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20 de julio de 2024

El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Koldábalos, animal bicéfalo

Dos sujetos de tal porte jamás se sacrifican. Ni por el jefe, ni por nadie. Matarán al padrino. Si el padrino no los mata antes

Actualizada 01:30

El GAL fue criatura de Felipe González. Y Filesa. Configuraron la mitología socialista de los años ochenta. Garaikoetxea, que era por entonces presidente de la autonomía vasca, trasladó a la prensa la grandeza del proyecto. Se lo había revelado el sevillano a su retorno de un viaje por la Venezuela en la que triunfaba Carlos Andrés Pérez. Vamos a aplicarla aquí, le dijo. Es una fórmula muy sencilla, un axioma de tres palabras: «Plata o bala». A Garaikoetxea, aquel modo de normalizar «a la caribeña» los desajustes de una transición cuyas tragedias nos hemos empeñado ahora en borrar de archivos y memorias, le pareció escandaloso. Mas no era González de ese tipo de políticos que renuncian a lo que se les antoja solución mágica. Suprimió la disyuntiva. Puso una copulativa en su lugar. Y el mantra «plata y bala», simultáneos, selló sus más altos años de gloria. Profetizó un «gobierno para cincuenta años» y otras angélicas mitomanías que se llevaron su sentido común a los infiernos.

La arbitrariedad era tan grande que nadie, cuando el ministro del Interior empezó a ser investigado por crímenes horrendos, creyó que aquello pudiera llegar a parte alguna. Por supuesto, Barrionuevo se negó a dimitir. Y cometió el mayor error judicial de su vida. La vista directamente en el Supremo, que así forzaba, no le daba ya opción a la aleatoria ruleta de los recursos sucesivos. Hubo quienes, en su partido y entre sus abogados, le aconsejaron no adentrarse hacia ese precipicio. No atendió a razones. Acabó en la cárcel. Con González dándole la palmadita en la espalda que lo empujaba dentro. Con las coleguis del partido bailando el corro de la patata en su honor. Y el Reich de cincuenta años, prometido por González, empezó a cuartearse. Pero la operación salió. En lo que era esencial. No llevar jamás ante los tribunales al «Señor X» ni al vértice de la pirámide financiera en la que se trocó el PSOE desde el inicio de la transición.

Pedro Sánchez y su partido conocen esa historia. Y sueñan con volver a aplicarla. Barrionuevo se avino a ser el cortafuegos: se achicharró para salvar al único que está por encima de un ministro… Por qué no sacrificar a Ábalos del mismo modo? Olvidan que Barrionuevo también se negó a dimitir. Y que esa dimisión se volvió en contra de la banda: ministro y secretario de Estado fueron condenados. En sucesivos procedimientos, la trama, a través de la cual los hombres del partido se enriquecieron ilegalmente a costa de la financiación –no menos ilegal– del PSOE, fue saliendo a la luz. Cayeron dirigentes catalanes. Cayó una señora que coleccionaba visones. Pagaron con la cárcel. Y, tras salir, alguno hubo que retornó a su tarea de contable fiel en el opaco partido. Pero la imagen socialista se había roto. Pienso que para siempre. Puede que sea posible recomponer otro tipo de virginidades; las morales, no.

No va a ser tan sencillo ahora convencer a Ábalos de que sea un Barrionuevo, con Koldo haciendo de Vera. No hay en Koldábalos, tremendo animal bicéfalo, rescoldo alguno de aquella sacralización de partido y líder que jugara un papel tan eficaz –y tan triste– en los años ochenta. El amo, como su siervo, son tan sólo capataces muy bien pagados, gentes que, por formación y saberes, jamás hubieran podido soñar con la centésima parte de los sueldos –y otros complementos menos transparentes– que les dio la política. ¿Alguien se imagina el éxtasis que debió atravesar al bicéfalo Koldábalos ante el tacto deseable de aquellas milagrosas maletas de Delcy en Barajas? El sueño de una vida. En la que sólo cuenta eso.

No, dos sujetos de tal porte jamás se sacrifican. Ni por el jefe, ni por nadie. Matarán al padrino. Si el padrino no los mata antes. ¡Que empiece el espectáculo!

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