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15 de junio de 2024

LiberalidadesJuan Carlos Girauta

La dictadura belga

¿Por qué Bélgica ha dejado al descubierto que no merece ser la capital de Europa, que no está a la altura para albergar en su seno instituciones democráticas y plurales?

Actualizada 01:00

«¿Puede una persona llegar al centro de la plaza y expresar sus opiniones sin miedo a ser detenida, encarcelada o agredida?» Es la prueba de la plaza pública, de Natan Sharanski, gigante intelectual y moral. Si la respuesta es afirmativa, estamos en una sociedad libre. Si es negativa, la nación donde está esa plaza no pertenece al conjunto de las naciones libres. Y debe haber consecuencias. Bélgica no supera la prueba. Se ha presionado a los hoteles donde un grupo de políticos planeaba celebrar una serie de reuniones. Finalmente, la policía ha irrumpido en el único lugar que había resistido las presiones. ¿Era una peligrosa reunión fascista? No, de hecho el que mantiene relaciones con el neofascismo –los terroristas de los Lobos Grises– es el munícipe bruselense Emir Kir, un expulsado del Partido Socialista empeñado en prohibir la Conferencia de los conservadores. Conclusión: Bélgica no supera la prueba de la plaza pública, como no la superan el País Vasco ni Cataluña, territorios de excepción democrática en España.

En la reunión interrumpida por la policía de Bruselas participaban europarlamentarios que han visto violada su inmunidad. Se preveía asimismo la asistencia de un primer ministro de la UE. ¿Por qué Bélgica ha dejado al descubierto que no merece ser la capital de Europa, que no está a la altura para albergar en su seno instituciones democráticas y plurales? Porque los ideológicamente discriminados, que ya gobiernan varios países europeos, superarán, Dios mediante, a los socialistas en el Parlamento Europeo, poniendo a los populares en la tesitura de decidir si escogen una nueva alianza o si prefieren mantenerse en la existente, donde populares y socialistas votan lo mismo nueve de cada diez veces. Es decir, sabremos si los populares siguen supeditados a la hegemonía cultural de la izquierda, como hasta ahora, o si por fin le plantan cara.

Esa es la razón por la que a los componentes del consenso rojiverde y popular les conviene callarle la boca a los conservadores, aunque sea jugando sucio, y nadie a mano más sucio que el munícipe bruselense. Bélgica no pertenece al conjunto de las naciones libres porque no supera la prueba de Sharanski. En realidad, no pertenece al conjunto de las naciones sin más. Es un artificio que aguanta, precisamente, gracias a su condición de sede de instituciones europeas. Sus jueces se pasan las euroordenes por el arco del triunfo porque el país que tuvo zoos humanos hasta los años cincuenta del siglo XX cree que España no es una democracia fiable, que son más de fiar los etarras que tradicionalmente ha protegido, o el presunto terrorista, traidor, malversador y sedicioso Carles Puigdemont. Con todo, la Justicia belga ha funcionado, desautorizando al amigo de los Lobos Grises. Eso es bueno, pero no garantiza que la prueba de la plaza pública funcione a partir de ahora. La persecución ideológica continuará porque los del consenso están aterrorizados: los unos por perder el poder, los otros porque se les van a ver los palos del sombrajo.

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