La amenaza del panettone
Detrás de una aparente cuestión menor se esconde una profunda reflexión acerca de cómo la cultura española se defiende de las invasiones extranjeras, incluso en la gastronomía
Esta cuestión decidí no abordarla ayer, día de Reyes, porque no quería amargar la jornada a nadie con esta polémica, justo el día en que más roscones se comen de todo el año, además se registran cuestiones de alto interés geopolítico, que están en juego. Bien es cierto que nosotros no los vamos a resolver desde este rincón de El Debate. Habitan por ahí, sin embargo, lectores muy serios y concienzudos a los que no les gusta que nos deslicemos por cuestiones aparentemente baladíes como son la batalla que se está dando en España entre el roscón de Reyes y el panettone italiano. A mí no me parece tan superficial. Detrás de una aparente cuestión menor se esconde una profunda reflexión acerca de cómo la cultura española se defiende de las invasiones extranjeras, incluso en la gastronomía. Pero esto va más allá. Tiene que ver con tradiciones y cultura. Y está demostrado que primero se gana el debate cultural y más tarde se impone el hecho político. Incluso en esta cuestión.
Que conste que a mí me gusta el talento, venga de donde venga. El talento es universal y es mejor lo bueno en general que lo propio en particular. Pero vayamos al meollo de la cuestión. En noviembre en España se suele celebrar la festividad de Todos los Santos y después el Día de difuntos. Existen muchas tradiciones para ese tiempo, pero están menguando. En Galicia, por ejemplo, como todavía quedan bosques de castañas, se celebra el magosto, que es una fiesta paralela, en la que se consumen las castañas cocidas o bien asadas. Pero, de forma imperceptible, como una invasión de fauna no autóctona, se nos ha ido colando el Halloween anglosajón. El cura de mi pueblo, don Antonio Rua, buen teólogo y gran experto en historia del arte, ha hecho un juego de palabras con Halloween y dice en gallego que no entiende la razón por la que la gente abandona la iglesia y celebra el «aló ven» (allá viene en castellano). Dice que el «aló ven» es negro y trae la oscuridad, mientras que Dios es luz, es blancura, luminosidad. Él tiene razón, pero lo cierto es que la iglesia está vacía ese día y las calles se llenan de niños, y no tan niños, disfrazados de horribles personajes.
De alguna manera, la globalización nos va haciendo perder algunas de nuestras señas de identidad. Compramos lo que viene de fuera y en otras ocasiones nos inventamos tradiciones que nunca existieron. Lo cierto es que el roscón de Reyes se defiende bien. Todavía el panettone ni se le acerca. El roscón es más ligero y la alternativa italiana posee un sabor muy intenso. El roscón incluso, en la mañana de Reyes, se puede mojar en el chocolate como alternativa al clásico y castizo churro; al panettone, como no lo rocíes de un buen vino de Porto siempre sale seco.
No pretendo, como a veces creen algunos lectores, imponer absolutamente nada. Ahora bien, yo de momento me quedo con nuestra tradición. Admiro, y mucho, la cultura italiana. Ello no será argumento suficiente para cederle el próximo 6 de enero el protagonismo de nuestro clásico roscón de Reyes.