Mienten, insultan, atracan y todo eso mata
Todas las vergüenzas del sanchismo están reflejadas ya en una vía rota que se llevó por delante a 45 inocentes
En cualquier país civilizado, Óscar Puente no sería ya ministro y, de empeñarse en continuar en el cargo Pedro Sánchez, sus propios socios le exigirían la dimisión. Ya pueden activar toda la propaganda oficial, con una cadena pública tan volcada en convertir un accidente previsible en un infortunio inesperado como, en otros casos, en saltar del terreno de la responsabilidad directamente al del crimen con Mazón, Ayuso o Moreno, que los hechos no cambian.
No hace falta esperar a ninguna explicación técnica, mediante un informe que puede tardar un año; ni tampoco a una conclusión judicial, que se demora aún más; para que por razones de elemental respeto a los fallecidos y al conjunto de los ciudadanos el responsable del tren descarrilado con 45 muertes evitables presente su dimisión.
Basta con recordar lo que dijo el ministro equivalente de Grecia cuando, hace dos años, una tragedia similar se llevó por delante a 57 personas: «Dimito de mi cargo como ministro de Infraestructura y Transporte como un pequeño gesto de respeto a las personas que han muerto tan injustamente. Asumo en primera persona la responsabilidad de las deficiencias del Estado y el sistema político griego durante años (…) Cuando algo tan terrible ocurre, no podemos seguir actuando como si nada».
Las dimisiones no son un reconocimiento de culpa criminal, sino un gesto de respeto insoslayable para enviar un mensaje a la ciudadanía, de decencia y responsabilidad, que no ponga bajo sospecha al propio sistema entero y le haga dudar del conjunto de las instituciones y de sus representantes: si tras algo así no pasa nada tampoco, el abismo entre la calle y los gobernantes se amplía hasta extremos peligrosos y la antipolítica medra para llenar ese inmenso abandono.
Pero es que en este caso, además, han mentido y también se ha atracado, en un sentido metafórico o quizá incluso formal. La obscena mentira ha consistido en diluir las causas del accidente en un laberinto de sospechosos verosímiles para esconder la evidencia: que un tren no pude descarrilar y otro chocar contra él porque una vía esté rota, nadie la revise a tiempo y nada ni nadie avise con antelación para suspender la circulación.
Puente ha mentido porque Sánchez ha mentido, uno de manera activa en inagotables comparecencias, tan extensas como vacías y tramposas, y el otro por omisión, desapareciendo de la escena para simular que la cosa no iba con él. Han mentido sobre la reforma de la línea, sobre los controles, sobre las causas probables, sobre la naturaleza de los avisos previos que recibieron y, finalmente, sobre la respuesta preventiva y reactiva a todo.
Y han atracado, entre insultos soeces y apelaciones a los bulos que solo ellos perpetran, porque este Gobierno ha sido el más rico de la historia, por la conjunción de una recaudación fiscal confiscatoria sin precedentes, y un maná europeo a través de los Fondos Next Generation. Y todo eso ha servido, sobre todo, para engordar un Gobierno mastodóntico e inútil, para contentar a los arrendadores de la Presidencia a título de enemigos de España, para aumentar el Parque Temático del Exceso que es la industria política española y para desarrollar un sistema clientelar que intercambia votos por subvenciones, subsidios y ayudas.
Pero no para que algo tan rutinario como subirse a un tren no te cueste la vida por la cadena de negligencias, olvidos e incompetencias de un Gobierno ilegítimo definido por un Ministerio que, mientras se le rompían las vías, miraba para otro lado, concentrado en las mamandurrias de Ábalos, de Cerdán, de Zapatero y de toda la corte de malandrines que, de una forma u otra, también son responsables de esta tragedia. Ya no podían salir a la calle; ahora no podrán mirarle a los ojos a la gente ni desde una azotea.