Siempre matan a los mismos
Tenemos que hablar de violencia política, de quién la incentiva y de quién la padece, aunque moleste
Les suele molestar escucharlo, pero es lo que hay: los asesinatos y la violencia política vienen mucho más a menudo de la llamada izquierda, que no lo es pero así se siente. Tiene que ver con la autoconcedida superioridad moral que, en sus peores versiones, justifica la mayor de las respuestas: el crimen, el acoso, el escrache, la persecución y la extorsión.
La deshumanización del rival, al que se presenta como un diablo fascista incluso cuando es un simple conservador o liberal perfectamente respetuoso con los valores democráticos, hace el resto: ellos se ven siempre como los valientes alemanes que intentaron matar a Hitler en la famosa 'Guarida del lobo', aquella heroica 'Operación Walkiria' que culminó con la supervivencia del dictador nazi y la ejecución de quienes quisieron acabar con él.
Pero en realidad tienen delante a tipos como Abascal o Aznar, droga dura para sus sentidos, pero perfectamente constitucionales y coincidentes con el sentir de millones de ciudadanos que, por extensión, también merecerían un final fatal o una checa por seguir a semejantes peligros públicos, según su guerracivilista cosmovisión.
Ese es el razonamiento que hizo ETA durante décadas, ahora olvidado para adecentar la infumable condición de Arnaldo Otegi como socio legítimo de un presidente que le debe el cargo. Y el que probablemente explica que, en la historia reciente de España, los cinco presidentes asesinados (Prim, Cánovas, Canalejas, Dato y Carrero) y los dos que estuvieron a punto de serlo (Maura y Aznar) también pertenecen a orillas ideológicas de lo que ahora llamamos sanchismo y se inspira, según palabras literales de Pedro Sánchez, en el ejemplo de un radical autoritario llamado Largo Caballero.
Claro que hay ejemplos de lo contrario, desde Kennedy a Palme, pero la diferencia es obvia: esos crímenes no tenían una complicidad anímica de amplias capas sociales, a su vez representadas por partidos que encarnaban el espíritu que impulsaba a los peores de su cabaña a cometer los magnicidios.
En el caso de Charlie Kirk y de todos los enumerados aquí sí existe esa simbiosis, que tiene en el muro de Sánchez su mejor metáfora: levantar una división irreconciliable con la mitad de España mientras se acepta en la propia a separatistas con complicidades terroristas o a seguidores del comunismo liberticida o el populismo represor genera un ecosistema peligroso en el que, los más brutos de cada casa, se sienten autorizados para todo.
Así asesinaron los amigos del jefe de Bildu a casi 900 personas; así se transformó un atentado yihadista en una excusa electoral y así, saltando nuestras fronteras, murieron abatidos políticos como Aldo Moro, Uribe, Villavicencio o Colosio, por citar otros ejemplos con disculpas anticipadas si hay algún involuntario olvido. También están en esa lista socialistas de antes, por cierto, que hoy dirían de su teórico jefe lo mismo que dice Felipe González y no merecen ser utilizados por el Patxi López de turno como ejemplo de que ellos sufrieron mientras se encama con la nueva Batasuna.
Pero así también se han normalizado en España los apedreamientos, escraches o desinfecciones contra dirigentes de PP, VOX o Ciudadanos, con imágenes que todo el mundo recuerda pese a los intentos mediáticos de minimizarlos, parejos a la presentación de escenas deplorables pero incomparables en gravedad como ejemplos de que es el PSOE la víctima de una grave polarización que en realidad sólo él alimenta: un palo de escoba en Paiporta, una dudosa carta con balas o cuatro insultos de un majadero en una red social no tienen la categoría de toda la violencia descrita contra la alternativa a ese régimen. La violencia contra un equipo de origen israelí es la penúltima demostración de ese fenómeno de justificación de los medios por los fines.
En realidad, la izquierda no entiende que la respuesta a sus delirantes agendas ideológicas, económicas y sociales (en el mejor de los casos ajena a la realidad del ciudadano medio y en el peor perpetrada para reprogramarle hacia un canon manipulado y sumiso) es ya masiva, internacional e imparable. Porque nace del impulso libertario que sacude al ser humano frente a dictaduras clásicas y colonizadores invasivos modernos.
Y ante esa indigestión, se siembra la división agresiva desde arriba, se alimenta desde su ejército en cada rincón del Estado y, finalmente, se convierte en violencia con los soldados más radicales. Por eso siempre mueren los mismos y, claro, siempre matan los mismos también.