Chapuza y trampa para salir del paso
Regularizar las vidas de personas que están ya trabajando aquí y contribuyendo puede ser positivo, hacerlo a lo Sánchez resulta inaceptable
Vuelta a la tortilla. España ha pasado de ser un país de emigrantes a convertirse en un gran receptor de inmigrantes, en el que viven 9,3 millones de extranjeros que no han nacido aquí, entre ellos, un millón de rumanos y casi otros tantos marroquíes (reconocidos, pues en realidad son más).
Desde la Reconquista y el Descubrimiento de América, los españoles siempre nos hemos movido en busca de una vida mejor, sobre todo porque las penurias acuciaban. A finales del siglo XIX y comienzos del XX se produjo una masiva emigración a Hispanoamérica. Todavía hoy, por ejemplo, casi todos los gallegos tenemos el clásico «primo» argentino, o venezolano. Desde finales de los cincuenta hubo una segunda ola de emigración, esta vez rumbo a Europa. Pero España despegó económicamente, las tornas se invirtieron y desde finales del siglo pasado somos receptores de inmigrantes, con una África que vive una explosión demográfica, pero que no arranca del todo, y con un descontrol en nuestros lindes marítimos, agravado por un Gobierno y una UE incompetentes al respecto.
A mediados del siglo XX, en mi ciudad natal, La Coruña, era tan inusual contar con vecinos de color que se hizo popular un vendedor apodado El Negro de las Corbatas. Lo mismo ocurría en casi todas las localidades españolas. El paisanaje era homogéneo, «los de toda la vida». Nunca volverá a ser así. Para lo bueno: alivio demográfico, asunción de tareas que ya no queremos desempeñar, empujón económico indudable. Y también para lo malo: problemas de integración, saturación de servicios sociales, y delincuencia, en especial crímenes machistas, bandas pandilleras y narcotráfico (incluido el que no vemos tanto, el de cuello blanco y dinero a espuertas que calienta el mercado inmobiliario VIP).
En el café de la glorieta de Quevedo al que acudimos cada mañana todos los dependientes son hispanoamericanos. Con el servicio doméstico de mis amigos y familiares sucede lo mismo en el 90 % de los casos (y con plena satisfacción casi siempre). El jefe del pelotón que llevó a cabo nuestra última mudanza era un eficaz marroquí. Varios bares castizos de Madrid tienen ahora dueños chinos, que combinan la tortilla y la ensaladilla con arroz tres delicias. El manitas que nos cambió la puerta cuando nos robaron en el piso hace tres años era polaco (y los chorizos, también eran foráneos, según la Policía Nacional, que no rascó pelota y jamás resolvió aquello). Los conductores de los VTC son casi todos guiris, algunos con problemas idiomáticos patentes. Ves una brigada de currantes en una obra de Madrid y los españoles son una rareza, una especie en vías de extinción
Nos guste o no, esa es la España de hoy. Y repito: no va a cambiar. Por eso entiendo el punto de vista de la Iglesia española cuando explica que ve bien regularizar a personas que no tienen papeles, pero que ya están trabajando y prestan un servicio a la sociedad española con su esfuerzo.
Pero una cosa es cuidar la dignidad de los que llegan y aceptar a los que aportan y quieren integrarse, y otra muy distinta es lo que acaba de hacer Sánchez: sacarse de la chistera la regularización de medio millón de personas (cifra que han soltado al albur, pues ni siquiera saben la real), con el claro objeto de levantar una cortina de humo que distraiga de sus catastróficas responsabilidades en los accidentes de Adamuz y Barcelona.
No se puede regularizar a medio millón de personas sin pasar por el Parlamento. No se puede hacer eso sin una memoria económica que calcule qué va a suponer a las arcas públicas en concepto de sanidad, educación y servicios sociales. No se puede anunciar el tema alegremente sin tenerlo cerrado, pues ni siquiera está claro a qué se refieren cuando dicen que no podrán tener antecedentes penales (¿aquí o en sus países de origen?).
No se puede ignorar que vas a generar un auténtico efecto llamada. No se puede vender que eres el más guay y solidario del mundo cuando en el acuerdo con Podemos va implícito que a cambio los comunistas permitirán que Sánchez dé a Cataluña las competencias en inmigración, al dictado del superxenófobo Puigdemont. No se puede jugar al electoralismo con algo tan importante, pues Sánchez sabe que abriendo la puerta de este modo anima el voto a Vox a costa del PP.
Y, sobre todo, no se nos puede imponer este trágala improvisado en un momento en que el caos con la inmigración y la adaptación a nuestro modo de vida se ha convertido en uno de los debates capitales que más preocupan a los ciudadanos de aquí y de toda Europa.
Cada persona es un mundo y seguro que muchísimos de los que viven entre nosotros sin papeles se los merecen y acabarán siendo unos españoles magníficos. Pero también es seguro que entre ese medio millón hay gente que debería ser devuelta de inmediato a sus países de origen.
Trampas y chapuzas con todo. También con esta regularización fantasmagórica, de la que en realidad no nos han dado ni un detalle y que se va a fumar al Parlamento, sede de la soberanía nacional.