Un Quequé en La Moncloa
El caso del humorista sin gracia como metáfora del sanchismo
Quequé es el apodo de Héctor de Miguel, un humorista metido a informador, que en la escala está al menos un peldaño por encima de tanto activista disfrazado y reclutado para masajear a Sánchez e intentar hacerle pensar a la gente que, si el Líder atropella a una señora embarazada en un paso de cebra, la culpa es de ella por cruzar como una loca.
Está por encima porque siempre es mejor provocar una sonrisa que vergüenza, que es mejor que dar asco, aunque de vez en cuando se junta todo y sale alguno de los iconos de estos tiempos de cólera en los que usted también está pensando: esos que en el accidente de Córdoba creen que la primera víctima es el pobre Óscar Puente y que alertan contra la ultraderecha, pero aplauden que Pedrito, endémico perdedor y eterno tramposo, le alquile la Presidencia a Junts, que sufre brotes ocasionales de racismo clásico y constantes de hispanofobia, pero es «mayoría de progreso».
Dedicarle a Quequé unas líneas puede parecer un esfuerzo tan absurdo como apuntarse a un cursillo de cocina con insectos y tan baldío como hacerle ver a Ione Belarra que su heroica regularización de 500.000 inmigrantes la acerca a colmar las aspiraciones xenófobas de Puigdemont, que quiere las competencias para echar de Cataluña al que guste, y encaja mal con su desprecio por los ocho millones de venezolanos desterrados por el chavismo, para los que nunca tiene un recuerdo.
Pero tiene su interés porque el pobre Quequé, sin pretenderlo, ayuda a entender los mecanismos de actuación del ecosistema sanchista: primero se equivocan, luego ofenden, más tarde desaparecen y por último le echan la culpa a alguien, generalmente al fascismo, ese gigante imaginario contra el que pelean todos estos quijotes de saldo.
Aquí el susodicho hizo chistes con los muertos de la tragedia ferroviaria, con la doble intención de denigrar a Nacho Abad y, de paso, a Íker Jiménez y a servidor, que al parecer somos el Eje del Mal por decir lo que nos parece y poder demostrarlo. Y ya de paso se invertía la carga de responsabilidad para que Óscar Puente pareciera la víctima de una campaña y no el responsable de una catástrofe y de una ristra de mentiras tan obscena como una entrevista de Silvia Intxaurrondo, otra Quequé mejor camuflada.
El epílogo de esto ha sido el abandono de sus funciones del tal Quequé y la victimización que él, y otros como él, se ha concedido, con alipori de los espectadores: o sea que es él quien utiliza los cadáveres, quien se postra de felpudo voluntario para el malo de la película, quien insulta a periodistas distantes del Régimen y quien, tras la reprobación general, se marcha o le echan de su trabajo, ¿y es la ultraderecha quien se cobra la pieza?
Quequé es solo un síntoma y una mala copia del proceder germinal del propio Sánchez, que ha hecho lo mismo desde el primer minuto, y por eso el caso del gracioso sin gracia tiene gracia: el actual presidente también justificó y justifica su asalto al poder en nombre de la inaplazable derrota de un enemigo imaginario incompatible con la democracia; también insulta, persigue y desprecia toda disidencia y también, al final del camino, culpará a los demás de las consecuencias de sus propias decisiones. Que haya un lerdo con micrófono es el pan nuestro de cada día, pero que uno parecido tenga el BOE es un peligro público.