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Post-itJorge Sanz Casillas

Ana Redondo regañando a una mujer

Difícilmente vas a ser la solución de un problema que has convertido en tu medio de vida. Con 600 millones puedes comprar 500.000 pulseras cada año, pero prefieres gastártelos en cartulinas moradas y puntos violetas

El sanchismo terminará algún día. No sabemos si en 2027 o pasado mañana, pero acabará cayendo. Y vendrá alguien para levantar la economía (quizás), que intente resolver el problema de la vivienda y que no tenga la tentación de trucar los datos del INE, como hizo Nadia Calviño. Pero siendo esto difícil, me parece mucho más complicado recuperar la confianza en un país donde casi nada funciona ya como debería: lo mismo dan los trenes, que la luz, que las pulseras antimaltrato.

Porque esta ha sido la última. Hace meses que sabemos que las pulseras antimaltrato no funcionan correctamente. Lo avisó la Fiscalía y el Gobierno pasó por las tres fases habituales del pensamiento sanchista. Primero la negación: era un bulo de la ultraderecha. Después: el reconocimiento más o menos explícito, pero sin asunción de responsabilidades. Y por último la aceptación previo traspaso de la culpa a la oposición, como si ellos no llevaran siete años y medio gobernando este país.

En ese contexto de inoperancia, ayer una mujer se acercó a la ministra de Igualdad y le recriminó los fallos en las pulseras. «Es usted cómplice de los asesinos y de los maltratadores», le dijo esta persona, de nombre María Martín Romero y presidenta de una asociación de víctimas de maltrato. Y lo hizo justo cuando estaba rodeada de micrófonos y cámaras, lo que seguramente molestó aún más a la ministra, que lejos de abrir el paraguas y aceptar la queja, confrontó con la mujer, demostrando además muy malos modos. No duró mucho el intercambio porque a los pocos segundos apareció otra persona (que cumplía con el fenotipo de lo que hoy llamaríamos una charo) y se puso a discutir con ella. Que qué forma más triste de ganarse la vida, también te digo, pero peor es madrugar.

Sirva esta escena para cargar de razones a quienes defendemos que el Ministerio de Igualdad debería ser auditado, cuando no disuelto. Porque hagamos inventario: en siete años de sanchismo se ha mejorado la situación procesal de cientos de violadores y pederastas en virtud del 'solo sí es sí'. En ese mismo periodo, las denuncias por violación han crecido un 90 % y, a mayores, los sistemas de prevención como las pulseras fallan. De este periodo triste recordaremos el anuncio que hicieron contra Pablo Motos y poco más. Convendrán conmigo que es un balance bastante pobre si tenemos en cuenta que disponen de un presupuesto anual próximo a los 600 millones.

Porque ahí está el meollo del asunto: difícilmente vas a ser la solución de un problema que has convertido en tu medio de vida. Porque con 600 millones puedes comprar unas 500.000 pulseras cada año (y de las que funcionan), pero prefieres gastártelos en cartulinas moradas y puntos violetas para lucrar a tus amigas, como quedó demostrado. El feminismo excarcelador –y así hay que decírselo a la gente– es un chollito que nació con Irene Montero y Rita Maestre; dos mujeres que, empeñadas en protegernos frente a los hombres que ellas mismas frecuentaron (Iglesias y Errejón), pensaron que éramos todos iguales.