¿Cuándo sale la flotilla rumbo a Irán?
Qué fácil ser antifascista en un país de la Unión Europea, sometido a toda clase de contrapesos. Y qué fácil fingirse comunista en un lugar donde los supermercados están llenos
Hay dos diferencias fundamentales entre Donald Trump y Pedro Sánchez. La primera es que Donald Trump ganó las elecciones de su país (y con holgura). La segunda es que está cumpliendo buena parte del programa con el que se presentó a las elecciones, lo cual es todo un avance. Aquí nos gobierna un individuo que perdió las elecciones y que legisla con las propuestas de otros, la mayoría procedentes de partidos que desean salir de España.
Si algo bueno está trayendo la proactividad de Trump, es que está retratando semanalmente la verdadera naturaleza de la izquierda española. Sacó de Venezuela al dictador Maduro y al rato salió Antonio Maestre –tertuliajo habitual de la cuota zurda– diciendo que «el mayor error del Gobierno» de estos años «ha sido haber sido tan laxo con la concesión de asilo» a los venezolanos. Todos llevamos un xenófobo dentro, solo hay que pulsar la tecla adecuada para que salga. A cierta izquierda le gustan los inmigrantes solo cuando van subidos al Open Arms. Si vienen con Levi's e ideas contrarias al comunismo, prefieren tirarlos al mar.
Superado ese disgusto, comenzaron las protestas en Irán, donde los muertos se cuentan ya por miles incluso en las estimaciones más prudentes. No se ha visto a la izquierda radical condenar todavía este asunto, quizá porque durante mucho tiempo financió sus aventurillas mediáticas. Tampoco se ha visto a Inmaculada Colau ni a Barbie Gaza pedirse el día para coger un barco en dirección a Irán, lo que nos carga de razones a los que pensamos que la izquierda practica lo que en este periódico llamamos «feminismo de piquito», que consiste en manifestarse por Jenni Hermoso y pasar de las mujeres de Teherán.
Sirva esta triste ironía para denunciar lo de casi siempre: que es muy fácil ser feminista en un país como el nuestro, donde puedes vestir como te dé la gana, ir a la escuela, conducir... Es fácil invocar los derechos de la mujer aquí en España, donde hasta en los pleitos hombre-mujer la carga de la prueba recae a menudo sobre el acusado varón y no al revés, como obliga el Derecho más elemental.
Es fácil pasar por antifascista en un país de la Unión Europea, sometido a toda clase de vigilancias y contrapesos. Es fácil fingirse comunista en un lugar donde los supermercados están llenos incluso en pandemia. Y es facilísimo apoyar a la izquierda caribeña cuando ni te oprime ni te mata de hambre, como en Cuba y en Venezuela, 'paraísos' donde nunca vieron a Pablo Iglesias comprarse un chalet de un millón de euros (por lo que sea).