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Un mundo felizJaume Vives

Liberales, pero solo un poquito

Quizá, a la vista de los acontecimientos, tengan razón Julio (y Sardà y Salvany) cuando dicen que liberalismo y fe no son compatibles. Y por eso, quienes abrazan el liberalismo (o cualquier otra ideología) acaban olvidándose de la caridad, propia del cristianismo

Durante las últimas dos semanas se ha generado un interesante debate en el inframundo de Twitter sobre liberalismo y fe (y su posible incompatibilidad) a raíz de un artículo que escribió Julio Llorente en La Antorcha, revista que tengo el inmerecido honor de dirigir.

El tema, que no es irrelevante, aunque pueda parecerlo –a la vista está la repercusión que está teniendo–, ha salido incluso de redes y se han escrito varios artículos refutando a Llorente.

Mi opinión sobre el asunto sí es irrelevante, aunque, si tuviera que escribir algo, sería muy parecido a lo que escribió Julio, y si tuviera que recomendar un libro, sería el de Sardà y Salvany, y no citaré el título porque los ánimos están muy exaltados. Allí queda todo expuesto con claridad meridiana. También hay otro libro muy esclarecedor sobre el tema, ese, contemporáneo, titulado Es justo y necesario, de Scott Hahn.

El asunto que más me ha inquietado en todo ese debate (es una bendición que se debata sobre esto y no sobre la última polémica entre La Revuelta y El Hormiguero) es no solo el fondo, que sean tan pocos los católicos que comparten las tesis de ese eximio sacerdote catalán, sino especialmente las formas utilizadas en el debate de marras.

A Julio le han dicho de todo: tonto, analfabeto, burgués, chupacirios, ignorante, escritor de pacotilla y algunas delicadezas más. Dudo que en persona se hubieran atrevido a tanto, salvo que en la vida real sean también unos maleducados, cosa que no descarto en absoluto.

Pero me temo que esa bajeza es fruto de la alienación que proporcionan las redes sociales y que ya comentamos en esta misma sección hace unas semanas: https://www.eldebate.com/opinion/20251030/ropa-sucia-lava-casa_349815.html envileciendo a quienes las usan, sin que se den cuenta de la degradación moral que provoca en ellos.

Los mismos que brindaron su apoyo a Soto Ivars cuando pretendieron cancelar la presentación de su libro en Sevilla, –y muy bien brindado por ser un tipo excelente, honesto y divertido que ha puesto encima de la mesa un debate muy importante–, son quienes han bajado al barro con ataques personales, insultos y menosprecios a Llorente porque no les gusta lo que escribió en La Antorcha.

Eso de que el liberalismo respeta la libertad de todos, siempre y cuando no atente contra la dignidad del prójimo, parecen no tomárselo muy en serio. Liberales, pero solo un poquito. Parece que si atacas su cosmovisión, la libertad (y la dignidad) pasan a un segundo plano y la ofensa y el desprecio (no a las ideas, sino a la persona) están justificados.

Quizá, a la vista de los acontecimientos, tengan razón Julio (y Sardà y Salvany) cuando dicen que liberalismo y fe no son compatibles. Y por eso, quienes abrazan el liberalismo (o cualquier otra ideología) acaban olvidándose de la caridad, propia del cristianismo. Y ello nada tiene que ver con ser indulgente con las ideas, todo lo contrario, a veces la caridad consiste en ser muy intransigente con ciertas ideas, pero amando siempre a la persona que las defiende.

Y quizá por ello García-Máiquez, que ante todo es católico, y, por tanto, aunque pecador como todos, noble e hidalgo como pocos, escribió un artículo contestando a Julio, en el que demostraba con su ejemplo que se puede debatir sin faltar a la caridad, que es la forma de elevar el debate y hacerlo fructífero. Y es lo que los liberales deberían hacer si lo que pretenden es demostrar que liberalismo y fe no son incompatibles.