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Pecados capitalesMayte Alcaraz

Un funeral con el Rey y no una vergüenza de Estado

Somos el país que llevamos el Evangelio a todo el mundo y la izquierda española intenta que acabemos con ese luminoso pasado y con todas nuestras tradiciones. Ya es hora de que alguien la pare; han tenido que ser precisamente las dolientes víctimas

«Para enterrar a los muertos como debemos / cualquiera sirve, cualquiera... menos un sepulturero.», nos dejó rimado León Felipe. Pedro Sánchez, sepulturero a tiempo completo, iba a enterrar un suceso trágico, sobre el que su Gobierno tiene demostradas responsabilidades, con otra pantomima para este sábado que ha terminado suspendiendo. ¿Por qué? No porque las víctimas no pudieran acudir, sino porque muchas no querían compartir espacio con unos políticos a los que culpan de su desgracia. Y desde Moncloa se olieron la situación: Su Sanchidad iba a ser objeto de las protestas y había que evitar otro Paiporta.

El funeral, este sí de verdad, se va a celebrar mañana en el Palacio de Deportes Carolina Marín de Huelva, adonde será llevada la patrona onubense, la Virgen de la Cinta, ya que era imposible albergar a todos los asistentes previstos en la Catedral de la Merced. Don Felipe y Doña Letizia estarán donde tienen que estar, fuera de la agenda delirantemente ideológica del Gobierno, pero al lado de los que sufren, aquellos que no quieren ni ver al Ejecutivo socialista. En el pabellón deportivo se podrá rezar, como hacen las grandes naciones por los fallecidos que les han arrancado. Son las víctimas y sus familias las que tienen que decidir qué clase de tributo hay que organizar por el alma de sus seres queridos. Solo faltaría que el Gobierno –como perseguía– lo imponga, contra la opinión de los desgraciados deudos, guiado por sus obsesiones ideológicas y por el resentimiento contra la Iglesia católica, que reúne a más de la mitad de los españoles.

El homenaje que tenemos que dar a los damnificados por la negligencia de Pedro Sánchez y Óscar Puente no podía ser diseñada por los propagandistas de Moncloa, que lo único que querían era tapar sus vergüenzas. Las víctimas ya se habían maliciado la clase de «evento» que les iban a imponer. Tuvimos buena prueba de ello con la pandemia o la dana: un acto frío, gélido, sin sentimiento, revestido de una atmósfera aséptica, como si se tratara de la entrega de distinciones administrativas de un ministerio. Estaba cantado que en el caso de Valencia se organizó para dejar lo más expuesto posible a Carlos Mazón –que recibió los gritos de las víctimas, lo que precipitó su renuncia– y ahora la intención era justamente la contraria: esconder a Sánchez. Pero no han conseguido montar una cápsula de seguridad que pueda salvaguardarle de la indignación que provoca allí por donde pasa.

Dice Pedro –y miente– que tiene que suspender lo que llaman «funeral de Estado por las víctimas de Adamuz» porque hay algunas de ellas que no podían asistir. Ya sabemos lo que eso significa. Cuando dices víctimas quieres decir Gobierno. Cuando simulas respeto quieres decir intento de que el presidente no sea abucheado, que sea el nuevo Mazón. Para tributar un homenaje a las víctimas estamos todos convocados mañana en distintos templos. La Almudena será uno de ellos, donde habrá sentimiento, liturgia, belleza ante la desolación, palabras cálidas, fe. Eso que odia este gobierno y estaba decidido a cambiar por una vergüenza laica.

El Estado, en su más amplio sentido, con su Monarca y esposa a la cabeza, tiene todavía la sensibilidad suficiente para no ofender al sentir general. En Huelva vamos a ver a una nación, con todos sus atributos y dignidades, recordar a carne de su carne, a las personas inocentes que murieron probablemente por decisiones políticas o falta de ellas en la red ferroviaria, otrora un orgullo nacional. Sentiremos emociones envueltas en un rito milenario. Lo que Sánchez proyectaba era la demostración de su ignorancia supina, su indigencia cultural, su mala fe (nunca mejor dicho), esa que se esconde tras ese argumento de la aconfesionalidad de nuestro Estado. Cómo olvidar la puesta en escena huera del acto en el Palacio Real por los muertos en la Covid. No hubo allí, ni en la de Valencia, ni una alusión espiritual ni religiosa.

Somos el país que llevamos el Evangelio a todo el mundo y la izquierda española intenta que acabemos con ese luminoso pasado y con todas nuestras tradiciones. Ya es hora de que alguien la pare; han tenido que ser precisamente las dolientes víctimas. Eso sí, erre que erre, va a enviar a Marisu Montero para que siga haciendo campaña «a codazos». Igual se lleva ella lo que estaba destinado a su jefe.