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Hay serias dudas de que la socialdemocracia tenga sentido en un futuro incierto, especialmente si consiste en un ejercicio de estéril melancolía, en mirar hacia un pasado que ya no existe para sublimar el papel real que tuvo en ese tiempo, básicamente desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Puede ser un poco como recordar una serie de la infancia: El coche fantástico parecía entonces un bólido inigualable, una proeza tecnológica y estética que además hablaba, pensaba y obedecía como el caballo de El llanero solitario; pero una revisión le acerca más al 124 quinqui de una película poligonera de Eloy de la Iglesia.

Pero dentro de la izquierda, esa es la nostalgia menos ofensiva y más entrañable, quizá incluso capaz de regenerarse para entender que, quién se lo iba a decir, congelarse en un mundo inexistente es un ejercicio reaccionario.

Mejor ser un inútil que un peligro, como lo es la práctica totalidad de la izquierda europea, y no digamos mundial, con la española sanchista a la cabeza como único ejemplo de Gobierno con comunistas, para desgracia nuestra.

Hechas las presentaciones, Socialdemocracia 21, el manifiesto sin firmas al que el exministro Jordi Sevilla ha puesto cara, es un ejercicio conmovedor de ineficacia que provocará en el sanchismo el mismo efecto que los soplidos del lobo en la casa de piedra de los tres cerditos.

Si Sánchez resiste a las derrotas electorales, el desprecio de los ciudadanos, el bloqueo del Congreso, la ausencia endémica de Presupuestos, los informes de la UCO, los varapalos del Consejo de Transparencia, el desprecio de Washington y Bruselas, las primicias implacables de unos pocos medios y las sentencias del Tribunal Supremo, ¿cómo le va a afectar que una buena persona diga cuatro verdades y un grupito clandestino las suscriba sin atreverse siquiera a poner su nombre?

La lectura más benévola de la iniciativa permite una cierta generosidad con quienes, al fin y al cabo, entonan un canto contra el guerracivilismo y el nacionalpopulismo de Sánchez, que sigue construyendo un Frente Popular Plurinacional necesariamente enemistado con la convivencia y peligroso para la democracia al muy corto plazo.

Pero no da para obviar que llegan tarde y que, desde hace una década, el PSOE ha sido una alfombra roja para un cacique, sin ninguna resistencia interna apreciable a la cadena de abusos y desvaríos que le han permitido asaltar el poder interno y el Gobierno: desde la moción de censura, origen de una alianza nefanda cuyos efectos seguimos pagando, todo ha sido en este Pequeño Atila un viaje a los infiernos que puede culminar con la demolición de la Constitución, la destrucción de la unidad y el fin de la democracia.

La incapacidad manifiesta de oponer resistencia a un vulgar matón político, cuya única virtud es la ausencia de límites morales y su parecido con el 'Gollum' de Tolkien en la búsqueda codiciosa de su particular anillo del poder, explica en buena medida su prosperidad y deja una pregunta en el aire: ¿No será quizá la desaparición del PSOE, extinguido por la falta de votos, la única manera de regenerar la democracia española?

De sus cenizas puede surgir una opción de izquierdas cabal para atender a esa clientela ideológica, pero por primera vez cabe preguntarse si el papel de republicanos y demócratas americanos o laboristas y tories británicos deben ejercerlo en España formaciones entre las cuales, por decisión propia, ya no está el PSOE.