Óscar Puente, disculpe las mejoras
Ni los trenes vivían su mejor momento, como con tono provocativo alardeaba, ni era menester colgar en las estaciones un indignante cartel que rezaba «disculpen las mejoras», ni su presencia en la vida pública es entendible
La tragedia ferroviaria de anoche ha obligado a suspender la reunión que iban a mantener Pedro Sánchez y Núñez Feijóo. Tiempo habrá de analizar las causas de un accidente terrible que, me temo, podría haberse evitado. Aunque es evidente que Óscar Puente no es el responsable directo de lo sucedido, no lo es menos que ha desatendido el mantenimiento de la infraestructura, que dedica todas las horas de su vida a insultar y acosar a discrepantes, que tira de un tono macarra incompatible con su papel institucional y que desatiende las obligaciones que tiene como gestor. Todo ello le coloca en una posición insostenible. Ni los trenes vivían su mejor momento, como con tono provocativo alardeaba, ni era menester colgar en las estaciones un indignante cartel que rezaba «disculpen las mejoras», ni su presencia en la vida pública es entendible si no fuera porque encaja perfectamente con el paisaje de degradación y sordidez de la política española. Si a ello añadimos que su antecesor duerme en la cárcel, tenemos un lienzo abracadabrante del transporte en un país, antaño envidia de medio mundo.
Puente es parte de la degeneración institucional que vivimos. Hoy, casi un año después, el líder del segundo partido en España iba a recibir al presidente de la formación que ganó las elecciones. En un país medianamente normal y con reglas democráticas, sería al revés: el vencedor convocaría al segundo; el primero como presidente y el visitante como jefe de la oposición. Así fue siempre en una nación llamada España, con políticos maduros y altura de Estado, hasta que Sánchez creó una galaxia tóxica en la que nadie está en el lugar que merece. El primero él y después Puente. Fundó un régimen basado en la mentira donde la moral pública ha desaparecido. Una galaxia en la que el presidente no se habla con la persona que encabeza el otro partido sistémico, aquel del que recibió el poder y al que, probablemente, tenga que traspasarlo en la siguiente legislatura. Si las encuestas aciertan.
El Sánchez más débil desde hace casi ocho años abre en estos días una ronda con líderes políticos. Ha excluido a Santiago Abascal –aunque tampoco acudiría–, que representa a tres millones largos –y en ascenso– de españoles. Nada nuevo. Respeta más a los amigos de terroristas –o directamente terroristas como en el caso de Arnaldo– y a los delincuentes sediciosos condenados por el Tribunal Supremo que a los ciudadanos que votan a una lista donde no hay convictos, ni expresidiarios, ni forajidos de la justicia. En teoría recibirá a los portavoces parlamentarios para que convaliden el envío de tropas españolas a Ucrania. Tropas que no irán a ese país arrasado por un sátrapa hasta dentro de mucho tiempo porque ni se dan las circunstancias en el campo de batalla ni tiene avales para ello ni estamos en ese momento procesal. Pero todo vale para encubrir el detritus que anega Moncloa.
Pedro le iba a pedir a Feijóo que le respaldase en un trágala ya conocido: como sus costaleros llevan sus obsesiones ideológicas hasta el final –pasando por el apoyo a un tirano como Putin– y no le van a prestar sus escaños para ese despliegue ahí están «estos fachas», «liderados por un amigo de narcotraficantes», que «están entregados a la ultraderecha», para sacarle las castañas del fuego que queman más que las manos achicharradas de Pilar Alegría y Marisu Montero. Lo excéntrico de la cita ahora suspendida es que no es motivada para consensuar la posición de nuestro país en Venezuela, o en Groenlandia, o en Irán. O en todos ellos. Nada tiene que ver con el momento geoestratégico. Así ocurrió con la posición común en el Sahara, que Pedro hizo saltar por los aires. Extemporáneamente ahora el problema para Moncloa es que el jefe pueda ir con un señuelo a Bruselas, donde ya le han tomado la matrícula de su negativa a aumentar el presupuesto en Defensa. Y quiere que Ursula le pase la mano por el lomo por lo aplicado que es pensando ya en las fuerzas de paz que enviará España cuando Putin saque sus garras –si es que lo hace– del país de Zelenski.
Las relaciones entre Sánchez y Feijóo son equiparables al frío polar de Groenlandia. Pues a pesar de todo ello, y aunque el cuerpo indignado de la gente que sufre el sanchismo prefiera que el líder popular mande a freír espárragos al presidente del Gobierno, la razón institucional obliga a Génova a no faltar a esa cita cuando esta se retome. Conviene no olvidar que el líder del PP fue el primer jefe de la oposición que, en sede parlamentaria, le espetó al presidente del Gobierno una de las acusaciones más gordas que se han oído en el Congreso y que desmienten el mantra de la «oposición blanda» del PP. Feijóo le recordó en su cara que había sido «partícipe a título lucrativo de la prostitución», en alusión a los negocios de su suegro. En unos días, el que escuchó y no pudo desmentir esas palabras, tendrá que recibir a quien le recordó su oprobioso pasado. Valoren quién es moralmente el derrotado.
Para luchar contra los Sánchez y los Puente hay que mantener el decoro de las instituciones y una manera de hacerlo es distinguirse de ellos. Es fundamental. Como lo es que el ministro de Transportes se vaya inmediatamente a casa. Él no ha parado de pedírselo a Mazón. Su soez dedo tuitero es un insulto para las pobres víctimas de anoche. Sus familias no se merecen un Gobierno como este.