Lo de Julio Iglesias
Los mismos que ignoran el martirio de las mujeres de Irán o Israel y no se enteran de sus acosadores, sus puteros y sus saunas han elegido ahora objetivo
Todas las revoluciones, la justicia popular, el periodismo «ciudadano» y demás inventos para desplazar el debate de los cauces institucionales terminan con sus promotores. Con Robespierre acabó su propia guillotina, a Trotsky se lo quitó de encima Stalin tras fundar la cuarta Internacional Socialista y a Sánchez lo acabarán despedazando las mascotas que ahora le rodean, transformadas en jauría para sobrevivir en el rebaño del próximo pastor.
Algo así ha pasado también, a su escala, con la persecución de los abusos sexuales y acosos de toda laya, un objetivo saludable si respeta los procedimientos, a veces tediosos, pero imprescindibles para lograr el objetivo deseado.
Aquí todo eso se ha derribado recuperando el Auto de Fe como herramienta de «justicia» rápida y eso se ha llevado por delante a los sacerdotes de esa nueva confesión, inmolados o ejecutados por haber vendido que eran los más píos, transparentes, rectos e incompatibles con todo tipo de exceso y que, desde esa atalaya moral inalcanzable para el resto se justificaba su asalto al poder sin necesidad de contar con las urnas o se impartía justicia auténtica al margen de los juzgados.
De esa guisa llegó Sánchez a La Moncloa, con un cacareo contra la corrupción que hoy suena a El estrangulador de Boston dando lecciones de fisioterapia; o los, las y les feminoides verticales, hoy sepultados, sepultadas y sepultades por las andanzas de Salazar, las sobrinas de Ábalos, las manitas de Errejón y las saunas de Begoña. Caen por el monstruo que ellos mismos han creado, simbolizado en la creación de un 'Tribunal Popular', al mando del juez Martín Pallín o Pillín, que dictó su propia sentencia contra Ayuso cuando los juzgados de verdad desmontaron la acusación de asesinato por el trágico impacto de la pandemia en las residencias madrileñas.
Pero no aprenden. Ahora lo mismo que han sufrido ellos se lo aplican a Julio Iglesias, que al ser percibido ya de entrada como un peligroso capitalista, facha, americano y heterosexual sí vale como diana de otra fatwa: que se defienda el artista, si puede, pero el linchamiento obsceno por si acaso seguirá siendo lamentable incluso en el caso de que acabara siendo culpable, que habrá que demostrarlo.
La ceremonia cínica de toda la tropa que se calló lo más grande cuando en el despacho de al lado colocaban a meretrices, el jefe vivía en Pozuelo gracias al dinero de su suegro proxeneta y un alto cargo de La Moncloa se frotaba el níspero en los hocicos de una empleada ha estallado con Iglesias para tapar que, una vez más, silencian lo importante: en Israel, los terroristas violaron y asesinaron a cientos de mujeres mientras bailaban en un festival por la paz.
Y en Irán, millones de ellas se destapan la cara y desafían al turbante del ayatolá, sin el respaldo siquiera moral de los flotilleros de la flotilla naval y parlamentaria. Tampoco las señoras de Venezuela han tenido mejor suerte que los señores: para los aguerridos humanitarios a tiempo parcial, los presos políticos son simples, «retenidos» pero Nicolás Maduro ha sido «secuestrado».
Todavía tendrán el cuajo de decir que lo importante es un tipo de 80 años al que denuncian, un lustro después, por algo que o no existió o existió y solo le califica a él mismo, pero en todo caso es irrelevante al lado de este burdo ejército de revolucionarios fijos discontinuos con la misma sensibilidad hacia las mujeres que el suegro de Pedro Sánchez por sus empleados. Y empleadas.