos la ignominia. Una democracia no puede negociar con criminales para terminar dándoles el poder que les autorice a secuestrarnos a todos, impunemente, y que además les paguemos nuestro rescate

Actualizada 01:30

A los expresidentes del Gobierno hemos decidido llamarles, con sorna, jarrones chinos (ya sean floreros desportillados o cántaros con alma de ídem), por aquello de que no sabemos dónde colocarlos. De los seis que hemos tenido en democracia, viven cuatro: Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy. El viejo gato bicolor Felipe (gato negro, gato blanco; lo importante es que cace ratones) y su sucesor, Aznar, se dedican a sus charlas, conferencias y, de cuando en cuando, a dar entrevistas en las que normalmente ponen a caldo a sus sucesores. Así lo sigue haciendo González, aunque, a veces, reduce el castigo de baquetas si Moncloa se lo pide; y eso mismo hizo el presidente popular hasta que Rajoy dejó el Gobierno para apoyar ahora sin fisuras a Feijóo.
Luego están los dos siguientes, precedentes de Sánchez. Rajoy, el mejor expresidente sin duda, se mantiene en un voluntario segundo plano, y ha vuelto a su profesión de registrador de la propiedad, sin vivir del cuento y respetando los avatares políticos, aunque cuando el partido se lo pide acude a respaldar sus siglas, como ha hecho hace unos días con Almeida e hizo y hará con su paisano Feijóo. Y si es interpelado no evita las críticas, aunque siempre educadas, al Gobierno que le echó injustamente con una trilera moción de censura.
Y finalmente está él, Rodríguez Zapatero, el profesor de Derecho leonés y, hasta su llegada a Moncloa, anodino diputado socialista, que nos gobernó durante ocho años y que es el peor exponente –quizá por encima de su sustituto actual– de la política española del siglo XXI. García Margallo, que fue ministro de Rajoy, sostuvo en este diario que Pedro Sánchez había encontrado la llave maestra de su mandato: enfrentar a la sociedad. Yo añado que esa llave se la entregó José Luis Rodríguez Zapatero con la peor de las intenciones, ya que llegó a ser la segunda magistratura del Estado manipulando obscenamente la opinión pública al calor del más cruel atentado de la historia de Europa. Cuando explotaron las bombas el 11 de marzo de 2004, Zapatero y Rubalcaba supieron que, si atizaban la hoguera del cainismo patrio, las urnas virarían hacia la izquierda. Así fue, y desde entonces España ha asistido a dos presidencias, la de Zapatero y la de Sánchez, edificadas sobre el enfrentamiento, la apertura de trincheras de la guerra civil y la negación de la derecha y de su carácter de alternativa democrática, por parte de dos sujetos sin más oficio ni beneficio que la política como negocio, que vivieron en el gallinero del Congreso como grises y mediocres parlamentarios, hasta que las peores artes del socialismo los sentó en Moncloa.
Sánchez no sería Sanchidad si no hubiera existido Zapatero. Él le allanó el camino para claudicar sin rubor ante el independentismo catalán, del brazo de Maragall; él comenzó la demolición del constitucionalismo y la imposición de una ingeniería social contraria a los valores del humanismo cristiano (la sentencia del TC sobre el aborto es su penúltimo legado); él le acercó al populismo de Podemos, de la mano también de José Bono; él se ha erigido en mediador-amigo del sátrapa Nicolás Maduro, convirtiéndose en el embajador de una narcodictadura en Europa (sin que sepamos hasta ahora a cambio de qué) y él, como acaba de reconocer, empezó a blanquear a ETA, para convertir al terrorista condenado Arnaldo Otegi en parte de la gobernabilidad del Estado.
Ha dicho ZP que el pago para que abandonaran el terrorismo fue introducir a sus líderes en las instituciones, por eso Bildu va a aprovechar esta campaña para incluir en sus listas electorales a siete asesinos y otros 37 condenados por etarras. A Zapatero le debemos la ignominia. Una democracia no puede negociar con criminales para terminar dándoles el poder que les autorice a secuestrarnos a todos, impunemente, y que además les paguemos nuestro rescate. No puede ceder ante quienes no han abdicado de sus sangrientos objetivos, no han mostrado su arrepentimiento, ni pedido perdón a las víctimas y, sobre todo, jamás han colaborado con la Justicia para esclarecer los 377 atentados que siguen en el limbo penal.
Alfonso Guerra le apodó Bambi: él sabrá por qué. Zapatero dijo reconocerse en el personaje porque su hija mayor le ponía una y otra vez la película de Disney, pero ZP es todo menos ingenuo: aprobar un Estatuto catalán que dio pie al golpe de Estado de octubre de 2017, facturar una ley de memoria que abría todas las heridas guerracivilistas, normalizar a Podemos como socio de su partido, introduciendo un caballo de Troya en las entrañas del Estado, comerse a besos con un dictador que ha llevado a la miseria a su país y echado a cinco millones de venezolanos, consentir que los socialistas vascos hayan pasado de portar ataúdes de compañeros asesinados por ETA a tomar chiquitos con sus criminales, eso no es precisamente de ingenuos.
No era Bambi, señor Guerra. ZP era el que provocó el incendio y acabó (o intenta acabar) con su madre, con España.
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