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Desde la almenaAna Samboal

La corte de Pedro

Si algo revelan las burdas conversaciones de Leire, Koldo o Ábalos, más allá de la relevancia penal que se pueda derivar de ellas, es el grado de degeneración y putrefacción de la vida pública. Que no de la política, porque ése es un noble arte que les queda muy lejos, no lo conocen ni de oídas

Cuando aparecieron en escena los primeros audios, intentaron hacer pasar a Leire por una afiliada más, una concejala de un pueblo escondido en un valle cántabro. Las fotografías con todos y cada uno de los que han tenido mando en plaza en Ferraz desde los tiempos de Zapatero lo desmentían. Después trataron de colar el bulo de que era un pequeño Nicolás, una que iba por libre. Los amigos se apresuraron a comprar y difundir el relato. Pero la seguridad con la que dirige las reuniones, las personas convocadas, la información de la que dice disponer, la firmeza y convicción con la que oferta los servicios a domicilio de fiscales en cualquier lugar del mundo desnudan la falsedad de esa nueva treta. De modo que, ahora, tratan de intoxicar a la prensa difundiendo la especie de que era una mujer que sólo hacía méritos para ganarse la vida a la sombra del partido. ¡Mentira, una vez más! ¡Otra palada de fango! Leire entra y sale de la sede del PSOE como el que entra y sale de su casa y ha ostentado cargos de representación en empresas públicas de la relevancia de Correos o Enusa. Puestos en los que la ha colocado el partido al que está afiliada, el primer director de gabinete de Pedro Sánchez, percibiendo salarios al alcance de muy pocos trabajadores. Se paga, una vez más, con cargo a los Presupuestos Generales del Estado, esa ley que ya ni se molestan en llevar al Parlamento.

Asegura Santos Cerdán que Leire no es su mano derecha, porque es imposible tener tantas. Será entonces la izquierda. O la chica de los recados. O la Celestina encargada de deshacer entuertos. A ambos, al igual que a Koldo o Ábalos, les retrata su forma de proceder: gentes sin principios que se conducen con la soberbia del que se cree impune, gentes sin la más mínima ética incapaces de mostrar el respeto debido a las personas y su oficio y sacrificio. Gentes vulgares, sin carrera profesional ni conocimientos, únicamente ocupadas y preocupadas por salvaguardar al líder que garantiza su estatus privilegiado.

Si algo revelan las burdas conversaciones de Leire, Koldo o Ábalos, más allá de la relevancia penal que se pueda derivar de ellas, es el grado de degeneración y putrefacción de la vida pública. Que no de la política, porque ése es un noble arte que les queda muy lejos, no lo conocen ni de oídas. En la Transición, los fontaneros de los partidos y la Moncloa eran titulados universitarios que se encargaban de desbloquear y organizar reuniones, engrasar relaciones, escribir discursos, hacer informes sobre leyes o forjar pactos. En la corte de Sánchez, aquellos hombres han transmutado en chuletas de prostíbulo, chonis con aires de grandeza y horteras de discoteca que no saben anudarse la corbata y que pisan los salones mirando al personal por encima del hombro cual si fueran aspirantes a catedráticos. Conscientes del poder vicario que ostentan, el del que les respalda, se han sentido lo suficientemente fuertes para intentar derribar a una institución centenaria y valorada por los ciudadanos como es la Guardia Civil. Les estorbaba. Quizá, en su impostada grandeza, aún no han caído en la cuenta de que sus denodados esfuerzos han sido en vano. La filtración de sus reuniones, de sus chanchullos es la prueba fehaciente de que lo que son y lo que representan ha acabado.