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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Ahora, Julio Iglesias

Los medios pedristas han decidido que la corrupción, el patriarcado en los partidos progresistas y la irrelevancia de España en el concierto internacional eran asuntos asaz aburridos y se han relamido de una investigación periodística que parece el nuevo Watergate de Punta Cana

Las mujeres que son violadas, torturadas y asesinadas en Irán importan un rábano. Las prisioneras de Maduro abusadas en sus centros de tortura La tumba o El Helicoide, paparruchas. Las que han tenido que ver a sus verdugos salir de la cárcel antes de tiempo por la ley podemita, un accidente en el camino. Incluso las compañeras socialistas que, según el testimonio de las acosadas, soportaban humillaciones y cómo se cerraba la bragueta Paco Salazar en su cara, unas quejicas. Las prostitutas que se jugaban a los chinos Ábalos y Koldo, una degeneración de un ministro cuya vida privada nadie conocía. Las mujeres y hombres de las saunas del suegro de Pedro, reliquias del pasado. Las niñas violentadas en los centros de internamiento baleares o las que dicen haber sufrido agresiones por parte del marido de Mónica Oltra, gotas en el océano feminista de la izquierda. Pero unas denuncias todavía por investigar de hace cinco años de unas empleadas en República Dominicana o las Bahamas del fachistoide Julio Iglesias, una cuestión de Estado. Es más: una cortina de humo para La Moncloa que, sorpresa, interpela además a una figura internacional que ha tenido la osadía de escribir con los renglones torcidos de la derecha, pero cuyo derecho a la presunción de inocencia hay que proteger. Nos va el nuestro en ello.

Las teles del régimen se han apresurado a cambiar la programación no para informar de que Ada Colau, la Barbie y Yolanda Díaz han embarcado en una flotilla camino de la antigua Persia para denunciar la represión. Ni siquiera para contar cómo Irene e Ione se han encadenado en el aeropuerto de Teherán para mostrar su asco por la dictadura machista de los ayatolás. Los medios pedristas han decidido que la corrupción, el patriarcado en los partidos progresistas y la irrelevancia de España en el concierto internacional eran asuntos asaz aburridos y se han relamido de una investigación periodística que parece el nuevo Watergate de Punta Cana.

Dos mujeres, empleada de hogar y fisioterapeuta, han denunciado al cantante ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional por agresión sexual y trata de seres humanos. A mí que sea la Audiencia Nacional, si las diligencias prosperan y no son archivadas, la encargada de la instrucción me parece una buena noticia, porque es un tribunal competente y serio, en general alejado de los jurados populares televisivos. Adelante con los faroles si nuestro intérprete más universal ha cometido algún delito. Solo faltaría. Lo que está claro es que este sobrevenido movimiento Me Too encaminado a cancelar a un artista internacional poco afecto a la izquierda, como pasó con Plácido Domingo, es sospechoso, pero no invalida que si Iglesias ha sido responsable de algún ilícito penal caiga sobre él todo el peso de la ley. Era cuestión de tiempo que un señor que ha labrado su carrera al margen de los cánones zurdos fuera pasto de los sacerdotes de la moral sanchista. Por eso siempre ha sido criticado por sus méritos artísticos, sus manejos económicos o su condición de seductor. Era presa fácil.

No cuestionaré que las denunciantes hayan dado un paso al frente un lustro después. Pero hay que tener mucho cuidado con estas tablas rasas que destrozan la vida de las personas y que, en muchas ocasiones, no pueden sostenerse con pruebas consistentes. He leído lo que publica Univisión y eldiario.es y los testimonios son sobrecogedores y describen al cantante de La vida sigue igual como un auténtico monstruo. Rigor y pruebas son necesarios para dibujar tamaño lienzo de la vida del octogenario Iglesias, ya que si ve sus derechos vulnerados tiene fuerza legal para llevarse por delante a todos los que han participado en esta operación.

Julio, una auténtica parábola de la evolución de nuestra sociedad desde el tardofranquismo hasta nuestros días, tiene el derecho a defenderse y convendría que lo hiciera ya en términos públicos, a la espera de que lo haga también ante la ley si termina el caso en una investigación formal. Desconozco si son ciertos o no los relatos, pero hay que estar muy seguros para ponerlos sobre la mesa –lo digo por los periodistas y por quienes dan sus testimonios tras nombres falsos. Ojalá esto no sea una nueva maniobra de distracción para que la fofa sociedad española se entretenga con carnaza televisiva mientras el país entero está ardiendo. Porque si es así no se puede caer en mayor inmundicia. Pero si estas narraciones terroríficas ocurrieron en las mansiones de Julio, que el denunciado purgue sus responsabilidades por encima de la turbamulta escandalosa de la doble moral de la izquierda, que también aquí se le ven las costuras.