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El observadorFlorentino Portero

Y España qué

La desaparición de nuestro país de las mesas de negociación, la pérdida de autoridad de nuestro gobierno –empantanado en un conjunto de crisis en el que la incompetencia se combina con la corrupción–, y la deriva antidemocrática y anticonstitucional de la mayoría parlamentaria relegan a España a la irrelevancia

No defraudó. La semana pasada ya tiene su nicho en la historia. Lo inimaginable ocurrió. Después de amenazas y desprecios de todo tipo, Trump se echó atrás. Había un precedente: China. Sus propuestas arancelarias quedaron en muy poco a la vista de la dependencia norteamericana de determinadas materias primas, en gran medida controladas por Pekín. Aun así, reconozco que no esperaba semejante 'espantá' en la arena europea, con el caso de Groenlandia como eje de la tensión. Había llegado demasiado lejos como para dar marcha atrás. Y esa continúa siendo la clave de la situación, no ya de los objetivos norteamericanos, sino del futuro de la relación trasatlántica.

Aunque no tenemos el texto del preacuerdo, todo apunta a que lo conseguido por Estados Unidos es lo mismo que hubiera logrado solicitándolo por medios diplomáticos ordinarios. Nadie cuestiona que el Ártico se está convirtiendo en un teatro de operaciones de alto valor estratégico. Tampoco que los groenlandeses solos no pueden asumir la responsabilidad de asegurar su territorio, aguas de soberanía, zona económica y rutas colindantes. Dinamarca puede reforzar, pero no mucho más. Tiene que ser la OTAN, con los norteamericanos a la cabeza, quien asuma esa responsabilidad.

Lo relevante en términos históricos no es que se haya llegado a un principio de acuerdo sobre Groenlandia, sino que los europeos y Canadá hayan reconocido que Estados Unidos no es, de hecho, un aliado, sino un rival irresponsable. En la singular psicología de Trump es conveniente humillar a propios y extraños para lograr sus objetivos. En el mundo real, en la política internacional de todos los tiempos, las grandes potencias necesitan contar con el apoyo de aliados y amigos para poder alcanzarlos. Trump está volando lo que costó décadas levantar para beneficio de todos, pero muy especialmente de Estados Unidos.

El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha sintetizado esta situación en un inolvidable discurso en Davos. Tras siete años como gobernador del Banco de Canadá el actual premier reconoció el fin de un tiempo –el orden liberal internacional y la Alianza Atlántica– y la necesidad de que los estados occidentales nos reorganicemos ante el giro norteamericano. Ello implica tanto nuevos desarrollos institucionales como aprender a triangular entre las grandes potencias. Tras el acuerdo de la Unión Europea con Mercosur llega ahora uno nuevo con India. Carney viaja a China para equilibrar sus relaciones. Tenemos que aprender de India o del área de ASEAN a buscar equilibrios, pues el vínculo trasatlántico, tal como lo conocimos, se rompió definitivamente. Trump se ha revuelto amenazando con aranceles estratosféricos a Canadá, pero ya veremos en qué queda su último subidón de adrenalina. Nadie ha hecho tanto por China queriendo debilitarla como Trump.

Los dirigentes europeos asumen la nueva realidad y comienzan a tomar medidas. Las reuniones se suceden y nadie cuestiona, ya que hay que tomar medidas radicales. Con prudencia y administrando los tiempos, pues la debilidad europea es palpable, pero con decisión. De no hacerlo la decadencia europea, de sus instituciones y de sus estados, está garantizada.

En estas circunstancias ¿Dónde está España? Lo que pase en Europa será determinante para nosotros, pues son muchas las competencias cedidas a la Unión y solos careceríamos de capacidad de influir o defender nuestros intereses. La desaparición de nuestro país de las mesas de negociación, la pérdida de autoridad de nuestro gobierno –empantanado en un conjunto de crisis en el que la incompetencia se combina con la corrupción–, y la deriva antidemocrática y anticonstitucional de la mayoría parlamentaria relegan a España, sin duda uno de los estados más importantes del Viejo Continente, a la irrelevancia. Lo que ocurra será fundamental para nosotros, pero no estamos defendiendo nuestra posición, entre otras razones porque no la tenemos. El grado de descomposición política al que nos ha llevado el partido socialista ha concluido en la inexistencia de un núcleo programático de nuestra acción exterior.

Como muy tarde en agosto de 2027 habrá elecciones generales en España, aunque son muchos los que piensan que Sánchez no podrá superar el verano del 26. El gobierno resultante de una futura mayoría parlamentaria tendrá ante sí una labor hercúlea para reconstruir nuestra acción exterior y devolver a España a la posición de liderazgo en asuntos europeos que le corresponde por su historia, tamaño y economía. La tentación de algunos será centrarse en la reconstrucción de la escena nacional. Sin embargo, eso no será suficiente. O el futuro gobierno es capaz de actuar en ambos frentes o no estará a la altura de las circunstancias.