Fundado en 1910
Enrique García-Máiquez

El relato hegemónico

Una patria es un relato compartido, una visión conjunta, una verdad sostenida por encima de las ideologías de cada hijo de vecino. No da en absoluto igual que se expanda una versión falsa de la realidad

Leer a los mejores nos hace, como mínimo, mejores… críticos de nosotros mismos. Este aforismo de Ludwig Wittgenstein se me clavó dentro: «Dios puede decirme: 'Te juzgo por tu propia boca. Te has estremecido de asco ante tus propias acciones, cuando las has visto en otros'». Me descubrí el vergonzoso tic del que advierte: somos mucho más implacables con los demás.

Lo he revivido a raíz de la respuesta de un amabilísimo lector a un artículo mío sobre el Valle de los Caídos. Mi lector decía sobre la intervención (desacralizadora) que han proyectado allí: «Lo que nadie discutiría es que hicieran el monumento que quieran donde quisieran y no precisamente en el lugar simbólico con el que no están de acuerdo. Eso es talibanismo». Yo, en teoría, estaba de acuerdo con mi lector tanto como él lo estaba conmigo. De hecho, en mi artículo denunciaba más que nada el parasitismo del proyecto, que se empeña en excavar el monumento anterior, destruyéndolo con saña. Queda en evidencia que su ideología es un constructo a la contra. Igual que los protestantes, como explicó Kierkegaard, que necesitan a la Iglesia Católica ontológicamente: para protestar (sic) contra ella. El progresismo es política de tierra quemada: depende de la historia y de la tradición para negarlas.

En principio, pues, yo podría haber escrito tal cual el comentario del lector. Compartimos, de fondo, una específica tolerancia conservadora que, con tal de que nos dejen tranquilos, roza la indiferencia (y el desdén). ¿Qué usted quiere hacer un boquete en medio de la nada y llenarlo de paneles explicativos sobre su versión de la guerra civil, diciendo incluso que la ganaron los republicanos? Pues vale. Con tal de que respete el Valle de los Caídos, me parece bien.

Pero ahora (en el espejo del otro) he visto claro que no me parece bien; y me da rabia que haya tenido que detectar mi error por reflejo. Una patria es un relato compartido, una visión conjunta, una verdad sostenida por encima de las ideologías de cada hijo de vecino. No da en absoluto igual que se expanda una versión falsa de la realidad. Un poema memorable de Jon Juaristi debería habernos servido de aviso para siempre. Se titula «Spoon River, Euskadi» y se publicó en Suma de varia intención (1987): «¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / Nuestros padres mintieron: eso es todo». No podemos conformarnos con los compartimentos estancos, porque no existen en esa comunidad de historia, sentimientos y solidaridades que es una nación.

Tenemos, por tanto, que reconocer que las izquierdas tienen mucha razón en el incordio incesante que dan por resignificar los símbolos del pasado. El relato político sólo puede ser uno. No cabe conformarse con las narrativas paralelas o los universos alternativos, por mucho que nuestro talante liberal nos incite a no meternos con nadie mientras no nos metan su dichoso dedo en nuestro ojo.

En realidad, hay que tratar de abrir todos los ojos. Por supuesto que con más respeto personal y sabiendo que no se puede imponer una visión, pero sin entregar la historia al relativismo a cambio de una comodidad que, además, como estamos comprobando, no nos dan ni podrán darnos nunca. Ponerse de perfil sólo da facilidades para que apunten bien con su dedo a nuestro ojito expuesto.

En el caso concreto del Valle de los Caídos, no basta con pedir para el monumento la paz de los cementerios. Hay que recordar su propósito: oración palpitante y reconciliación eterna. Perforar eso —aunque fuese en otro lugar— sería una irresponsabilidad grave. Negar aquella intención sería, además, un desagradecimiento imperdonable.