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Perro come perroAntonio R. Naranjo

¿Genocidio en Gaza?

La misma extrema izquierda que olvida los derechos humanos allá donde no le interesa aleja la solución al conflicto con sus excesos contra Israel

Ya de entrada huele a gato encerrado: los mismos que acusan a Israel de «genocidio» dan el pésame a Otegi cuando se suicida un etarra, colaboran activamente con la dictadura de Maduro, olvidan al Sáhara, ignoran las matanzas sistemáticas de cristianos y disidentes en Yemén o Nigeria, toleran organizar Mundiales con Marruecos o en Qatar, se derriten por intimar con China o desprecian las instrucciones europeas de tratar los crímenes sin resolver de ETA como de lesa humanidad pretenden que se equipare la crueldad de la guerra en Gaza con la shoah judía de la Alemania nazi.

Gritan más quienes más tienen que callar, en un indicio clamoroso de la verdadera naturaleza de sus intereses: no les importan los derechos humanos, sino la explotación del dolor, presentado siempre como la consecuencia directa de la inhumanidad de un adversario global que es la extrema derecha y se materializa, con distintas caras, en cualquier lugar del mundo: allí se llama Netanyahu; aquí Abascal, Feijóo o Ayuso.

Ocurre también con la Guerra Civil, que produce erisipela en los partisanos de la memoria selectiva cuando se les recuerda la atroz represión de la República y las barbaridades cometidas en aquella época, con magnicidios como el de Calvo Sotelo, checas horribles y matanzas masivas en Paracuellos, el clero o Cabra: no hay mejor manera de que se entienda el derecho a recuperar a los muertos de las cunetas y las fosas que restituir también el honor de las otras víctimas, si de verdad se trata de culminar la reconciliación y no de abrir nuevas trincheras. Que de eso se trata.

Llamar «genocidio» a lo que hace Netanyahu supone darle la vuelta a la situación real en la zona, donde el objetivo a exterminar es Israel y el único Estado al que se le niega el derecho a existir es al hebreo: del río hasta el mar, el lema fundamentalista que repite aquí Yolanda Díaz y hace suyo Sánchez en la práctica, defiende la desaparición del país existente entre el Jordán y el Mediterráneo, tan palestino como judío, rodeado por satrapías que niegan su supervivencia y lo cercan como una especie de El Álamo de la civilización occidental.

Solo una mala persona, un imbécil o un fundamentalista puede decir que Israel es más peligroso para la paz mundial que Irán, instigador de una escalada nuclear, incansable competidor por crear un nuevo califato, patrocinador de todos los movimientos terroristas como Hamás y triste inductor de que Gaza sea un escaparate de los horrores para blanquear la naturaleza de sus objetivos.

A partir de ahí, claro que puede y debe debatirse si la respuesta de Netanyahu es la que cabe esperar de alguien que representa la civilización frente a la barbarie. Y desde luego puede discutirse si un fin noble, acabar con una organización terrorista, justifica unos medios inhumanos que provoca un número de víctimas simplemente insoportable: por mucho que el origen de todo sea el anhelo islamista de borrar a Israel de la Tierra; por evidente que sea la crueldad terrorista resumida en el asesinato en masa de 1.200 personas hace dos años y por constatable que sea el martirio de los palestinos por la propia Hamás para escenificar un martirio y cargárselo en exclusiva a Tel Aviv; de un gran país democrático cabe esperar una respuesta a la altura de sus principios, que son los nuestros, incluso aunque eso retrase el resultado que busca, que es su propia supervivencia nada menos.

A Netnyahu le mueve más la presión de los halcones de su Gobierno, dispuestos a derrocarle si detiene su agresiva estrategia militar, que la necesidad de Israel de actuar de esta guisa, con una contundencia que merece Hamás pero no los palestinos y tiene efectos secundarios perversos: eternizar la lealtad de los civiles al fundamentalismo que les martiriza y dar un impagable combustible al antisemitismo burdo que recorre el mundo, especialmente Europa, y encuentra ahora un pretexto para expandirse sin pudor.

No hace falta suscribir la propaganda de Hamás, la indolencia de la ONU, la cobardía de Europa, el sectarismo de La Moncloa y el relato incompleto y tendencioso de buena parte de la prensa para dolerse por las víctimas, acongojarse por los niños y pedirle a Israel que, por el amor de Dios, busque y encuentre la fórmula para estar a la altura de lo que representa, una democracia liberal que nunca debe olvidar lo que decía Orwell de la civilización, incapaz de subsistir si incurre en el miedo, la crueldad o el odio.

Posdata. Pedro Sánchez ha ordenado que España no acuda a Eurovisión si va también Israel. Y TVE, que es a la información lo que la eutanasia a la vida, lo ha anunciado a bombo y platillo. Somos los mejores en la defensa de los derechos humanos, aunque el presidente le deba el cargo a un terrorista, un golpista y un prófugo. Hay que tenerlos hexagonales.

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