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TribunaFederico Romero

Votar sin entusiasmo

Urge dotar a los programas de los partidos de la claridad que demanda el realismo prestado por el respaldo de una solvente esperanza de financiación. He utilizado el término «claridad» porque las vaguedades de las expresiones conducen al inútil vacío que alimentan las promesas prometidas

Una de las acepciones que propone el diccionario de la lengua española para definir la palabra entusiasmo es la de: «adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa o empeño». Como tantas otras de nuestro vocabulario, procede del vocablo griego entousiasmos, que se compuso a su vez de la unión de otros tres: en, Theou y asthma, que juntas significan «soplo interior de Dios» y que describen «una exaltación de ánimo por inspiración divina». A menos que uno sea algún fervoroso militante de un partido, arrobado por su líder por las razones que sean, ni siquiera el más partidista con carnet, alcanzaría tales cuotas de embelesamiento con su jefe. Y aún menos, desde luego, el sencillo votante, que porta su papeleta con más dudas que Hamlet dándole vueltas a la calavera, si es que no tiene los dedos de una de sus manos ocupados en pinzar sus respectivos orificios nasales, mientras la otra agita con temblor la que cumple su deber ciudadano al dejar caer el correspondiente sufragio en la ranura de la urna.

En el año que comienza, se avecinan olas encrespadas de abundantes y aburridas elecciones. Vaya por delante que todavía existen en España políticos capaces de inyectar, en los ánimos del electorado que corresponda, el suficiente combustible para mover las voluntades hacia el acudidero democrático que le hayan sido asignados. Pero el propósito de estas líneas es señalar que, el verdadero contenido de las opciones propuestas debe nutrirse no tanto del perfil biográfico/político de los candidatos, que desde luego debe completar la decisión que finalmente se adopte, como de los propósitos programados, concretados por la prioridad de los servicios públicos a prestar, su viabilidad económica, su posibilismo estratégico y, desde luego, el modelo de Estado que los motivan y de las ideas centrales que claramente los inspiran.

En una verdadera y consolidada democracia no puede entenderse la política como mercado ni, como lugar de liderazgo plebiscitario sino, sobre todo, como una confrontación de los programas propuestos y la fiabilidad de los que deben llevarlo a cabo. En suma, eso que se llamó con reiteración por un buen político cordobés de izquierda apodado «El Califa», Julio Anguita, con su cantinela: «programa, programa, programa»… Aunque lo cumpliera más o menos. Parece que, hoy en día, la política, como advertía Isaac Hernández, «más que ser un debate de ideas, se ha convertido en una selección de personal» y yo añadiría con perfiles de divo. No importan tanto los contenidos, como la envoltura de esperanzas con que se presentan, aunque no se las crean, ni los que reparten el aparente regalo. Porque ahí está el meollo de la cuestión; la perdida de credibilidad de los respectivos programas, así como las causadas por mentiras acreditadas por precedentes incumplimientos. Las proclamas electorales exigen recuperar el prestigio de su autenticidad, de su verdad.

Durante las recientes fiestas he releído a Solzhenitsin y leído la última novela de Leopoldo Panero: Morir en la arena, que describen magistralmente dos regímenes marxistas, respectivamente, tal como fueron la URSS y el cubano, aunque, hoy en día, modificados, aunque sin perder su sentido totalitario. Horroriza volver a percibir el grado de mentiras en que basaban su vivencia y su supervivencia. Aunque todavía distamos de esa clase de regímenes, es peligrosa la deriva de presentar como verdades incontestables las realizaciones que carecen de veracidad, precedidas de promesas de la difícil posibilidad de su cumplimiento. Urge dotar a los programas de los partidos de la claridad que demanda el realismo prestado por el respaldo de una solvente esperanza de financiación. He utilizado el término «claridad» porque las vaguedades de las expresiones conducen al inútil vacío que alimentan las promesas prometidas.

Pero además de ser necesaria esa credibilidad de los programas, conviene que su expresión posibilite su confrontación con los de los otros partidos en liza, de cara a imprescindibles pactos. Quiero poner como ejemplo el que se vislumbra como única solución para un eventual pacto que permita la gobernabilidad del sector del centro y la derecha. Por mucho que los respectivos dirigentes del PP y Vox practiquen los remilgos preelectorales que se muestran al acudir por separado antes de los comicios que se avecinan -desde luego con clara merma de eficacia sumadora de ambos- lo cierto es que la condena a entenderse entre sí con visos de permanencia, solo es posible convirtiendo la foto final de estrechamiento de manos en la guinda de adorno de un previo acuerdo alcanzado para realizar un programa de consenso alcanzado sobre las cesiones que mutuamente hayan de hacerse. Sirva como ejemplo el que se consiguió cuando partidos políticos tan distantes como los que integraron la Transición, que originó nuestro actual sistema democrático, puso punto final a la etapa precedente sin grandes traumas.

Dicho de otra manera: la posibilidad de una conversación entre los dirigentes visibles de los partidos, que no sé si serán compatibles, no es lo importante. El bien común para el sector que representan, depende del contenido de un programa pactado que, si no suscita el entusiasmo, al menos sí permita una razonable gobernabilidad.

  • Federico Romero Hernández es jurista