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El que cuenta las sílabasGabriel Albiac

Para lo que sirve un hombre

¿Para qué sirve un hombre? Para apostar por lo que nada sirve. Por eso a lo que podemos llamar inteligencia. Por eso a lo que podemos llamar ética. Por eso a lo cual –Platón lo intuye– debemos dar único nombre propio de belleza

Recuerdo el pasaje conclusivo de «La condición humana», novela clave, en 1933, para la generación que fue forzada a atravesar todos los engaños del siglo veinte y a envejecer junto al cadáver de sus ilusiones.

Gisors, viejo maestro que ha visto morir en la derrota revolucionaria de Shanghái a hijo y discípulos, da fórmula al aprendizaje verdadero de una vida: «No son precisos nueve meses, son precisos sesenta años para hacer un hombre… Y, cuando ese hombre está hecho, cuando ya nada queda en él ni de la infancia ni de la adolescencia, cuando es de verdad un hombre, entonces sirve solo ya para morir».

La infancia y la adolescencia, por igual estúpidas, a las que hace referencia Malraux, están marcadas por un trastrueque esencial de las ilusiones humanas. Que, al construir su apuesta sobre la transformación del mundo, pierden la sola grandeza que distingue al humano de las bestias: la potestad de no quedar petrificado en una identidad blindada y ajena al tiempo, como el insecto queda en la gota de ámbar que congeló su vuelo. Fósil de sí misma, la conciencia infantil o adolescente alza palacios de hielo en los cuales reflejar un rostro que pretende eterno y que ha mutado ya en el instante mismo de mirarlo. Y, extraviado en la escenografía de un mundo que quisiera adaptar a sus caprichos, el malamente envejecido niño o adolescente se olvida de tallarse un rostro que ajuste de verdad con su presente: el que el correr de los años le impuso. Lo que es lo mismo: pierde aún el deseo de desear ser libre, de anhelar reinventarse por encima del amorfo mundo en cada sucesiva apuesta por conocerlo todo y en todo saber deslindar los ardides.

La política es el más perseverante engaño de los hombres. Por ello mismo les regala también sus más dulces consuelos: que son, naturalmente, los más perversos. Poner la propia fe en que alguien o «alguienes», desde su omnipotencia y omnisciencia protectoras, va a salvarnos de la realidad –siempre diabólica– que nos rodea, es el modo más hermético de entregar cuerpo y alma a eso diabólico: de poner el amorfo mundo como cifra a la cual aceptamos ser ajustados. La «representación política», esa forma límite y perfecta de la «representación teatral», hace de nosotros atónitos espectadores a los que la refinada máquina escénica maravilla. Y, por tanto, esclaviza. Reímos, lloramos, abucheamos o aplaudimos a eso cuya sola realidad es la de ser una prolija red de sueños manufacturados. Luis de Góngora: «el sueño (autor de representaciones), /en su teatro sobre el viento armado, / sombras suele vestir de bulto bello». ¡La lucidez del barroco español roza el milagro!

No hay hombre joven que escape a esa seducción de lo político: que es ese engaño. No hay hombre que pueda salir de esa semi-humanidad que blindan niñez y adolescencia complacidas, no hay hombre en suma, allá donde no sean rotos los engranajes de tal máquina de alzar quimeras, bellos telones tendidos ante el abismo para mejor –la metáfora es de Pascal– abalanzarse a través de ellos hacia el vacío.

¿Para qué sirve un hombre? Para apostar por lo que nada sirve. Por eso a lo que podemos llamar inteligencia. Por eso a lo que podemos llamar ética. Por eso a lo cual –Platón lo intuye– debemos dar único nombre propio de belleza.

La política es el arte de invisibilizar el mal como criterio y arma letales. Contra la política se juega el agotador esfuerzo de no morir siendo un perfecto imbécil: adolescente o niño que ni siquiera ve sus irresueltos rasgos reflejarse en el espejo. La edad adulta es la edad de la estética. Y sí, tiene toda la razón el Gisors de André Malraux: cuando al fin ese privilegio llega, no sirve ya para nada. «Y engañarán un rato tus pasiones / dos bienes, que serán dormir y verlo». Solo Góngora.