Fe y paternidad
Por eso me pregunto: puestos a creer en algo, ¿por qué no creer en lo que ha dado forma a nuestra cultura y a nuestra civilización? ¿Por qué no redescubrir lo que durante siglos ha sido la brújula de Occidente? Ahí está todo lo que necesitamos. No hay que inventar nada nuevo; hay Verdad en el cristianismo
Soy católico. Creyente. Pero, siendo sincero, mi fe no mueve montañas, ni casi colinas. Es real, pero débil. Confieso que la mayor parte de mi vida he vivido la fe con más rutina que entusiasmo, con más apatía que devoción. Ha habido etapas distintas, claro. Recuerdo en Camboya, trabajando con Kike Figaredo, donde sentía a Dios muy cerca, muy presente. Pero, en general, me reconozco como uno de esos creyentes tibios, que no destacan por su ardiente fervor.
Eso sí, aunque mi devoción haya flaqueado, mi convicción en que los valores cristianos son los verdaderos no se ha tambaleado nunca. El amor, la caridad, el servicio a los demás, la familia, la lealtad. No tengo duda de que estos valores son verdaderos, de que estos valores son, en esencia, el bien, y siempre he intentado que orienten mis decisiones. Otra cosa es la intensidad con la que los he vivido.
Pero algo ha cambiado. Ahora soy padre.
Tengo dos hijos, una niña de siete y un niño de tres. Ser padre te pone frente a un espejo inesperado, en todos los aspectos de tu vida, también en el de la religión. Porque ya no se trata de cómo vivo yo mi fe, sino de qué quiero transmitirles a ellos. Qué herencia quiero dejarles. Y ahí me he encontrado con una sorpresa: al intentar enseñarles, me he obligado a recuperar algo de lo mío. Al querer darles fe, me he encontrado (o me estoy encontrando) con la mía, que estaba en situación de «fijo discontinuo», como diría la Yoli.
No es que de repente me haya convertido en un iluminado, ni mucho menos. Pero aunque mi fe no sea todo lo fuerte que me gustaría, quiero que ellos sí la tengan. Porque creo de verdad en los valores cristianos. Porque sé que son los que sostienen una vida con sentido y propósito. Y quiero que mis hijos los tengan presentes en el hogar, en sus vidas, en su ser. Considero que sería un auténtico error como padre privar a mis hijos de esta profundidad.
La otra gran revelación que me ha traído la paternidad es que la fe no es solo algo bueno en sí mismo para mis hijos, sino que es casi una necesidad. Un paraguas, un escudo, una guía. El mundo actual ya está lleno de desorden, relativismo, dificultad, falta de claridad moral. 'Wokismo', relativismo, transgenerismo. Ideologías que reniegan de la realidad. Un Occidente que parece empeñado en suicidarse. Decadencia económica y social. Redes sociales que atrapan a los jóvenes y les contaminan. Despunte en todo el mundo civilizado de los casos adolescentes de ansiedad, depresión, autolesiones, suicidios.
Esto es hoy, y no me quiero ni imaginar cómo serán las cosas dentro de diez años, cuando mis hijos sean adolescentes. ¿Qué clase de mundo les espera? ¿Qué modas sin pies ni cabeza intentarán imponerles? ¿Qué discursos sin sentido encontrarán en colegios, universidades o trabajos? Ante eso, no basta con que tengan buena voluntad o buen carácter. Necesitan raíces firmes. Necesitan un norte claro. Necesitan una fe que los proteja y los oriente.
Sé que la fe no debería vivirse en clave de utilidad. Dios no es un seguro de vida ni un gimnasio espiritual. La fe es un encuentro, un amor, una relación. Y, sin embargo, no puedo evitar pensar en términos prácticos. No puedo evitar ver que, para mis hijos, la fe también es puramente útil. Que es, literalmente, el marco que perdurará, que puede darles un anclaje en medio del caos.
Y no lo digo solo yo. Basta mirar alrededor. El ser humano tiene una necesidad espiritual que no desaparece. Por eso, mientras las religiones tradicionales se debilitan, crecen como setas las sectas, las pseudorreligiones, las cábalas, las cienciologías. Los jóvenes que no encuentran sentido en la fe acaban idolatrando a gurús de TikTok, a teorías delirantes o a sucedáneos que jamás podrán darles lo que sí ofrece el cristianismo: raíces, sentido, esperanza. Porque ese vacío siempre se llena, aunque sea con basura. Chesterton lo dijo mejor que nadie: «El problema de dejar de creer en Dios no es que uno no crea en nada, sino que termina creyendo en cualquier cosa». Y es exactamente eso lo que está pasando.
Por eso me pregunto: puestos a creer en algo, ¿por qué no creer en lo que ha dado forma a nuestra cultura y a nuestra civilización? ¿Por qué no redescubrir lo que durante siglos ha sido la brújula de Occidente? Ahí está todo lo que necesitamos. No hay que inventar nada nuevo; hay Verdad en el cristianismo.
En mi caso, la paternidad me está devolviendo a la raíz. No de golpe ni con estruendos, pero sí lentamente. Me ha obligado a reexaminar mi fe y a vivirla de forma más presente. No aspiro a que mi casa sea un convento ni que mis hijos crezcan a base de sermones. Pero sí quiero que respiren la fe con naturalidad. Que sepan que la vida tiene un sentido. Que entiendan que el amor, la lealtad y el sacrificio no son palabras huecas, sino caminos que valen la pena. Que les dé raíces firmes para que no se los lleve la corriente. Que los prepare para navegar por un mundo confuso y tentador con una brújula que apunte siempre al bien.
Esa es la responsabilidad que siento como padre y que, de carambola, me está ayudando a mí.