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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Springsteen contra Trump

Tampoco habría estado mal que ya de paso hubiese compuesto otra canción protesta contra su amigo Obama, que tanta decepción dejó

Bob Dylan, el más talentoso y también el más listo, escapó espantado cuando la izquierda quiso convertirlo en hombre-pancarta tras escribir algunas canciones protesta. Se hizo eléctrico, psicodélico, moderno –y drogota– y se ganó la furia de la progresía. En 1965, se presentó con su flamante versión de gato erizado en el Festival de Newport, la meca de los cantautores de monserga y guitarra de palo. El cabreo fue tal que el santón folk Pete Seeger gritaba desesperado: «¡Dadme un hacha y le corto el cable!». Seeger no había entendido que los tiempos estaban cambiando. Siempre están cambiando. Aunque las pasiones humanas son exactamente las mismas: amor, odio, sexo y codicia, y al fondo, la infinita paciencia de Dios.

Springsteen también me gusta, aunque creo que no tiene el extraño alcance poético de Dylan, que además fue quien inventó todo, el que abrió las puertas para llevar a la canción popular a la edad adulta. Bruce es un cantante más completo y posee una vis escénica de la que el adusto Dylan carece. Pero para gustos se pintan colores y yo escucho a Bob fraseando Blind Willie McTell y siento algo que Bruce no me conseguirá dar con todos sus corajudos rugidos y sentidos susurros.

Dylan, de 84 años y todavía en ruta, y Springsteen, de 76, son dos triunfadores que encarnan el sueño americano. Pertenecen a aquella generación de chicos que vieron a Elvis contoneándose en la tele y casi se caen de la silla de la impresión, para acto seguido decirse: «Yo quiero ser como él». Llegaron a la cima escalando desde lo improbable, Bobby, desde un pueblucho de la helada Minnesota, y Bruce, desde una ciudad fabril de New Jersey.

Las cartas de cuna fueron diferentes. La infancia nos marca de por vida y a Springsteen, católico, de ancestros italianos y remotamente holandeses, le tocó un padre con esquizofrenia paranoide, que lo amargó y le dejó en herencia una doble herida: en la psique, con su propensión a hondas depresiones, y en el alma, por las secuelas del infranqueable muro padre-hijo. Por el contrario, Dylan, convertido al cristianismo, de ancestros judíos ucranianos que emigraron escapando de los progromos, creció en un plácido hogar de clase media, sostenido sobre un negocio de componentes eléctricos.

El resto ya es historia: Robert Allen Zimmerman se fugó de la universidad a donde lo habían enviado sus padres y se plantó en la bohemia del 'Village' neoyorquino contando una sarta de trolas sobre que era un vagabundo itinerante. Pronto sería coronado como el mesías de los nuevos tiempos, hasta que tiró la corona a la basura exagerando las secuelas de un accidente de moto. Bruce, un chaval solitario que solo quería tocar la guitarra, escaló desde bandas de batalla del circuito de los clubes costeros hasta convertirse en «el futuro del rock», y al final, en su imperial monarca, el gimnástico Boss de los conciertos de tres horas.

El envejecer de ambos ha sido diferente. Dylan se ha mantenido raro y esquivo. Morirá en ruta, con unos conciertos que no recomiendo, porque aunque la banda es suntuosa, la voz de lija no aguanta su repertorio. Pero su último disco, en pleno covid, resultó una inesperada maravilla. Springsteen sigue también en la carretera, entregando a la perfección lo que el público espera de él, y hace tiempo que no graba un disco realmente redondo. Ha envejecido a lo Hollywood, con una cara y un pelo nuevos, bien cincelados por una discreta cirugía, viste esa elegancia sport que gastan los ricos tecnológicos, luce un suave bronceado y se nos ha hecho amigo de Obama.

Barack y Bruce se conocieron cuando el segundo cantó en apoyo del primero, ilusionado por el hito del primer presidente negro y por su maravilloso pico de oro. Se hicieron amigos y han grabado un podcast juntos, que se llama ‘Renegados’. Allí filosofan en el estudio del músico, en lo que parece más la charla de dos CEO contando sus batallitas en el salón de un club de golf que otra cosa.

Ahora Bruce ha lanzado una canción protesta, Streets of Minneapolis, que denuncia la brutalidad policial –innegable– del ICE, que mató a tiros a los ciudadanos estadounidenses Renee Good, poetisa y madre de tres hijos, y Alex Jeffrey Pretti, un enfermero y activista que participaba en las protestas.

No está mal que Springsteen se queje en alto. Pero queda la sensación de que el cantante que cree encarnar la voz del pueblo no lo ha entendido bien. Y es que su amigo San Obama merece también otra canción protesta, pues con sus sofismas resultones («yes we can», «estamos en el lado correcto de la historia») y con su pusilanimidad fue quien dejó atrás a las clases trabajadoras, a los redneck de vidas derrotadas, a la América de las deslocalizaciones fabriles por la globalización, a los estadounidenses que veían que sus vidas iban a menos… a todas esas personas postergadas que con todo el derecho han buscado una esperanza en Trump y su populismo nacionalista. Por no hablar de que San Obama fue también el que se encogió de hombros en Irak y Siria, propiciando la crecida del terror del Estado Islámico (que tanto dolor nos ha dejado también en Europa), permitiendo que Putin se viniese arriba y tolerando que los chinos colonizasen el patio trasero de Washington.

Imagino que Dylan, que tiene la mirada más larga y es lúcidamente escéptico, habría sabido escribir la historia completa. Una vez más, las cosas no son en blanco y negro.